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ISBN : 8494906712
Editorial: Editorial Drácena (10/10/2018)

Calificación promedio : 3.17/5 (sobre 3 calificaciones)
Resumen:
El zorro de arriba y el zorro de abajo es uno de los textos más extraordinarios de la literatura hispánica. Basta con la singularidad de su composición: un diario donde, además de repasar a Rulfo, a Carpentier, a Cortázar, a García Márquez…, Arguedas nos cuenta sus avatares entre la novela que está escribiendo y su gran obsesión: el suicidio. Intercalado y a trancos el relato —que, a la postre, resultó póstumo— sobre la convulsión social que supuso la industria pesq... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (4) Añadir una crítica
richmarcelo
 25 marzo 2020
Parte 1
En el día y mes de mi nacimiento (28 de noviembre), pero muchos años atrás, José María Arguedas se encerraba en uno de los baños de la Universidad Agraria La Molina para dispararse un tiro en la cabeza. Tras cinco días de agonía su espíritu abandonaría este mundo, no sin antes dejar todo un legado que perdura hasta el día de hoy. El año pasado se conmemoró medio siglo de su partida (2 de diciembre de 2019), en tal día las circunstancias hicieron que traiga a mi mente un libro que hacía tiempo me esperaba: ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo' (novela póstuma, sexta y última, publicada en 1971). ¿Por qué no leerlo ya? -pensé-, acercarme a lo último que produjo su pluma, descubrir las intimidades antes de que efectuara lo que hizo; empaparme de su testamento literario. Y lo leí, lo disfruté, me enterneció y me hizo recordar la tenaz lucha contra la muerte a través de la escritura -antes ya había investigado al respecto, a propósito de un análisis que hice sobre la obra del poeta guayaquileño David Ledesma Vázquez-. Esa suerte de engarzamiento a la vida por medio de la escritura; un posible llamado de auxilio, la última ancla que le mantiene asentado a ese ser que tiende a levitar, o como diría el mismo Arguedas: “porque yo si no escribo y publico, me pego un tiro”. Si las palabras no dicen nada, si la escritura no es vinculante, si este tipo de escritor ya no puede producir se apagan las luces y se dice adiós.
Antes de embarcarme en la lectura de los zorros, investigué y recordé algunas cosas relacionadas con la vida y obra de Arguedas -para ese entonces, mi único acercamiento hacia él había sido a través de breves notas biográficas y de sus cuentos-. Tenía ante mí la figura de un escritor peruano harto conocedor del mundo indígena; investigador, profesor, folklorista y antropólogo. Un personaje que había entendido y teorizado sobre la división del Perú -y de la mayoría de territorios latinoamericanos-, es decir, esa condición esquizofrénica fruto del choque entre dos culturas: la de origen indígena y la traída por los españoles. A raíz de los zorros -y sus propias dualidades-, y de un par de textos sobre su vida, se me hizo más presente su afán de preservar, promover y contagiar un apego inocente hacia lo nuestro, hacia nuestras raíces y ancestralidades. También se me hizo presente su carácter perfumado de una sensibilidad fuera de lo común. Un pathos que le permitió adentrarse en lo telúrico y que también lo desgastó hasta la muerte.
Pocas novelas he visto que conjugan tan perfecto la materialidad de una vida y la materialidad de una narración. Porque en los Zorros no solo tenemos la crónica de la hechura de la novela trunca, tenemos la historia del boom pesquero en Chimbote, vida y fortuna de los pescadores de anchoveta, el nomadismo de la gente de arriba -sierra- que se asienta abajo -costa-, y viceversa. Tenemos una colección de figuras, colores, culturas, formas de hablar, costumbres y sentires de ambas regiones. Todo ello intercalado por las páginas íntimas de sus últimos diarios, en donde expresa no solo aquella recrudecida dificultad para escribir, decaimiento, fatiga, ansiedad y angustia; también enuncia su sentir hacia la literatura, hacia su labor y profesión, sus defensas contra los críticos y sus últimas voluntades.
