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ISBN : 8437640598
Editorial: Ediciones Cátedra (17/10/2019)

Calificación promedio : 3/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
América Latina es un continente con una rica tradición de cómics. Sin embargo, aún no se ha explorado de manera sistemática cómo los cómics sirven para recordar, olvidar o dar sentido a una multitud de temáticas, desde la construcción de la identidad nacional hasta las narrativas de resistencia al colonialismo y el imperialismo, pasando por la construcción de tradiciones revolucionarias o el autoritarismo, la violencia política y sus traumáticos legados. Los cómics... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Ferrer
 04 febrero 2020
La construcción de una memoria reciente y de origen traumático y la revisitación del pasado utilizando todo el potencial de los cómics como fuente de representación histórica, siempre desde contextos de reconstrucción social que buscan dar luz a episodios oscuros, son los temas del libro titulado Cómics y memoria en América Latina de la Editorial Cátedra. Publicado originalmente en 2017 por la norteamericana Universidad de Pittsburgh con la firma de Jorge L. Catalá, Paulo Drinot y James Scorer, el volumen se centra en países como Cuba, Argentina, Perú, Brasil y Nicaragua, en autores como Quino, creador de Mafalda (1964), y en episodios históricos concretos, como la revolución sandinista y el conflicto bélico de 1898 entre España, Cuba y los EE. UU, este último mediante el punto de vista del cómic cubano La emboscada (1982), obra del escritor Ernesto Padrón y del célebre dibujante Orestes Suárez.
El cómic o noveno arte refleja los procesos políticos, culturales y sociales de las regiones de sus creadores y esta investigación muestra que la memoria histórica ha tenido un papel protagonista en los procesos de transición de dictaduras a democracias desde mediada la década de 1980. Antes de llegar a este punto, las técnicas de impresión han evolucionado hasta el punto de permitir el incremento del uso de imágenes (en secuencia o combinadas con textos) en las publicaciones periódicas con el fin de llegar al público analfabeto, algo que comienza a suceder en el s. XIX gracias a figuras como el ítalo-brasileño Angelo Agostino y el hispano-cubano Víctor Patricio de Sandaluze.
Más allá de la redifusión de las obras norteamericanas, iniciadas en 1895 con “The Yellow Kid”, en el s. XX nacen las primeras tiras cómicas como son “Don Lupito” (1903) de Andiffred y en Chile “Federico von Pilsener” (1906). Con el paso de los lustros, los cómics se separan de las publicaciones periódicas para adquirir entidad propia (en México Adelaido el Conquistador en 1932), aunque hasta la década de 1950 no alcanzan su esplendor en países como Brasil, Chile (en 1949 nace “Condorito” por obra y gracia de René Ríos Boettiger), Cuba y Argentina, una edad de oro que perdura hasta la década de 1970. Esa edad de oro coincide con la eclosión de los discursos de la memoria, gracias los diferentes procesos de descolonización y a los numerosos movimientos sociales. En Nicaragua, por ejemplo, la caída de Somoza del poder y la llegada de Daniel Ortega suponen una etapa de aperturismo y un creciente impacto del cómic y del grafiti en la esfera pública, considerados la expresión de las masas, puesto que el gobierno revolucionario los emplea para promover a Sandino como héroe nacional, difundir la labor del Frente Sandinista de Liberación Nacional y establecer una impronta antiimperialista.
Para los autores de este volumen, “los cómics son lugares de la memoria, que evocan y movilizan recuerdos del pasado, una política del presente y un proyecto de futuro”, como podemos leer en el capítulo tercero, que firma Isabella Cosse y que se ciñe al resurgimiento de Mafalda desde la década de 1970 hasta 1973, esa Mafalda que quería cambiar el mundo y que sigue vigente por la nostalgia de una época (los sesenta) y de unos ideales. Un cómic convertido “en una suerte de talismán para el nuevo proyecto democrático”, vinculado con la clase media a la que representa y dotado de valores nostálgicos. Entre los otros cómics estudiados, podemos mencionar tanto a Latinoamérica y el imperialismo: 450 años de guerra, en el que Héctor G. Oesterheld, vinculado al grupo izquierdista Montoneros, legitima la lealtad a Perón y la fe revolucionaria, como también a Road Story, obra del dibujante Gonzalo Martínez, en la que ofrece “una forma constructiva de producción de la memoria” y una realidad chilena transnacional. de igual modo, este ensayo analiza Rupay (2008), que cuenta los primeros años de la guerra interna en Perú y la matanza de ocho periodistas y su guía en 1983 en Uchuraccay (masacre que demonizó la zona) de una manera más compleja y ficticia (no se reivindica exponer la verdad) de lo que pudo hacerlo el Informe final de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación.
En el último capítulo, Edward King establece, mediante el estudio de Morro da favela y el uso de la xilografía y la fotografía, cómo los artistas brasileños han vinculado la favela con el sertao, la pobreza urbana y la pobreza rural. Estamos, por lo tanto, ante un libro interesante para aquellos estudiosos y curiosos del noveno arte del cómic y su tratamiento de la memoria histórica, puesto que este es analizado rigurosamente como un medio de producir y propagar el conocimiento del siempre turbulento pasado.
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