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Crítica de gustavoadolfo


gustavoadolfo
25 junio 2019
Luna Libros ha editado Hacia una literatura sin adjetivos, el libro de la reconocida escritora María Teresa Andruetto (existe una edición argentina anterior: Comunicarte, 2009).
Este libro recopila 13 intervenciones sobre la lectura y la escritura literaria que la autora presentó entre los años 1997 y 2016, entre los asistentes a diferentes eventos: congresos, seminarios y ferias, llevados a cabo tanto en su país, como en el extranjero.
Su título es un reconocimiento al libro "Una literatura sin atributos", de Juan José Saer (1988); y su contenido una defensa que busca considerar la mal llamada literatura infantil y juvenil (LIJ) como parte de la literatura sin calificativos; ya que en cuestiones literarias —dice la autora—, debe primar el sustantivo sobre los adjetivos; así: lo literario no está en la adaptabilidad a un destinatario sino en su calidad.
No podemos pasar por alto el amplio perfil académico y artístico de la autora. Ella ha sido profesora, editora y mediadora, también ha obtenido —entre muchos otros reconocimientos internacionales— el premio Hans Christian Andersen (2012). Su experticia le ha permitido exponer un conjunto de ideas y propuestas conceptuales, metodológicas y prácticas, sobre la lectura, la escritura y la edición de lo literario. A continuación, haremos un breve repaso sobre algunas de ellas, justificadas todas en su libro.
Para la autora, el canon es un instrumento de control social que limita el qué enseñar. Canon, docencia e industria editorial están unidas, y su tendencia actual se resume en la producción de objetos uniformes, creados para la venta y el consumo acrítico, así como para el adoctrinamiento; lo que atenta contra el propio sentido de lo literario, que está cifrado en la exploración artística y el reconocimiento a lo diverso y a la pluralidad de significados.
Ahora bien, el canon —nos dice la autora— también es un listado que se ha “quedado” con el lector, y se ha quedado porque la lectura ha logrado motivarlo y cuestionarlo. Es así como la autora insta a todos los creadores (escritores, ilustradores y editores), a liberar la producción literaria de todo lo “correcto”, de todo “lo que vende” y de todo “lo que quiere la escuela”. La autora recuerda que la ficción tiene una función: el autodescubrimiento; y en ese sentido, el escritor debe escribir para el lector que quisiera ser. Si realmente debe existir una literatura comprometida, ésta lo estará de ella misma, y no de instancias externas a su propia naturaleza.
Dado lo último, se hace necesario que todos los mediadores participen en la concreción de los lectores; lo anterior equivale a un trabajo social de altas magnitudes, en el que debe intervenir el Estado, la industria editorial, la escuela, los mediadores y los padres de familia. La concreción de lectores críticos posibilitará el éxito de la industria editorial y, por supuesto, de la práctica y la responsabilidad de la lectura crítica.
La autora, además de otros temas relacionados con la lectura y la industria del libro, le interesa aportar sobre el fenómeno de la escritura. Plantea que la escritura de un texto narrativo implica la toma de una decisión sobre el punto de vista, en este sentido, llama la atención sobre la importancia de los narradores, e invita a su conocimiento y su experimentación. El narrador —dice ella— es la conciencia del relato; el narrador cuenta y —al mismo tiempo— se descubre en su particular modo de ver los hechos. Modo particular que asegurará, justamente, su relación con el lector.
Para terminar, no sobra decir que los textos compilados son cortos y, cuando no, están divididos en una serie amplia de subtítulos temáticos, lo que permite una lectura detallada de cada aspecto, una lectura segmentada que facilita —incluso— su uso pedagógico. de esta manera, dado su contenido, pero también su estilo ágil y claro, considero que este libro puede resultar interesante para un público amplio y diverso: investigadores, estudiosos, profesores, mediadores, padres de familia y creadores, ya sean en su faceta de escritores o editores.
Asimismo, vale la pena destacar que esta edición es una pequeña joya bibliográfica en términos materiales: de tan sólo 11 x 17 cm., en pasta dura, cuenta con una colorida portada de Hugo Ávila.
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