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Crítica de Nacholuchi


Nacholuchi
18 junio 2019
Estados Unidos, mediados del siglo XX. Dos hermanas, Meg y Susan, son trasladadas a la casa de una primos lejanos cuando sus padres mueren en un accidente. Su tía, Ruth, es una mujer que ronda los cuarenta años y está progresivamente entrando en un estado de locura total. Toda su furia la descargará en las chicas, y no lo hará sola, sino que contará con la ayuda de muchos chicos del barrio.

La chica de al lado es una novela basada en un caso real, que ocurrió en dicho país norteamericano en 1949, en Indianápolis. Es entonces que una de las cosas que hace Ketchum es cambiar los nombres de los personajes, así como también sus edades. También modifica algunos otros hechos, pero en lo que refiere a las cuestiones más importantes del caso real se mantiene bastante fiel. Gran parte de la historia permanece muy similar, pero al mismo tiempo, el trabajo que hace el autor a nivel literario es para destacar. La chica de al lado podría ser una novela sobre tortura y nada más. Pero no hay dudas de que no lo es, y eso claramente se valora y mucho.

En la portada hay escrita una frase que considera al libro como “una de las lecturas más inquietantes en la historia de la literatura de terror”. Este género no es el que leo más habitualmente, pero sí he leído algunos textos y puedo afirmar con certeza que este es sin lugar a dudas el más impactante. Está escrito con una crudeza pocas veces vista, que convierte a La chica de al lado en una novela muy dura. Uno no se olvida de ella fácilmente y, de hecho, sigue rondando la cabeza del lector días después de haberla terminado. No hay muchos libros que logren esto. Claro está que hay un cuestión muy importante que también alienta a que esto suceda, y es que estamos hablando de un hecho real. Es decir, sabemos que pasó. Pero, de igual manera, y teniendo en cuenta la parte más literaria de la historia, la novela no es solamente una versión en prosa de algo que realmente ocurrió. Es un libro muy bien logrado en términos narrativos, que consigue que el lector se interese en lo que está leyendo y, a pesar de contar con hechos espantosos que son difíciles de digerir, uno siente la necesidad de continuar con la lectura.

El primer tercio de la novela, aproximadamente, nos introduce en el barrio en donde ocurren los hechos más importantes de la historia. Todo lo conocemos a través de los ojos de David, el narrador en primera persona, que nos va contando, años después, cómo es que sucedieron las cosas y cómo él indefectiblemente se vio involucrado. En ese sentido, Ketchum logra construir una voz muy potente. La narración de David es muy verosímil, porque su accionar no lo muestra, en todo momento, necesariamente como un héroe. Es decir: él vio lo que pasaba, vio lo que le hacían a Meg y a Susan, pero en muchas ocasiones no reaccionó. O, quizás, no pudo. Y eso tiene sentido, porque estamos hablando de chicos de unos doce o trece años. Ningún chico de esa edad se va a rebelar contra un adulto (en este caso, Ruth, la tía) al cual se lo ve claramente desequilibrado. Es obvio y entendible que tendría miedo a las represalias y a las consecuencias de sus actos. Podríamos pensar que tranquilamente, por el hecho de contradecir a Ruth, David recibiría toda su furia. Porque de hecho, nadie se lo contó: él vio con sus propios ojos lo que esta mujer le hace a Meg y a su hermana.

Con el correr de las páginas, el lector va viendo cómo Ruth cae más y más en un estado de locura irreversible. Pero no es una locura cualquiera: es un trastorno que daña a los demás. No es un trastorno pasivo, sino que influye directamente en las personas que la rodean. No solo en el sentido de las torturas a las que somete a las dos chicas, sino que simultáneamente va alentando a que todos los demás chicos del barrio participen de ellas. Primero hace partícipes a sus hijos, y luego consigue que los amigos de éstos también se sumen al juego. Es por eso que la narración, en este punto, se va volviendo mucho más explícita, mucho más concreta en cuanto a lo que le hacen a Meg y Susan, pero más específicamente a la primera de ellas.

Sin embargo, y aquí tiene que ver con el trabajo literario que hace el autor, hay partes en las que el narrador decide no contar lo que pasa. Decide no dar detalles de las acciones que se suceden, y basta con decir “esto no lo voy a contar” para que la página quede en blanco. No es necesario que nos expliciten todo lo que va ocurriendo, porque sería pasarse de violento. Uno como lector sabe las cosas que pasan en ese sótano, y tampoco es indispensable que lo conozcamos al pie de la letra porque si alguna cuestión no se explica también podemos imaginarla. Eso es lo que hace Ketchum en términos literarios: maneja la narración. No hace de esta historia un mero reconto de hechos o una crónica periodística. Por el contrario, hace de esta historia una novela, con la cual uno puede apreciar su destreza narrativa, y la forma en que logra darle una voz al narrador; detrás de esa cadena de situaciones tan espantosas y tan horribles, hay alguien que cuenta.

Probablemente, una de las cuestiones que más me impactó de esta novela no solo tiene que ver con las torturas a las que someten a las dos hermanas. Por supuesto que eso es, en gran parte, sobre lo que versa La chica de al lado, pero hay otro aspecto que hizo que el impacto fuera mayor: que estos métodos de tortura fueran propinados, la mayor parte del tiempo, por chicos. Chicos de la edad de la víctima. En determinados momentos Ruth no hace nada porque atraviesa momentos de tanta locura que se encuentra ida, sin reacción. Es realmente terrible la crueldad con la que los chicos accionan, y uno a veces no puede creer lo que lee. No puede entender cómo se puede actuar con tanta maldad, con tanto odio hacia el otro. Con tanto desprecio porque sí. Y, como si fuera poco, ni siquiera nos queda el alivio de que lo que estamos leyendo sea ficción.

La chica de al lado es un libro que impresiona, que choca, pero que también da muchísima tristeza. Jack Ketchum escribe muy bien, y consigue que su novela no sea solamente una descripción de los hechos que sucedieron, en la realidad, en ese sótano de Indianápolis en los 50. Es, además de esto, una historia en donde el narrador adquiere una voz propia: hay alguien detrás de todo esto. Esta cuestión es sin lugar a dudas para valorar, porque más allá de basarse en un hecho real, el autor también consigue despegarse un poco de eso y dotar a su libro de aspectos literariamente muy destacables.
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