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Juan Gascón Rabasseda;Teófilo de Lozoya; (Traductor)
ISBN : 8430618813
Editorial: TAURUS (14/09/2017)

Calificación promedio : 4.67/5 (sobre 3 calificaciones)
Resumen:
Este maravilloso libro, la sorpresa editorial del año en Italia, posee el poder de despertar en cualquier persona un interés ins ospechado por el griego antiguo. La lengua de los dioses nos descubre las hermosas curiosidades del griego antiguo-«desde su particularísima manera de concebir el tiempo hasta la expresión del deseo, desde saber expresar el amor hasta la superación de la barrera de los géneros de las cosas y de la vida»- y el modo en que esta lengua ... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (3) Añadir una crítica
Homolectus
 06 marzo 2020
De este libro tengo dos reseñas: una que hice cuando apenas comenzaba este oficio de reseñar lo leído y leí por primera vez el libro, la cual voy a dejar en la parte inferior de esta entrada y denominaré R1, y esta segunda llamada R2 luego de releer el libro, con apuntes a mano y señalando varios puntos que me han gustado bastante. Así que sin más rodeos, acá va la reseña.
R2
El mueble central de mi biblioteca está adornado con dos frases en griego: Διπλοῦν ὁρῶσιν οἱ μαθόντες γράμματα (Los que saben leer y escribir ven el doble) y Μανθάνων μη κάμνε (No te canses de aprender), así tal cual, en forma de custodios de lo que está más abajo, como guardias, como vigilantes; pero también como recuerdo, como mantra de lo que es una biblioteca. Cuando escogí las frases, lo hice con plena conciencia del asunto y basado en lo que me dejó este libro la primera vez que lo leí. Pues hoy, tantos años después, estoy más que convencido de que los griegos nos hablan todavía y nosotros tenemos mucho por aprender de ellos.
La lengua de los dioses no es una gramática del griego, ni un estudio a profundidad sobre la morfología de la lengua o algo del tipo. Es, sobre todo, un relato literario sobre algunas particularidades del griego. Es una invitación a intentar pensar en griego.
Andrea, que junto a Paolo Giordano hacen parte de las nuevas voces de la literatura italiana, desborda en cada página su conocimiento sobre los griegos, su cultura, su idioma y su historia. Lo hace de una forma maravillosa que mezcla cada tanto datos sobre la lengua, la historia y anécdotas personales con detalles de un humor bastante fino en el momento justo —cuando el discurso empieza a tornarse bastante alto y lejos del lector promedio—.
Como ya lo señalé, este libro no es una gramática; pero sí habla de la lengua griega, entonces ¿Cómo lo hace sin entrar a explicar cada categoría gramatical del griego? Pues Andrea ha logrado escribir este relato no convencional sobre el griego en forma de los buenos vinos: para tomarlo en pequeños tragos mientras se disfruta cada una de las ideas que expone. Creo que esta es justamente, una de las principales virtudes del libro, pues logra hacer muy ameno el viaje por la historia de una lengua tan maravillosa como lo es el griego, pero para la mayoría de los contemporáneos muda.
Andrea reconoce en varios apartados que el libro es, ante todo una reconciliación con su yo pasado, su yo de 15 o 16 años que en medio del Liceo clásico debía padecer la enseñanza de una lengua destinada solo a admirarse por su peso histórico y como parte del legado de la civilización actual, motivos que fuera de acercar a la gente, tienden a alejarla de ese pasado que se supone se debe perpetuar, una idea que solo contribuye a que el griego continúe como una lengua muda ante los humanos contemporáneos.
Todos los datos que el libro contiene sobre la gramática del griego —que por todo lo demás me parece espléndida y es una muestra de la manera en la que ellos concebían el mundo que los rodeaba— vienen acompañados por la historia de la lengua y del pueblo griego con el transcurso del tiempo; un complemento genial para ir entendiendo qué sucedía dentro de la lengua conforme los mismos griegos cambiaban como pueblo.
Hay dos asuntos que me llamaron profundamente la atención y que quiero dejar de manera explicita acá: A) los acentos y espíritus que hoy vemos en los textos en griego clásico no vienen de la época de Platón ni nada, son ayudas que los alejandrinos pusieron en sus transcripciones de los textos clásicos en un intento de que el griego no se perdiera con el paso del tiempo. La cuestión es que ellos sí sabían como sonaba el griego y entendían que significaba cada símbolo en cada posición, nosotros no; lo cual es una pena pues solo podemos imaginar como sonaban las palabras y tener un acercamiento muy tenue sobre el asunto. Una pena por completo. B) evolutivamente, el griego es una lengua bastante atípica, pues ha evolucionado con el pasar del tiempo dentro de ella misma sin convertirse en otra lengua —como sí le pasó al latín al convertirse en español, portugués, francés, italiano, etc.— una particularidad que me resulta increíble y que denota una fuerza enorme de los griegos como pueblo a la hora de conservar su identidad por encima de cualquier otra cosa, todo esto cimentado en su lengua, en su lengua genial, como atina a llamar Andrea al griego en el título original del libro.