Sobre la novela diré
En general se desarrolla dentro de un ambiente violento, lugar en el que triunfa el más vivo (Arguedas maneja con destreza el hablado costeño y el modo de ser y de pensar de los pescadores; hace libre uso de su experiencia como etnógrafo). Quienes dominan la industria de harina y productos de pescado -y pertenecen a las “mafias”-, quienes son dueños de lanchas y quienes reciben dinero del mar son los que ostentan el poder; experimentado a diferentes niveles e intensidades. Porque todos los caminos llevan a Chimbote, epicentro al que emigra la gente de la sierra -de arriba- a buscar fortuna, a formar familia y a fundar barriadas -invasión de tierras-; sin importar los eventuales riesgos. Las “mafias” son las encargadas de regar rumores sobre vacantes y así “salvar” a los próximos peones del trabajo en las haciendas. Las “mafias” acondicionan tugurios que mantienen a los trabajadores controlados y ajustados de su bolsillo; éstos se sienten superiores cuando van a la cama con alguna prostituta cotizada, basta con mencionar el episodio en donde Asto, de la lancha del zambo Mendieta, paga por la Argentina. Todas estas particularidades y la mecánica del negocio las conocemos a través de la conversación que sostienen don Ángel Rincón Jaramillo, jefe de la fábrica de harina de pescado “Nautilus Fishing” y don Diego, enviado especial de Braschi.
En cuanto a los personajes -de toda la gama creada por Arguedas-, por su relevancia dentro de la historia, personalidad, destino y peculiaridad, me quedo con los siguientes:
Braschi, máximo patrón de Chimbote, uno de los primeros en levantar una fábrica en donde solo había desierto. Admirado y odiado a la vez. Se deja sodomizar por el Mudo y otros pescadores en el prostíbulo de la ciudad. Cuando “Mantequilla” visita a Chaucato, para advertirle que Braschi le iba a quitar su lancha por haber financiado a quienes difaman la industria (Solano, Zavala y Maxwell), nos enteramos que el susodicho es difícil de encontrar; sin casa ni familia, vive en el Club y no se sabe cuándo está o no en Lima.
Chaucato, patrón de la bolichera “Sansón I” y parte de la “mafia” antigua. Aprendió todo lo que sabe gracias a Braschi, fue su guardaespaldas y llegó a considerarlo como a un hermano; luego se vuelve su rival. Tiene la plata suficiente que le da el derecho a estar con varias prostitutas a la vez.
Antolín Crispín, músico ciego encargado de cantar las historias de los pescadores. Vive en la casa de Florinda, hermana de Asto.
Moncada, en sus días sanos se desenvuelve como jalador de pescado, pero en los días de locura se disfraza de un personaje diferente, realiza una suerte de performance y predica en los mercados. Compadre de don Esteban. Crítico de Braschi y sus negocios con el poder. Cuando tiene la audacia de entrar al Gran Hotel Chimú -y es apresado-, la mujer de don Ángel Rincón piensa que el loco habla como alguien instruido y que inclusive podría ser descendiente del Mariscal Obregozo y Moncada.
Don Esteban, chupetero, antes de establecerse en Chimbote trabajó en una mina de carbón. Jesusa, su mujer, tiene un puesto en el mercado de Bolivar Alto, en una zona urbana “calificada”. Producto de sus días de minero padece de una afección en los pulmones que le debilita y le hace toser escupitajos negros; guarda la esperanza de lograr botar cinco onzas del carbón de sus pulmones para poder limpiarlos (la mayoría de mineros de Cocalón, compañeros de don Esteban, están muertos).
Maxwell, gringo, ayudante permanente de albañilería y ex miembro del Cuerpo de Paz. al principio de la novela -la primera noche de su licenciamiento legal del Cuerpo- va al prostíbulo y baila con la “China”, produciéndose un altercado con el Mudo. al final de la novela solicita al cura Cardozo su consentimiento de no ser excomulgado y permitírsele casarse con Fredesbinda y establecerse en Chimbote.
Sobre los zorros diré
Según Mario Vargas Llosa (‘La utopía arcaica', 1996), los Zorros de Arguedas son personajes mitológicos tomados de las leyendas indígenas recopiladas por el doctrinero hispanoperauano don Francisco de Ávila en la provincia de Huarochirí (estas leyendas fueron traducidas del quechua por Arguedas y publicadas bajo el título de ‘Dioses y hombres de Huarochirí'). Según las intenciones del autor -motivos que no se llegan a cristalizar del todo-, los zorros debían entrometerse de vez en cuando en los sucesos de la novela con el objetivo de comentarlos y orientarlos.
