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ISBN : 843763458X
Editorial: Ediciones Cátedra (01/10/2015)

Calificación promedio : 3.5/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
En la España de los siglos XVI y XVII, los autores y las autoridades inquisitoriales, eclesiásticas y civiles intentaron fijar la correcta interpretación de los textos impresos, manuscritos o expuestos públicamente. Pero ni el discurso censorio de la Inquisición fue unívoco ni existió una perfecta sintonía entre la teoría y la praxis. Entre la norma y la transgresión se fraguaron diversas lógicas de la razón ajenas a la supuesta intencionalidad ortodoxa de censores ... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Ferrer
 10 junio 2019
En el libro Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro (Cátedra, 2015), obra del profesor Manuel Peña Díaz, se recoge que el historiador Henry Kamen sostuvo en 1998 que la vigilancia de la Inquisición española sobre la literatura fue de “poca importancia”, puesto que el discurso censorio no fue unívoco ni hubo sintonía entre praxis y teoría. El sistema censorio era más ostentoso que efectivo. La censura inquisitorial fue un instrumento para la defensa de la ortodoxia católica y de la Corona española y actuaba, sobre todo, en función de las delaciones recibidas. El Índice expurgatorio de libros prohibidos de 1559 señalaba 699 libros prohibidos, entre los cuales estaban obras de Erasmo, libros de nigromancia, el Lazarillo de Tormes y piezas de Torres Naharro, Gil Vicente y Juan del Encina. Caso especial es el de Terencio, censurado por sus obscenidades, pero valorado y apreciado por los jesuitas por su buen latín. En este caso, como en otros, se optó por suprimir las partes a expurgar sin destruir el volumen.
La práctica censoria, legitimada por la Iglesia, condicionó, aunque no determinó según Peña Díaz, el mundo del libro y de la lectura en el territorio hispánico. Los principales cometidos del Santo Oficio eran el control y la vigilancia. Si el primer problema era el peligro de leer, ni siquiera libros de versos y amoríos, el segundo era el comercio de volúmenes prohibidos. A ello se le añadía la deficiente formación de los calificadores inquisitoriales y el fallido intento de poner en práctica una censura previa. Con unos criterios censorios cambiantes y una aplicación poco precisa y nada exhaustiva del expurgo, se entiende la afirmación anterior de Kamen.
Ante la imposibilidad de expurgar todas las ediciones de los libros prohibidos, se permitió que personas ajenas al Santo Oficio pudieran llevarlo a cabo, pero su trabajo debía ser corroborado por los ministros inquisitoriales. Medida que no funcionó, aunque el caute lege o lectura con cautela fue un paso más hacia la interiorización del tribunal inquisitorial entre los lectores, ya que donde no llegaba el expurgo comenzaba la lectura prudente y reservada. La inquisición contó como colaboradores con profesores universitarios, bibliotecarios y traductores, que manipulaban los textos para evitar las frases peligrosas y traicionaban así al original, alterando sentidos y contenidos, pero impidiendo condenas políticas en su contra. Como afirma el autor, “lo que se debía someter a juicio no era solo lo que los censores creían que decía el texto, sino lo que estos censores suponían que iban a interpretar los lectores”.
Peña Díaz analiza el uso de papeles escritos como talismanes, detalla las prácticas de leer en común y dedica el capítulo 4 a santa Teresa de Jesús, quien “buscaba una experiencia mística directa con Dios que sustituía al libro impreso” o en su defecto “alcanzar la legitimación divina de sus escritos” condicionados por las lecturas censoras; Peña Díaz estudia sus problemas con el Santo Oficio, la denuncia de la princesa de Éboli, los expurgos registrados y el éxito italiano. Capítulo aparte también merece el donoso y grande escrutinio del Quijote cervantino. Desde 1640, la Inquisición comenzó una persecución sistemática de la documentación catalana, que justificaba su separación de la monarquía de los Austrias, aunque tampoco fue un proceso efectivo. Esto no impidió condenar libros de Gaspar Sala y Francesc Martí Viladamor, entre otros. En definitiva, estamos ante un libro muy documentado hasta el punto de que abruma, con citas adaptadas a la ortografía actual y con claridad expositiva.
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