La traducción en cuestión a veces peca de ser demasiado ibérica, sobre todo en los ejemplos coloquiales que los traductores presentan, en estos momentos he entendido mejor los ejemplos italianos que los “propios”. No me quiero imaginar el esfuerzo o el mutismo completo que pueda causar esto en un lector promedio de este lado del mar, pues los modismos, en definitiva, distan mucho de estar al alcance de cualquier hablante del español. Ahora me queda la tarea de leer el libro por tercera vez, esta vez en el italiano original.
Me gustaría que alguien que no tenga conocimiento ni del griego —lengua sobre la que versa el libro— ni sobre el italiano —de donde vienen muchos de los ejemplos y situaciones que plasma la autora— opinara sobre el libro, a ver si quizás, encuentra los mismos puntos interesantes que yo encontré. Porque he disfrutado mucho intentando balbucear alguna que otra palabra en griego de las muchas que están en el libro —hasta ahí llegan mis conocimientos sobre el asunto— y porque me encantaron cada uno de los ejemplos que recurrían al italiano.
A manera de colofón quiero dejar en el aire dos ideas: ¿Qué pasaría si, de la nada, de nosotros como hablantes del español solo quedara la lengua escrita, absolutamente nada más? ¿Sería alguien capaz de descifrar lo que decíamos? Por último: la enseñanza del griego clásico es una respuesta a la idea de qué de esta forma se conserva parte del patrimonio, costumbres e ideas que han moldeado la sociedad occidental actual. Nosotros: latinos por la conquista y americanos por derecho deberíamos de hacer lo mismo, no solo con el griego, sino también con al menos con alguna de las lenguas que se hablaban acá en el Tawantinsuyo antes de la llegada de Colón. Creo que esto nos daría una compresión enorme sobre el mundo y nuestro lugar en él.
Anécdota personal
Tuve la fortuna de conocer a Andrea en el 2018 acá en Medellín, Colombia durante la presentación del libro: una mujer bella, encantadora, que habla ese italiano del centro del país, ese toscano neutro que marca cada palabra con un ritmo que encanta. Cada vez que hablaba exhalaba ese sentimiento griego en sus palabras, ejemplos y experiencias. Este libro lo sentí como si de nuevo la tuviera frente a mí y tuviéramos una conversación larga y tendida sobre su amor por la lengua griega. Recuerdo que esa vez tuve la valentía de hacerle una pregunta al final de su intervención —antecedida de mis disculpas por si decía alguna barbaridad en italiano— sobre nuestro amor por una lengua diferente a la que nos han dado nuestros padres. Su respuesta fue: amamos una lengua, porque en ella encontramos una parte de nosotros mismos.
P.S.: La próxima vez que alguien me pregunte sobre si la edición en griego que tengo de The hobbit es en griego clásico o en griego moderno, solo responderé que es griego, a secas; porque el griego solo es uno y ha estado entre nosotros durante mucho más tiempo que cualquier otra lengua hablada en la actualidad.
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R1
Es un libro que muestra todo el amor que se puede tener por una lengua.
Creo que sólo los que amamos tanto una lengua extranjera como la propia somos capaces de sentir lo que la bellísima Andrea plasma y cuenta sobre el griego antiguo.
Un viaje lleno de nostalgia, de cosas lindas y que sirve para encontrar al griego, una lengua que creemos ajena y ya perdida, en todo lado, en las situaciones más coloquiales y llenas de magia.
Sin lugar a duda volveré a sus páginas.