Su aparición inicial se da en el Primer diario (Santiago de Chile, 1968), 17 de mayo. Durante su diálogo mencionan la salvajina (ima sapra, Virgen del ima sapra), mencionan a Fidela preñada que fornica con el niño -¿Arguedas?- y la “zorra” de las prostitutas -vagina-. Luego se los alude varias veces en el Capítulo I: Tutaykire queda atrapado por una “zorra” dulce. En el prostíbulo el “corral” las putas muestran la “zorra” -vagina- afeitada. Los pescadores se cogen a la gran “zorra” -el mar- a la que también empiezan a cogérsela los extranjeros. La puta Paula Melchora alza su queja a las gaviotas y reclama que los borrachos le lastimaron su “zorra”. Ambos zorros vuelven a entablar un diálogo, mencionan el mundo de abajo (donde no llueve, una tierra cálida cerca al mar) y el mundo de arriba (llanos, montañas que el hombre hace producir a fuerza de golpes y canciones). Narran algún mito relacionado con Huatyacuri, hijo artesano del Dios Patriarca, quien superó todos los retos que le puso el yerno de Tamtañamca y fue capaz de hacer danzar a las montañas con un tamborcito hecho por un zorro; danzó disfrazado, convirtió a su rival en venado y a su mujer en ramera de piedra. También cuando Tutaykire, guerrero de arriba e hijo del patriarca, fue detenido en Urin Allauka -mundo de abajo- por una virgen ramera que quería adormecerlo y dispersarlo. En el Capítulo III los zorros trasmutan en la figura de don Ángel Rincón Jaramillo -de arriba- y don Diego -de abajo-; don Ángel dice que en los cuentos de la patria se llama Diego al zorro. al salir del prostíbulo don Diego se encuentra con un hombre pequeño de hocico largo -“zorro” de arriba- que le advierte no fiarse de don Ángel. En el Tercer diario (Santiago de Chile, 1969), 20 de mayo, Arguedas revela que para seguir el hilo de los “zorros” debió “aprender” la técnica de ellos y haber vivido como ellos. Los “zorros” se le corrieron y pusieron fuera de alcance (Arguedas visitó varias veces Chimbote con la finalidad de hacer una correcta etnografía; aprender y vivir con los pescadores). En la Segunda parte, la primera noche del licenciamiento legal de Maxwell, luego de haber bailado con la “China” y haber tenido el altercado, despreció a la gorda y le dejó con la “zorra” encendida. En el ¿Último diario? (trozos seleccionados y corregidos en Lima, 28 de octubre), 20 de agosto de 1969, el autor se lamenta de que los zorros no podrán narrar la lucha entre los líderes del sindicato de pescadores. Los zorros iban a comentar y danzar el sermón que enjuicia al mar y a la tierra. Ellos corren de un lado al otro de los mundos, hilvanan los materiales del relato (vale recordar que nuestro autor era un gran aficionado de la música y danza tradicional, también fue un gran cantor).
Sobre la crítica diré
Para contextualizar un poco, los dos golpes propinados a Arguedas, que se sumaron a la cadena que finalizó en el agotamiento total, desequilibrio emocional, sinsentido existencial e inutilidad en este mundo, provinieron de dos encontrones con la crítica -crítica hacia su obra-. En 1964 publica su proyecto más extenso y ambicioso ‘Todas las sangres', novela en la que quiso retratar la gran variedad de escenarios geográficos y sociales del Perú -diferentes tipos humanos-, además de exponer los cambios y devenires que deja a su paso la voracidad capitalista y el problema de la modernización del mundo indígena. Sin embargo, la novela fue atacada con severidad durante una mesa redonda organizada por el Instituto de Estudios Peruanos, el 23 de junio de 1965. Se cuestionó la visión de Arguedas acerca de la sociedad peruana. Esto hizo que el autor se confronte sobre si había vivido en vano -Vargas Llosa recoge lo escrito aquella misma noche: “…casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista, (…), que mi libro Todas las sangres es negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este mundo. Mis fuerzas han declinado creo que irremediablemente.” (‘La utopía arcaica', 1996). Sebastián Salazar Bondy -y compañía-, habían criticado al ganador del Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma; criticaron a quien, junto a su padre (abogado de provincias), conoció más de doscientos pueblos; a quien, en 1952 y en compañía de su esposa, realizó un viaje por la región central andina para recopilar material folclórico -publicado bajo el título ‘Cuentos mágico-realistas y canciones de fiestas tradicionales: Folclor del valle del Mantaro', 1953-; criticaron al que fuera director del Instituto de Estudios Etnológicos; criticaron a quien se especializó en la Universidad de San Marcos en Etnología y con su tesis -‘La evolución de las comunidades indígenas'- ganaría el Premio Nacional Fomento a la Cultura Javier Prado, de 1958; a quien fue becado por la UNESCO para efectuar estudios en España y Francia; al ilustre ganador del premio Inca Garcilaso de la Vega de 1968, por haber contribuido al arte y a las letras del Perú.
