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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
30 abril 2019
Tengo este libro en casa desde hace un par de años firmado incluso por el autor porque lo ganamos (y me lo quedé yo) en un sorteo organizado por albanta en su blog, pero justo en aquella época vi el libro reseñado en un montón de sitios y bueno, ya sabéis cómo me funciona a mí la mente: si veo un libro por todas partes, lo dejo reposar y espero a que baje un poco la atención. Ahora, en mi lucha contra los pendientes, me he puesto con él, y que os traiga hoy la reseña no es casualidad: ayer, 16 de abril, fue el Día Mundial Contra la Explotación Infantil. Una fecha, el 16 de abril, que no fue escogido al azar: ese día, pero allá por 1995, murió Iqbal Masih asesinado a la edad de 12 años, y casualidades de la vida, también fue en Semana Santa.

Supongo que a estas alturas, quien más y quien menos está familiarizado con la estructura del libro. En él se nos narra la corta, muy corta, vida de Iqbal desde que nace hasta que muere, pero no lo hace de manera novelada, o no a modo de novela convencional. Lo que hace es usar testimonios ficticios de personas allegadas a él por muy diversas circunstancias, y con cada testimonio la narración va avanzando en el tiempo hasta llegar a su asesinato. No es que vaya tirando de fechas, si no que con cada cosa que se cuenta sobre él se contextualiza el momento temporal y sabemos en qué punto de su vida nos encontramos, colocando poco a poco las piezas del puzle de su vida, un puzle pequeño en tamaño pero con una imagen impresa en él tan impactante que hace que resulte imposible olvidarte de él una vez le conoces.

¿Y quién fue Iqbal? Un niño presa de las costumbres de su país, y que fue vendido desde los 6 años para poder pagar la boda de su hermano mayor porque eso es lo que tocaba: si eres el pequeño, pagas la boda del mayor. Y si para eso hay que pedir un préstamo a un fabricante de alfombras y dar como pago a tu hijo para que trabaje durante doce horas al día y siete días a la semana, se hace. Jamás se liquidará ese préstamo, y ese niño jamás saldrá de esa fábrica, pero es lo que hay que hacer. Iqbal sueña con otra vida, sabe que eso no está bien, y un día decide pedir su carta de libertad. Lo que llegó después no creo que tuviese cabida en la imaginación de nadie. Y para entonces Iqbal era un niño en el cuerpo desgastado de un anciano, con problemas de crecimiento provocados por la postura en la fábrica sin moverse durante horas, pero mucha esperanza en una vida mejor.

Las personas que dan esos testimonios son tanto ficticias y creadas por el autor como personas reales que formaron parte de la vida de Iqbal. Miembros de su familia, amigos, compañeros de la fábrica, el patrón que le explotaba, europeos que participaban del engranaje mafioso comprando esas alfombras... reales o ficticios, ellos son los que hablan en los primeros años de Iqbal. Pero en el momento en el que decide que no va a trabajar más y que acaba bajo el tutelaje del BFLL, es cuando también toman la palabra personas reales y de carácter público que conforman con sus narraciones el retrato del Iqbal que hemos visto en fotos y vídeos, el Iqbal famoso que se convirtió en el símbolo contra la explotación infantil.

El BFLL (Frente de Liberación del Trabajo Forzado), creado por el activista paquistaní Eshan Ullah Khan, acogió a Iqbal; allí le enseñaron a leer y a escribir y, amparado por esta organización, comenzó a hacerse escuchar y a convertirse en el rostro reconocible de unas costumbres que, aunque prohibidas en cierto momento por el Parlamento de Pakistán, no se dejaron de practicar. Concedía entrevistas, denunciaba y señalaba, y de ahí a volar a Nueva York para recoger su premio en defensa de los derechos humanos de los niños (rodeado de los típicos ricachones presentes en este tipo de actos y de la hipocresía que todo ello conlleva), pasando por Suecia para unas minivacaciones donde vio por primera y última vez la nieve y vivió durante unas semanas una vida normal. Y mientras tanto, levantando odio allí en su tierra entre los que perdían dinero y prestigio cada vez que abría la boca o aparecía su rostro en la televisión o en un periódico, y convirtiéndose en un objetivo incómodo al que había que eliminar.

"Lee lo que te pueden explicar los que le conocieron, quienes estuvieron en sus malos, buenos y otros momentos. Pero no te lo creas todo. Ni siquiera a mí, cuando me toque salir. Seguro que alguno de los personajes de este libro exagera. Quizás alguno incluso mienta. Es probable que la mayoría diga la verdad. O no. En cualquier caso serás tú quien juzgue con libertad. La vida de Iqbal Masih será contada como perlas esparcidas sin ordenar. Serás tú quien las una y convierta en collar".

Así empieza el libro con el testimonio (el primero de sus muchos testimonios) de Mudena, y creo que a pesar de esa interesante premisa de "no te creas todo lo que leas", al final el libro peca un poco de santificación de la persona de Iqbal, y a ver si sé explicarme porque no quiero que se me malinterprete. Iqbal fue un niño excepcional... tan excepcional que murió asesinado a tiros por afrontar luchas que la mayoría de gente adulta ni sabe, ni quiere, ni tiene la valentía o la capacitación para afrontar. Iqbal fue un niño único. Pero a veces leyendo me daba la sensación de que el niño que era, el niño que nunca dejó de ser porque no le dio tiempo a ser otra cosa, se pierde un poco en el personaje en que se ha convertido. Y un niño es un niño. Un niño se pelea alguna vez con otros niños, un niño discute alguna vez con sus hermanos, un niño desobedece alguna vez a su madre, y un niño tiene cosas de niño, porque es lo que es. Sin embargo en este retrato no es así: Iqbal aparece rodeado de una aureola de perfección en todas las facetas de su vida. Me parecería entrever esa exageración de la que se habla en esa cita si fuese algo puntual de algunos testimonios, pero realmente es la tónica de todo el libro, y a ratos me parecía tan poco realista que hubiese agradecido alguna pataleta o algún berrinche que dieran fe de los pocos años que Iqbal siempre tuvo (aunque sus 12 años pesasen como 50), porque eso no le hubiera hecho menos valiente ni especial, ni lo que hizo hubiese significado menos. al contrario, le hubiese dado impronta de autenticidad.

Más allá de eso, que solo es una preferencia personal, me ha gustado mucho el modo en que está planteado el libro. Es original, se lee casi en un suspiro, y he agradecido que el libro no tenga como objetivo descarado conmover al lector, o no al menos buscar su lágrima fácil. Y teniendo en cuenta que esta es una historia que no acaba bien, que de hecho abres el libro sabiendo que termina con el asesinato de un niño de doce años, creo que hay que agradecerle al autor que no haya tirado por lo cómodo, que hubiese sido meter el dedo en esa atrocidad y empujar al lector a regodearse en ese dolor.

Iqbal murió hace ya 24 años, y los motivos que le llevaron a alzar la voz ni han desaparecido, ni tienen visos de hacerlo siquiera a muy largo plazo. Hoy tendría 36 años y quien sabe lo que hubiese sido de él, de su vida, de su lucha. Nunca lo sabremos, pero cambió la vida de muchas personas y libros como el que hoy os traigo mantienen vivos su recuerdo, su coraje, su esperanza y su perenne sonrisa.

Enlace: https://inquilinasnetherfiel..
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