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Beatriz_Villarino
 24 septiembre 2018
Está claro que han pasado miles de años, por lo tanto ya no queda nadie que sepa cómo sonaba el griego, quizá por eso la llaman lengua muerta, porque ninguno es capaz de recordar su melodía, su fonética. Una vez leí que cuando alguien muere sigue vivo mientras se le recuerda, no tanto su voz sino sus actos, su forma de ser, su manera de entender la vida. de ahí que los artistas revivan cada vez que leemos sus libros, miramos un cuadro y nos habla, oímos una canción y nos conmueve o nos llena de nostalgia. Este es un aspecto bello del ser humano, si no la vida en general no tendría mucho sentido —puede que en realidad no sea tan bueno dada la cantidad de libros que hoy escribe cualquiera, incluso quienes no saben hablar, pero eso es otra historia en la que hoy no profundizaremos—. Pues, si estamos de acuerdo en que esta visión de la concepción de la vida o la muerte es hermosa, estamos obligados a leer La lengua de los dioses ya que eso es lo que transmite: el griego no es una lengua muerta, simplemente ya no se habla, pero la seguimos recordando, seguimos profundizando en ella, seguimos encontrando, sorprendidos, algunos porqués de la nuestra y seguimos apreciando su legado. Es cierto que ahora es imposible saber cómo hablaban los griegos, pero quienes han estudiado su lengua y su cultura tienen plena certeza de que el griego era mucho más musical que las lenguas romances que derivaron de ella, y sobre todo advierten que la forma de sentir el mundo de los griegos era diferente, más tranquila, ordenada, precisa… Andrea Marcolongo, una erudita en la lengua griega, es capaz de escribir de manera que se nos haga atractiva; las curiosidades, paradojas y el sentido del humor inundan las páginas de este libro, subtitulado con gran acierto “Nueve razones para amar la lengua de los dioses”. Y sea por su juventud, sea por su inteligencia, o por su gran experiencia derivada de diferentes estancias en países, su escritura llega a todos, los que saben griego, los que están estudiándolo, los que no lo sabemos pero estamos convencidos de que el pensamiento y la lengua están relacionados y los que son profanos en cualquier cuestión lingüística. La manera de explicar el género, el número, los casos o el verbo es clara y entretenida, llena de ejemplos actuales en nuestra lengua que consiguen que entendamos mejor a los padres de la civilización. Por alguna razón el griego no ha muerto. Si hoy vuelven a estar de moda los superhéroes o los vengadores, ya realizaron hazañas similares Aquiles, Teseo o Jasón, si hoy luchamos por la libertad de pensamiento, por la igualdad de la mujer, por una escritura razonada y precisa, ya comenzaron a expresarse como los mismos dioses Safo, Sófocles y Eurípides, como lo atestigua Andrés Pociña en su adorable libro Medea, Safo, Antígona.
Está claro que Ulises deja en mantillas a cualquier superhéroe actual al luchar contra monstruos como Caribdis y Escila. Si en un momento Dante imaginó su Divina Comedia, ya Orfeo había bajado a los infiernos y había conseguido sacar de ellos a su amada Eurídice, y si en el cristianismo Dios se convierte en paloma para fecundar a María, Zeus se transformó en cisne para fecundar a Leda, en toro para raptar a Europa, en lluvia dorada para fecundar a Dánae o incluso en el propio marido de Alcmena, para fecundarla y concebir a Hércules.
Y sin embargo, la concepción del hombre era mucho más hermosa que la de la Biblia en la que Dios, lleno de ira, se limita a expulsar a Adán y a Eva del Paraíso despojándolos de todo bien y condenándolos al sufrimiento: pasarán frío, enfermedades, vida penosa al trabajar y muerte. Qué distinta la concepción griega, según Platón, en la que las personas eran redondas y conservaban tres sexos, masculino, femenino y otro que participaba de ambos. Cada persona, redonda, poseía cuatro manos, cuatro pies y dos rostros iguales. Eran extraordinariamente fuertes por lo que los dioses, temerosos de que les vencieran, los hicieron más débiles cortándolos por la mitad, así el amor es innato en los humanos, que pueden restaurar su fuerza al unirse a “su media naranja” y hacer uno de dos. Maravilloso.
Sabemos que el griego no ha muerto, es asignatura estudiada incluso en naciones cuya lengua no deriva de él, lo que entraña una ironía para este país que nos ha tocado en suerte habitar, en el que cada vez se piensa menos porque cada vez se quiere más, dinero o fama efímera, los cinco minutos de gloria que necesita gran parte de la sociedad para que se hable de ellos, aunque al momento vuelvan al olvido social. Creo que quien aprende esta lengua la siente viva porque se va impregnando de una forma diferente de ver la realidad, tan distinta a la actual y tan cercana a la vez. A pesar de estar formado por múltiples dialectos, todos sus hablantes tenían conciencia de formar una nacionalidad, la griega —¿será por eso que avanzaron tanto que luego esa sociedad pretendió “Renacer” en el siglo XIV?—. Esto es lo que debemos meditar y a lo que nos obliga —sin querer— Marcolongo, a comprender que sólo los grandes pueden hacerse fuertes, a pensar que “nosotros” es más provechoso para uno mismo y para un país que “yo”. ¡Qué presente hemos de tener, precisamente ahora esta idea!