El otro golpe provino de una polémica internacional con Julio Cortázar, discusión que se extendió entre 1967 y 1969, y versó sobre la tradición, la influencia extranjera y la importancia de las lenguas que se hablan en la región además del español. Todo comenzó con una carta abierta de Cortázar, publicada en la revista de Casa de las Américas, en la que éste arremete contra el “telurismo” de la literatura latinoamericana. Arguedas responde desde las páginas de la revista Amaru, con una reivindicación de su condición de provinciano y con su apreciación sobre la profesionalización del escritor. En una entrevista en la revista Life de 1969, Cortázar le achaca un complejo de inferioridad y hace una diferenciación entre ser un provinciano de la talla de Lezama Lima y ser uno de “obediencia”. Arguedas, quizás en un afán de cerrar el tema, le dedica un par de líneas en sus diarios.
En el Primer diario, 11 de mayo, recuerda un poco a algunos de los escritores con los cuales convivió. A Rulfo lo ve como igual, a Carpentier como a un erudito europeo, Carlos Fuentes muy artificioso, de Cortázar dice que le asustaron las instrucciones para leer ‘Rayuela', a Lezama lo ve como un devorador de Cuba y un transfigurador de la miel y hiel de Europa. En la entrada del 13 de mayo no está de acuerdo con la “genialidad” que aguijonea del escritor argentino. A García Márquez -a quien no conoció- le considera una mezcla viva entre Carpentier, Rulfo y Carmen Taripha -experta en contar cuentos de animales al curato-. Guimarães Rosa le hizo sentir un igual pues él también había “descendido” hasta el cuajo de su pueblo. Nicanor Parra, mucha ciudad en su interior, muy inteligente, tierno, escéptico, con una coraza de protección que deja entrar todo pero filtrado y con una herida abierta para opiniones negativas de su obra. El 15 de mayo, contrario a Cortázar, cree que escribir no es una profesión (ni él, ni Rulfo, García Márquez o Guimarães Rosa son profesionales). Así lo entienden los escritores provinciales, que no se sientan orondos a planear la próxima novela con el afán de conseguir dinero. Dice que se escribe por amor, por goce y necesidad; se lucha contra la muerte al escribir. En el Segundo diario (Lima, 13 de febrero de 1969) recuerda su novela ‘Todas las sangres' pues, a pesar de la imposibilidad de conocer y creerse conocedor de una ciudad, se escribe sobre ellas. En el Tercer diario cuenta que Cortázar, en la revista Life, le ha lanzado algunos dados desde la fama; pero eso no importa porque él tiene sus saberes de provinciano igual de válidos que los saberes de un erudito. El 20 de mayo, luego de su regreso de Valparaíso, escribe unas líneas de respuesta a Cortázar y considera que, al ocuparse de él y otros escritores, se había animado a comenzar ‘El zorro de arriba y el zorro de abajo'.
Sobre su muerte diré
Al parecer la muerte fue la compañera más fiel de José María Arguedas; con su juego de estirar el hilo hasta hacerle creer a la víctima que ha vencido, pero enseguida recogiéndolo con seducción hasta el tirón y corte final. En el Primer diario, 11 de mayo, Arguedas le confiesa al lector que la muerte no le quiso llevar en el maizal de Huallpamayo, ni en la oficina de la Dirección del Museo Nacional de Historia de Lima, luego de 37 píldoras de Seconal. En cambio, el 17 de mayo, revela que de niño, en una tarde solemne les rogó al santo patrón del pueblo y a la Virgen que le hicieran morir. ¿Por qué ese deseo de fenecer desde tan corta edad? Quizás las crueldades de la vida y la infausta suerte, sumadas a su extrema sensibilidad, lo hayan dañado hasta pensar en una salida liberadora de los infiernos que nos depara la existencia -deseos solo frenados por la utilidad de su labor creadora y comunicadora-. Huérfano de madre, con un padre ausente que lo dejó en manos de una madrastra maltratadora y un hermanastro gamonal, abusivo, cruel y lujurioso. Obligado a hacer las labores domésticas, enviado a convivir con los sirvientes indígenas -hecho que lo cambiaría para bien, pues esta gente le arropó en su seno y le dio de comer esa sustancia cultural y ancestral-. Quizás Arguedas fue de esos que nacen enfermos o heridos en el alma. En sus diarios menciona la ayaq sapatillan (zapatilla de muerto), el insecto huayronqo que goza en el fondo de la “bolsita afelpada que es flor de los cadáveres”.
