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Crítica de laurass89


laurass89
02 febrero 2019
Todo comienza por un cambio, normalmente suele ser algo pequeño que no destaque, un «no», un silencio, algo apenas perceptible. Después los cambios se van acumulando y entonces hablamos de modas, un corte de pelo, un cambio en la vestimenta… Con suerte, aquellos cambios vitales, necesarios, se suceden a nivel social, pero para que esto suceda parece que, según nos cuenta la historia, necesitamos un gran cataclismo.

El comienzo del siglo xx supuso a nivel mundial un cambio, en este caso uno considerable al desarrollarse en menos de treinta años dos guerras mundiales. La Primera supuso la ruptura de los valores sociales (casi estamentales) de los siglos anteriores, la introducción de la mujer en la vida fuera del hogar; la Segunda fue la gran explosión de la asunción de que las cosas no podían volver a ser como antes del 1900.
Ambas cuestiones son las que nos plantea el libro que nos trae hoy aquí Las hijas de la Villa de las Telas. En la continuación de la Villa de las Telas, (no hay que preocuparse si no se ha leído el primero, ya que se pueden leer e manera independiente) veremos cómo la familia Melzer debe afrontar los avatares de la Primera Guerra Mundial en Augsburgo, cómo la mujer debe aprender lo más rápido posible a depender solo de sí misma y cómo Europa entera cambia sin remedio.

La fuerza de lo cotidiano

Como acabamos de decir, la acción nos sitúa en Augsburgo, en 1917. La narración comienza cuando Paul Melzer, que al ser el dueño de una fábrica de telas ha conseguido mantenerse alejado de la guerra, es requerido en el frente. Su vida se desbarata, acaba de ser padre y se ve en la obligación de dejar a su mujer y un negocio que parece casi arruinado. Sin embargo, la novela pronto se levanta de este golpe a través de las voces de las mujeres.

Así nos presentan sus tres protagonistas, por decir que solo son ellas, ya que el papel de todas las mujeres de la novela es importantísimo. Marie Melzer, la esposa de Paul, antigua sirvienta de la casa, pero hija no reconocida del socio de Johan Melzer; Elisabeth (Lisa) von Hagemann, hermana de Paul, que quiere luchar por la patria, como su marido, desde su posición de mujer; y Kitty Baüer, la hermana pequeña de Paul y Lisa, pintora de vocación, que está esperando su primer hijo. Será a través de la interacción de estos tres personajes con el resto lo que impulse la trama de la novela que presenta una evolución pausada, pero constante, amena, pero profunda, gracias a su carácter dialógico y epistolar. Y es que las muchachas no se quedarán en casa esperando a que sus maridos regresen, tienen que tomar las riendas de la fábrica, la familia y la ciudad.

De este modo, se establecen tres escenarios que cambian conforme ellas cambian. Por una parte encontraremos la Villa que gracias a la insistencia de Lisa se convertirá en un hospital militar. En él la mediana de los Melzer y la cuñada de Kitty, Tilly Baüer, descubrirán su vocación y sus esperanzas de futuro. Un futuro en el que ellas mismas han de ser dueñas de sus actos y avatares. Por otro lado, encontraremos la fábrica Melzer, como ejemplo concreto de lo que sucede en toda la ciudad de Augsburgo, que aparece descrita con gran fidelidad. En ella podremos ver cómo Marie debe estudiar para poder encargarse de la fábrica, cómo comienza el movimiento obrero y cómo Marie quiere actuar en consecuencia para evitar las huelgas y protestas. Finalmente, encontramos el frente, que aparece reflejado en las cartas que todas envían y reciben de sus familiares. Además, esta parte se nos dibuja a través de la mirada de un hombre muy particular, Humbert.
Humbert es el mayordomo de los Melzer, es un muchacho escrupuloso y raro en su actuar. Lo han retirado del frente porque cada vez que escucha una bomba se desmaya, así que lo han dejado en la reserva. Podría extrañarnos que la guerra se nos enfoque desde el punto de vista de un criado, sin embargo, en la novela es muy lógico por dos razones. La primera es porque la guerra ha igualado a todos, no hay mayordomos y señores, sino soldados que mueren y viven según quiera la suerte; y en segundo lugar, porque un miembro de la familia Melzer ha pertenecido a la clase de los sirvientes, de manera que la idiosincrasia de la propia familia incluye lo que opinan los sirvientes, sus sueños y sus anhelos.

