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Las mejores frases de Alma vikinga (5)

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meg 22 junio 2019
—Cuando esto acabe, tenemos que hablar —le escuchó decir.
—¿De qué?
—De ti y de mí.
—No sé a qué te refieres.
Ishkar la hizo dar la vuelta y ajustó sus manos a sus hombros para apoyarla en el muro. Sus claros ojos, sus maravillosos claros ojos relampaguearon al mirarla.
—Te deseo —confesó sin más—. Y tú me deseas a mí, no puedes disimularlo. Nos estamos comportando como dos inconscientes negándonos el placer que podríamos proporcionarnos mutuamente.
—Para ti, todo se basa en compartir un lecho. Fornicar como lo que eres: un salvaje. Creí que te había quedado claro que yo no soy la mujer que buscas para que te lo caliente.
—¿Vas a decirme que sigues odiándome? Porque no lo creo. Veo en tus ojos que he perforado tu coraza. Y yo...
—Tú ¿qué? No intentarás decirme que te has enamorado de mí así —chascó los dedos—, sin más. Porque yo tampoco lo creería. Esta conversación carece de lógica.
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meg
meg 22 junio 2019
—Quiero a la mujer que se enfrentó a mí o...
—¡¡¡Suelta a mi hermano, maldito vikingo!!! —tronó una voz femenina.
Se volvió él apartando al niño, adelantando su arma y... Allí quedó, sin posibilidad de reacción ante la imagen que tenía delante. Era una visión. Un sueño. Sus ojos se entrecerraron catalogándola. Ella era la mujer que buscaba, la misma que había estado a un paso de mandarlo al Valhöll. Era ella, sí, pero ahora, sin sus ropas de batalla, cubierta por una túnica de irisaciones doradas que le llegaba hasta la mitad de unos muslos torneados y firmes, y calzando unas sandalias del mismo color cuyas cintas se enroscaban a sus pantorrillas, resultaba un espejismo. No por ello le pareció menos peligrosa que en el campo de batalla. Lo miraba de frente, con los brazos en jarras y sin ápice de temor.
«Una espléndida valkiria», se dijo Ishkar. Inspiró hondo dándose cuenta de haberse mantenido sin respirar mientras la observaba. Valerosa o no, atrevida o no, preciosa o no, era simplemente una mujer.
—Volvemos a encontrarnos —le dijo.
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meg 22 junio 2019
Ishkar había decidido dejar vivir a su oponente, aunque pensaba darle un escarmiento. Burló con facilidad el ataque que se le vino encima y, con un giro de muñeca, descargó la empuñadura de su espada contra el casco del chico haciéndolo volar por los aires.
Una melena larga y sedosa, de un negro azabache, se derramó entonces por los hombros del que hasta ese momento había creído un varón, enmarcando un rostro femenino que hubiese hecho palidecer de envidia a las mismísimas valkirias. Sus ojos, de un azul intenso, que poco tenían de terror y sí mucho de odio, lo miraron con expresión asesina.
Ishkar se quedó atónito un segundo. Solamente un segundo. Suficiente para que el brazo armado de aquella beldad lo embistiese y el acero inglés le alcanzara en el pecho, casi en la axila, justo en el lugar en que su chaquetilla de malla dejaba un hueco desprotegido.
Un caballo sin jinete se cruzó entre ellos e Ishkar maldijo en voz alta cuando perdió de vista a la muchacha. Notó que se le nublaba la vista, que caía... Algo duro como el hierro rodeó su cintura arrancándole en última instancia de los cascos de otra bestia y volteándole en el aire. Cayó, se golpeó la cabeza y una densa oscuridad comenzó a envolverlo...
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meg 22 junio 2019
(…) El andar decidido de Sayka era todo menos masculino. ¿Cómo era posible que pudieran habitar dentro de aquel cuerpo fibroso y esbelto dos mujeres tan distintas? Por un lado, la hija de Zollak, la Sayka joven y hermosa de busto pequeño y firme, de gestos dulces y atrayentes, sugerente y femenina ante cuya presencia cualquier varón se sentía fascinado. Por otro, la guerrera, la Sayka atrevida, contumaz y buena estratega, capaz de enfrentarse a cualquier enemigo.
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meg 22 junio 2019
A la derecha de Zollak, gobernador de aquella parte de la isla, una muchacha de larga cabellera negra como ala de cuervo se puso en movimiento. Se ató el pelo en una cola de caballo y tomó su casco. Zollak la observó sintiendo que se le formaba un nudo en la boca del estómago porque, bajo la fiera apariencia que le confería el uniforme de soldado no había sino una muchacha: su hija. El amargo sabor del miedo se alojó en el alma del anciano.
—No irás en esta ocasión —le dijo.
Aquellos ojos grandes y azules le miraron de frente. Una y otra vez, cada vez que su pequeño mundo había sido atacado por condados rivales, Sayka se había puesto al frente de las tropas. Incluso en una oportunidad se enfrentó a los bárbaros llegados del norte, codo a codo con otros dos ejércitos. Ahora, era distinto. Muy distinto.
—No podemos permitir que arrasen nuestra tierra otra vez, padre —argumentó ella calándose el casco y enfundando la espada a su cadera.
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