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balborraz
 01 abril 2020
«Obtuve en Chile un revólver calibre 22. Lo he probado. Funciona. Está bien. No será fácil elegir el día, hacerlo.»
El 5 de noviembre de 1969, José María Arguedas fecha la última carta que escribe a su editor Gonzalo Losada, dejando como posdata estas palabras. El tambor de aquel artilugio de muerte aloja la bala predestinada a acabar con su vida. El día 27 del mismo mes, el escritor apurimeño redacta un último escrito dirigido al rector y alumnado de la Universidad Agraria La Molina, explicando los motivos de la fatal decisión, extendiendo agradecimientos y disculpándose por elegir esa institución para consumar el acto. al día siguiente, en nota aparte a este último escrito, aclara por qué marcó esa fecha en el calendario; luego apretó el gatillo.
Para comprender la importancia de El zorro de arriba y el zorro de abajo hemos de conocer el simbolismo de la antigua narración indígena que lleva por título, así como tener presente el estado mental del autor al redactarla. La obra sume sus raíces en un manuscrito quechua hallado en el siglo XVI en la provincia de Huarochirí, cuya primera traducción directa al castellano corrió de la mano de Arguedas, editada en 1966. En ella se narra el encuentro remoto de dos zorros junto al cuerpo dormido del hijo del dios mitológico Pariacaca; cada zorro procede de una de las dos regiones que dividen el mundo: la de arriba y la de abajo; los de la sierra y los de la costa. Sobre el estado mental del autor hemos de tener en cuenta que en abril de 1966 ya intentó suicidarse tomando una gran dosis de barbitúricos, y que el esfuerzo en desarrollar esta novela es su lucha constante para aferrarse a la vida antes de sucumbir al deseo de quitársela. Otro aspecto reseñable en estos años, al menos desde el punto de vista literario, (y anímico), son las cartas cruzadas, a modo de reproches, que intercambió con Julio Cortázar en diversas publicaciones de prensa, de las que el lector tendrá información en los diarios de esta obra.
El zorro de arriba y el zorro de abajo tiene una estructura peculiar, ya que entre el relato que forma la novela en sí, se alternan cuatro diarios que la complementan. El prólogo, elegido por el propio Arguedas, es el texto que pronunció en octubre de 1968 al recoger el premio «Inca Garcilaso de la Vega», en el que hace un repaso de su pensamiento y obra, titulado «No soy un aculturado». Esta edición de Drácena cuenta además con otro interesante prólogo, previo al anterior, a cargo de Dora Sales. La obra incorpora a modo de epílogo las dos cartas antes mencionadas, al editor y al rector y alumnado de la universidad.
La parte novelada, con el telón de fondo del mito de los zorros, está ubicada en el agitado puerto de Chimbote (mundo de abajo) al que multitud de serranos (mundo de arriba) llegan con necesidad de encontrar trabajo. Entre el bullicio de Chimbote, y en un clima de penuria, violencia y corrupción, convergen personajes de distintas culturas y clases sociales: empresarios, trabajadores no cualificados, pescadores, sacerdotes, prostitutas… Con la muerte del autor la novela quedó inconclusa, pero cargada de escenas realistas de lo que vio en Chimbote cuando se documentó para escribirla: «los dueños de los comedores les retorcían el pescuezo a las gallinas, haciéndolas girar en el aire, mientras ellos charlaban». El lector encontrará una gran diferencia entre la voz clara del narrador*1 y la voz de los personajes*2, diálogos plasmados tal y como hablaban según su origen geográfico y clase social. Esto último le aporta a la obra un gran valor etnográfico, aunque ralentiza la lectura y puede llegar a desesperar a quien guste de lecturas raudas. Pese a que no estamos ante una novela fácil, entre sus letras hallamos el testimonio cultural de una época.