Esto es algo que me parece que la novela hace estupendamente. Quedan muy claras y definidas las diferencia de status, incluso entre los poderosos los hay nobles o solo ricos; sin embargo, a medida que va avanzando la novela esas clases se desdibujan, todos sufren pérdidas, hambre, todos enferman y todos son necesarios. Todos se deben apoyar unos a otros, con independencia de su condición o idea tradicional. Las mujeres tienen que comenzar a trabajar de manera remunerada, guste o no, sea o no decoroso, incluso entre la clase rica, y se rodean de la miseria. Ya no es algo ajeno, todos participan de ella.

Senderos inciertos

Y si antes decía una de las cosas que me ha encantado de la novela es la relación entre criados y señores, que al final no es más que la relación entre personas, sin más; me gusta más, si cabe, las consecuencias temáticas que de ello se derivan.

Podríamos pensar que la novela de nuestra autora es una novela de cotilleos y líos de ricos, pero creo que no es solo eso. La novela nos relata los avatares de la guerra, la pérdida de los seres queridos y cómo se cambia la euforia por la patria por la tristeza de la ausencia. Cuando Marie habla, nos habla de carencia física que tiene de su esposo, no de que no esté en la fábrica, ella es capaz, sino de una necesidad tan humana como tocar al otro. Cuando Lisa comienza a darse cuenta de que no echa de menos a su marido, no se nos cuenta que esto suceda por un amorío, sino porque la distancia pesa, porque la distancia permite tener perspectiva de nuestros sentimientos. En este sentido, Kitty se enamora más si cabe de su marido. No son mujeres dolientes, sino mujeres humanas que afrontan la ausencia cada una a su modo.

Además, recordemos, se nos relata una guerra, así que las consecuencias de la misma están ahí y se nos cuentan sin anestésicos. Humbert, por ejemplo, quedará afectado psicológicamente, habrá familias que pierdan su estatus y hasta su vida, y los conflictos internacionales derivarán en un odio lamentable, de manera que veremos que las relaciones con personas de las naciones enemigas estarán penadas y mal vistas, como le sucede a la protegida de Marie, Hanna, pero también a la propia Kitty Baüer.

En este sentido, me gusta también cómo la autora nos enseña el cambio de ese mundo de apariencias del siglo anterior, de ese saber estar, de ese saber ser una dama. En este sentido, las relaciones matrimoniales serán muy importantes en la obra de Jacobs, ya que serán el ejemplo de la retención y emancipación de la mujer. La novela nos mostrará cómo poco a poco las mujeres de la familia se empoderan y comienzan a tener pensamiento propio, casi sentimiento propio. La madre de la familia, Alicia Melzer, una señorita de familia noble, sufrirá no solo los avatares de la guerra, sino las decisiones de sus hijas. Veremos que empezarán a estudiar para poder ganarse su dinero, que aprenderán a conducir o vestirán con nuevas modas, todo ello para afirmar que la mujer ha tenido que salir a la calle por la guerra, pero que eso la ha hecho fuerte, independiente y libre. Cuando llegue la paz, ellas seguirán ahí porque el mundo también es de ellas.

Y en este sentido también, veremos como la novela juega con el desconcierto que debió crear la aparición de nuevas ideologías como el comunismo o el socialismo. Los personajes no tienen claro qué es cada cosa, por ejemplo el padre de la familia cree que las mujeres son feministas porque el socialismo les ha comido la cabeza para manipularlas. El comunismo es algo terrible que en Rusia a destruido un país y la república… pues no saben porque parece que a E.E.U.U. le va bien, pero a ellos les gustaba tener un emperador. Lo genial de la exposición política es que nos enseña que, una vez más, da igual a qué clase social pertenecieran, tanto nobles como siervos temen los cambios y es que eso parece algo inherente al ser humano. Junto con esta visión política nos incluye la social: huelgas, protestas y pancartas. El movimiento obrero en la novela aparece un poco condenado. Desde luego, partimos del punto de vista de unos industriales, sin embargo, el punto de condena no viene tanto por la ideología, creo, sino por el desconcierto que crea en los personajes.

Estos nuevos caminos que se abren son inciertos, incómodos y además no sabemos si les llevarán a un final, sea cual sea este. Es normal, por tanto, que los personajes se resistan, pero también que anhelen estos nuevos aires. Como opina Alicia Melzer, si las cosas funcionaban antes por qué no pudieron seguir como antes de la guerra: «Porque ya no estamos en el XIX, mamá», explica más de una vez Kitty Baüer a su madre.
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