Hay algo fundamental del pensamiento griego que se nos ha olvidado, de ahí que no le demos importancia a la memoria histórica, y es que el paso del tiempo no era importante respecto del pasado, una vez ocurrido ya está, lo fundamental eran las consecuencias que tenía ese pasado (para repetir o no las mismas acciones).
Me siento rara al comentar La lengua de los dioses porque no sé griego, por lo tanto, poco o nada puedo aportar a la gran cantidad de aspectos curiosos que Andrea Marcolongo expone sobre esta lengua mal llamada “muerta” pero así sentida por todo el estado español pese a que gran parte de nuestro vocabulario, de nuestra arquitectura, pintura, literatura…, y no sólo artes sino estilos de vida, se lo debamos a la Grecia clásica. Cuando explico literatura recuerdo casi siempre que hemos inventado poco, que ya los griegos impusieron, por ejemplo, el mito de la mujer curiosa, capaz de traerle al hombre todos los males del mundo, aunque si la curiosidad de Eva fue la causa de que se desatara el mal entre los cristianos, en Grecia no fue directamente Pandora sino Epimeteo.
Por supuesto, lo que más trato es lo referente a la literatura, pero la arquitectura, la escultura están ahí y no han perdido vigencia. Hace unos meses visité en Madrid la exposición AGÓN! La competición en la antigua Grecia, y no pude sino maravillarme con la perfección de formas de las esculturas y las imágenes pintadas en cerámicas.
La importancia de conocer la lengua griega es obvia, aunque sólo sea para entender palabras como misoginia, hegemonía, demagogia, alergia o para saber por qué todo lo relacionado con el dolor acaba en -algia. Pero no soy la más indicada para entrar en esto. Simplemente observo cómo vivimos en una sociedad en la que lo más importante es la ciencia, la robótica, la tecnología… sin tener en cuenta que para ser un buen médico, ingeniero o economista hay que poseer una cultura que sólo se adquiere mediante las humanidades; y para poder empatizar con los demás, si queremos ser buenos médicos, ingenieros o economistas, hemos de tener una base sólida del conocimiento de nuestra lengua y de la civilización. Y eso es lo que está desapareciendo del sistema educativo; hoy no hay tiempo para afrontar los extensos temarios de lengua española, latina, griega, francesa… porque las horas de estas asignaturas han disminuido hasta desaparecer en algunos casos. No hay tiempo. Vivimos en el mundo de la rapidez, la inmediatez, lo efímero, los nervios, así que lo de menos es que el alumno sepa expresarse de forma adecuada, porque se acortan las palabras, se repiten expresiones comodín hasta la saciedad y al final no se dice nada, nadie escucha porque hay poco que escuchar, ya casi nadie diserta, ni escribe cartas a un amigo, todo son mensajes cortos, tanto que incluso a veces se sustituyen por dibujitos, emoticonos; pero que quede claro, una carita mandando un beso es un salir del paso, no es un mensaje de amor, no es la expresión de lo que sientes por esa persona en ese momento ¿cómo va a recibir la misma carita, tu amiga, tu madre o tu novio? El significado no es el mismo… pero escribirlo es molesto; «ya nadie sabe llamar por teléfono, y por lo tanto la gente se olvida de que sabe hablar». Tendemos a expresarnos de manera tediosa, mientras que «los antiguos griegos daban a cada color otro significado, un sentido de luminosidad, de gradación de claridad. Veían la luz y coloreaban su intensidad; así el cielo es broncíneo, ancho, estrellado, nunca es solo azul, y los ojos son glaucos, chispeantes, nunca solo azules o grises».
En fin, porque he descubierto cierta paz y orgullo en el pueblo griego recomiendo la lectura de la lengua de los dioses. Está claro que «haber estudiado griego antiguo imprime cierto carácter en la forma de hablar, de escribir y de pensar… Y seguirá… estando dentro de nosotros, y tenderá a salir a la superficie en formas y en situaciones inesperadas y fulgurantes. “Abre la mente”… No es sólo una cuestión lingüística, es una cuestión de actitud ante la vida…”
Esto afirma Andrea Marcolongo, y yo estoy totalmente de acuerdo con ella porque conozco a estudiantes de griego, que son tenaces en la comprensión de tradiciones culturales, porque conozco a Pepi, a Sara, a Ana, que han estudiado griego, son excelentes personas y saben vivir “dentro de ellas mismas”. Porque conozco a José Antonio, el mayor helenista que podamos imaginar, admirable por su plena libertad en la comprensión del mundo y quien, indirectamente, me instó a leer este libro. Y sobre todo porque conozco a Amaya, que no sólo ha estudiado Clásicas y se dedica a enseñarlas a jóvenes de la comunidad valenciana, sino que he descubierto en ella, al leer a Andrea Marcolongo, una forma de ser pura, precisa, paciente, humilde y orgullosa de lo que tiene.