*1 «… otros hambrientos bajaron directamente aquí para trabajar en lo que fuera; en la basura o en la pesca. Se dejaron amarrar por docenas, desnudos, en los fierros del muelle y allí, atorándose, chapoteando, carajeándose unos a otros, aprendiendo a nadar, o se metieron a lavar platos, a barrer, a cargar bultos en los mercados que empezaron a aparecer sin regla ni orden. […] Para ellos se abrieron burdeles y cantinas, hechos a medida de sus apetencias y gustos; eso sale casi solo; después se le ceba. ¿La mafia? Adiestramos a unos cuantos criollos y serranos, hasta indios para que… ¿Cómo es, cómo es la palabra? ¡Para provocadores! Ellos armaban los líos; sacaban chaveta y enseñaron a sacar chaveta, a patear a las putas; aplaudían la prendida del cigarro con billetes de a diez, de a quinientos, a regar el piso de las cantinas y burdeles con cerveza y hasta con whisky.»
*2 «- Esteban —dijo Jesusa—. Hey empeñado to máquina de coser en mil quinientos. Doña Juliana mi'ha dado plazo dos meses pa'entregar. No ha llevao máquina toavía. Ahitá. Si no pago en dos meses, va llevar.»
Los diarios son un documento de gran valor que Arguedas escribe para aferrarse a la vida; en ellos nos relata la dificultad que encuentra al escribir esta novela así como sus encuentros con otros literatos entre los que se encuentran Juan Rulfo, Carpentier, Onetti, Carlos Fuentes, Cortázar, García Márquez, Nicanor Parra, Vallejo, Neruda y Vargas Llosa, y nos deja su opinión sobre las creaciones de algunos de ellos. Él es consciente de que no va a sobrevivir a la novela, y aunque escribe a modo de terapia, es consciente de que sus confidencias serán leídas. Solo por el valor de estos diarios, esta obra tendrá un hueco más que respetable en cualquier biblioteca.
Arguedas era indio, zorro de arriba, de la altura, serrano… pero como dejó escrito en su prólogo, no era ningún aculturado:
«Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua»

Enlace: https://balborraz.blogspot.c..
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Camicappone
 24 marzo 2020
Llegue a este libro gracias a Masa Crítica de España y sabiendo poco con lo que me enfrentaba. En lo personal fue un libro que me costó, me costó muchísimo leerlo por toda la trama que conlleva. La idea de saber que es su último libro, que es una crónica a su triste final y que incluso antes de comenzar este libro ya había tenido un intento de suicidio fue algo que me choco bastante, que me hizo pensar si estaba preparada para leer algo así.
Evidentemente con los días me di cuenta que no era así, que personalmente no era el momento y no estaba preparada para enfrentar esto, supongo también que son estos días de aislamientos que hacen que la cabeza vaya mucho más rápido pero a pesar de todo decidí seguir y darle una oportunidad.
Este libro tiene distintas partes, algunos son capítulos donde nos muestran a los personajes y en otros son el diario del escritor (mostrándonos así una crónica de su suicidio anunciado), en estas últimas, el autor nos presenta también a muchos escritores latinoamericanos conocidos como a Julio Cortázar, García Márquez, etc. Es en estos momentos en donde vemos la personalidad ambigua del escritor, casi bipolar, en donde se encuentra entre la “confusión” y “belleza más que deslumbrante”; donde ponía en juicio la ideología y el compromiso político.
Por último, lo que me hizo pensar y también me sorprendió es que los personajes de esta novela están sometidos a una doble amenaza: Por un lado, el ingreso avasallador de la modernidad que se instala en un tranquilo y pacífico puerto pesquero bajo la especie de una enorme industria que atrae a los pobladores del Ande y los obliga a participar en nuevo sistema productivo (la pesca marítima y la industria de la harina de pescado) que implica no sólo un violento y traumático cambio de valores, sino también un proceso acelerado de adaptación que en muchos casos es asumido como un reto en medio de las confusas reglas de sobrevivencia que impone el capitalismo dependiente. de otro lado, el suicidio de Arguedas. Si los personajes podían morir devorados por la maquinaria de un sistema social impuesto por distancias no demasiado visibles, también podían morir si no seguían siendo escritos. La continuidad vital de los personajes tenía que ser garantizada de algún modo, aun a despecho de la muerte física del autor. En el “¿Último diario?”, cuando la decisión del suicidio está tomada, el narrador-personaje lamenta que su muerte no le permita seguir registrando los sucesos que conforman su materia narrativa: “…muchos hervores quedarán enterrados”, es decir, no narrados. Es así como el suicidio también se convierte en literatura.
Podría decir muchas cosas más respecto a este libro, pero creo en lo personal no fue el momento para mí. Aunque la historia está muy bien escrita, la idea del recurrente suicidio no fue algo que me agrado personalmente. Pero es un libro que me animare a releer más adelante y le volveré a dar otra oportunidad.
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AnaMoon
 29 febrero 2020
Este libro es extraño y un tanto macabro. No es el primer escritor que muere por suicidio pero sí, hasta donde yo sé, es el único que escribe una especie de crónica de un suicidio anunciado. El autor empieza el libro contando que se intentó suicidar, y de hecho confiesa su intención de acabar muriendo así. Lo que parece prolongar su poco apego a la vida es culminar este libro, algo que tampoco hace del todo, al menos la parte ficticia, pues el diario de sus pensamientos sí que llega hasta la antesala del fatídico desenlace.
Leer un libro sabiendo su final no es agradable, y si encima lo que sabemos es el triste final del autor, la cosa se hace más cuesta arriba. Este escritor es uno de los máximos exponentes de las letras peruanas, aunque supongo que su precoz muerte truncó la posibilidad de llegar al nivel de fama de Vargas Llosa, a quien conoció en persona, tal como nos cuenta en las páginas de este libro. También desfilan por el libro otros grandes de la literatura hispanoamericana, como García Márquez, Julio Cortázar, etc. Ya solo como testimonio de una época y una generación literaria, tiene interés por las anécdotas que cuenta.
En cuanto a la historia ficticia basada en la sociedad de Chimbote, lo primero que choca es el lenguaje, pues calca fielmente el habla local, haciendo casi ininteligible el texto con bastante frecuencia. Ejemplo sencillo: "ahistá" en vez de "ahí está". El lenguaje, aparte de resultar enrevesado por este motivo, esta plagado de palabras malsonantes, aunque necesarias en ese contexto de realismo. También hay escenas sexuales, y el propio autor confiesa que su depresión se curó una vez al irse con una prostituta. Esa especie de ensalzamiento poético de la función social de la prostitución, por llamarlo de alguna manera, me produce bastante rechazo, pero esto es ya una opinión personal. Sin embargo, si vamos uniendo todos los elementos del libro, a mí me pareció como mínimo de lectura difícil de digerir. Si la intención era transmitir derrota vital, lo logra con este libro denso y extenuante.
Es triste que la escritura no sea la tabla de salvación de alguien que se siente derrotado e inútil, cuando al mismo tiempo demuestra su innegable dominio de la palabra. Ante la perspectiva de retirarse a su casa nos dice que es peor quedarse en casa que morir, aunque quizá ya estaba muerto en vida para pensar de semejante manera. El relato ficticio queda inconcluso y terminado a toda prisa con un resumen final del autor.
Un libro único, sin duda, pero extraño y poco comprensible, como lo es el suicidio casi siempre.
Enlace: https://memoriasdevirtual.bl..
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Citas y frases (9) Ver más Añadir cita
balborrazbalborraz01 abril 2020
La última vez que vi a Carlos Fuentes, lo encontré escribiendo como a un albañil que trabajaba a destajo. Tenía que entregar la novela a plazo fijo.
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balborrazbalborraz01 abril 2020
¿No es natural que nos irritemos cuando alguien proclama que la profesionalización del novelista es un signo de progreso, de mayor perfección?
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balborrazbalborraz01 abril 2020
El bombo suena en las altas llanuras como una docena de los más potentes timbales de las orquestas europeas.
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balborrazbalborraz01 abril 2020
Y sentí su olor de indio, ese hálito amado de la bayeta sucia de sudor.
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balborrazbalborraz31 marzo 2020
¿Para qué tanta inteligencia y tanto estudio? ¿Es malo decir concha´e tu madre, Señor? ¡No, no es malo!
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