No voy a decir que La lengua de los dioses deba figurar en el programa educativo pero sí que es urgente reavivar la fuerza de las Humanidades en colegios e institutos españoles «porque somos víctimas de uno de los sistemas educativos más retrógrados y obtusos del mundo» La pena es que dudo mucho que esto llegue a quien debiera.

Enlace: https://elblogaurisecular.bl..
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HumildeLector
 05 noviembre 2020
Para escribir esta reseña no tengo más remedio que hablar un poco de mi vida de estudiante, porque siempre recordaré este libro como el que me ayudó a reconciliarme con el griego clásico.
Sólo hice un curso de griego en mis tiempos del instituto. Lo confieso, escogí esta asignatura porque me habían dicho que se trabajaba poco y que todo el mundo aprobaba. Y así fue. En aquel momento me pareció una jugada maestra, pero gracias a Andrea Marcolongo y La lengua de los dioses he comprendido todo lo que me perdí. Sí, en la educación pública también hay profesores de griego sin vocación.
Más que un ensayo serio, este libro es un acercamiento a la lengua griega para profanos. Ni siquiera hace falta haber estudiado esta lengua para entender y disfrutar de la lengua de los dioses, aunque probablemente un filólogo podrá saborear y apreciar mejor todo lo que en él se explica. Pero no importa. Lo que de verdad cuenta es cómo Marcolongo nos lleva de la mano a un mundo a olvidado, mostrándonos todos los delicados matices de una lengua muerta, pero bella e inmortal. La lengua de los dioses no sólo trata de un idioma perdido, sino también de una forma de ver y comprender el mundo ya olvidada en la oscuridad de los tiempos. Hay cierto punto de nostalgia, poco disimulada y bastante contagiosa, en cada uno de sus nueve capítulos. Allá va un ejemplo:
“Estaríamos dispuestos a todos con tal de oír, aunque sólo fuera una vez, cómo se pronunciaba realmente una palabra griega”.
Nostalgia, tristeza, frustración… Son sentimientos que aparecen expresados en este texto ameno y accesible que se atreve a abordar sin complejos, como haría el mismísimo Ulises, una temática fría y académica. Pero también están presentes el humor y la ironía que, junto a algunas anécdotas personales de la autora, ayudan a aligerar el peso de la cuestión.
(Sigue leyendo la reseña en el enlace)
Enlace: https://humildelector.com/20..
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Las críticas de la prensa (1)
ElPais20 febrero 2018
El libro de Andrea Marcolongo ‘La lengua de los dioses’, una reivindicación del griego clásico, es un fenómeno de ventas. Aquí reflexiona sobre la educación y el idioma
Leer la crítica en el sitio web: ElPais
Citas y frases (6) Ver más Añadir cita
HumildeLectorHumildeLector13 noviembre 2020
El estudio del griego contribuye a desarrollar el talento de vivir, de amar y de trabajar, de asumir la responsabilidad de éxitos y fracasos. Y contribuye a saber gozar de las cosas, aunque no todo sea perfecto.
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HomolectusHomolectus10 julio 2020
La vida de una lengua no está en funcionamiento de la psique —en cada pensamiento por separado— ni en los órganos fonadores —en los labios, en la garganta— del que habla. La vida de una lengua está en los seres humanos que se sirven de ella para concebir el mundo y para vivir expresándolo mediante palabras; la vida de una lengua, pues, está en la sociedad.
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HomolectusHomolectus10 julio 2020
Los que han tenido el raro privilegio de amar de verdad sabrán siempre distinguir la diferencia de intensidad y de respeto que existe entre pensar como «nosotros dos» y pensar como «nosotros»; pero ya no lo saben decir. A decir verdad, para ello se necesitaría el dual del griego antiguo.
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HomolectusHomolectus10 julio 2020
Traducir significa llegar al lector de la mano, acompañarlo más allá de su manera de pensar a través de una lengua desconocida para desvelar su magia, para quitar el velo al hechizo de las palabras y hacer que se conviertan en realidad sorprendente, en pasión.
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HomolectusHomolectus10 julio 2020
Toda lengua, con cada una de sus palabras, sirve para pintar un mundo. Y ese mundo es el vuestro. Gracias a la lengua podéis formular una idea, dar voz a una emoción, comunicar cómo estáis, expresar un deseo, escuchar una canción, escribir poesía.
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