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ISBN : 8467356413
Editorial: Oxford University Press España, S.A. (31/05/2010)

Calificación promedio : 4.05/5 (sobre 10 calificaciones)
Resumen:
En 1995, Iqbal Masih, se convirtió en mártir por la lucha contra la esclavitud infantil al ser asesinado en Lahore, su localidad natal. Iqbal denunció su situación ante la opinión pública para concienciar al mundo de una injusticia que afecta a millones de menores en el mundo. A partir de la recreación de los testimonios de los que lo conocieron, lo escucharon o lo odiaron, asistimos a la descripción de un personaje cuya labor ha sido imprescindible en la búsqueda d... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (12) Ver más Añadir una crítica
Beatriz_Villarino
 18 febrero 2021
Cuando leo un libro, un sinfín de ideas me acuden a la mente… esto lo hago yo, esto me ocurrió a mí, esto puedo unirlo a lo anterior… Es verdad que así tardo más, pero cuando me identifico con algún personaje me gusta, o me inquieta, según. Una vez lo he leído tengo anotaciones por sus páginas y en hojas aparte. Todo está ahí; las releo y me doy cuenta de lo que ha querido decir el autor. Unas veces con más acierto que otras. Pero lo que me cuesta enormemente es analizarlo por escrito. No sé por dónde empezar. Cómo unirlo todo. Cómo no irme por los cerros de Úbeda. Este libro no iba a ser menos.
Lo que tengo claro es que su autor pretende denunciar las condiciones en las que nacen algunas personas y que determinan su forma de vida. Son personas cuyos actos están ya establecidos de antemano. Son personas destinadas a sufrir para que los demás tengamos mejor calidad de vida. Son personas que no han sido niños, no han conocido la alegría, porque su posición social es la misma que la que ocupa un animal de carga.
Miguel Griot se rebela contra este hecho, aún vigente, que continuará en el futuro hasta que algunas sociedades dejen de pensar que son las únicas portadoras de la verdad «y esos que tanto dolor e injusticias causan, según dice el profesor, ¿no son acaso los mismos mayores que nos ponen los deberes y los que nos educan para ser como ellos?».
Miguel Griot ha escrito Iqbal Masih, lágrimas, sorpresas y coraje para sensibilizar a la opinión pública, para que entre todos consigamos garantizar la rehabilitación y la reinserción social. Muchas comunidades preparan todavía a las niñas, desde pequeñas, para trabajos domésticos, y a los niños para obedecer a un patrón.
Iqbal Masih es la historia de este niño pakistaní que fue tratado como esclavo desde los 6 años en una fábrica de alfombras, para pagar una deuda contraída por sus padres. A los 10 años se da cuenta de que puede tener derechos y, ayudado por el Frente de Liberación del trabajo forzado, que pagó su deuda y lo llevó a una escuela, aprendió a leer y escribir y saltó a Europa y EE.UU. para ofrecer conferencias denunciando la esclavitud infantil y pidiendo libertad y justicia para todos los niños. Lo más escalofriante es que este suceso ocurrió en la década de los 90, casi entrando en este milenio.
Una historia real cuyo final está grabado en la prensa internacional y en los diferentes monumentos que recorren diversas partes del mundo para que no lo olvidemos. Porque se nos olvida. Por eso el autor ha experimentado con Iqbal Masih una forma diferente de comunicar su denuncia, ha escrito una mezcla de literatura social y artículo periodístico de opinión. Es social porque obedece a ciertas reglas establecidas socialmente que deben acatarse o violarse. Es artículo de opinión porque no ofrece una respuesta unívoca a la realidad, sino que valiéndose de multitud de personajes indaga en todos los rincones.
El estilo hace gala de lo que se llamó el perspectivismo múltiple de la novela de los 60-70. En esta ocasión los narradores homodiegéticos son representantes de todas las instituciones y capas sociales que intervinieron en el suceso, desde niños esclavos, compañeros de la fábrica de tapices, hasta otros, compañeros de escuela, amigos que Iqbal encontró en Suecia o en EE.UU., representantes del BFLL, de la iglesia, familiares de Iqbal, jefes, encargados, dueños de fábricas, políticos… Todos han formado parte de la historia y se asoman para relatar lo que conocen, lo que han vivido con el protagonista, o lo que en su opinión consideran razonable.
Son numerosos capítulos cortos, cada uno lleva por título el nombre de quien habla, no hay presentación. El interpelado se dirige al lector contando su versión, por lo que desde el primer momento es perfectamente reconocible, no solo por lo que dice sino por las expresiones utilizadas, propias de su nivel sociocultural,
Tariq.
Bueno, bueno, no es pa tanto. Todo el mundo decía que Iqbal había madurado a velocidad de camello desbocado […] Chuminadas […] los viejos amigos teníamos ganas de cachondeo…
Entre todos conforman la personalidad del protagonista; además gracias a los tics de algunos, expresiones de otros o incluso onomatopeyas, «El briiikiii-briiikiii-briiikiii que emitía un telar con el eje mal engrasado», el autor se permite algunas licencias exageradas para denunciar la ceguera del llamado primer mundo, sus paradojas e ironías «…que doné a la organización que montó el cóctel, que, por cierto, me pareció divino (un acierto los canapés de salmón […] Ay, que me pierdo […] Sí señor, alguien con poder, dinero e influencia debería hacer algo…».
Griot conecta mejor con un lector al que llegan diferentes emociones. Todos son narradores internos por lo que disponen de información sobre el protagonista aunque cada uno aporte un punto de vista distinto, el suyo, pues todos son testigos de primera mano y únicamente aclaran lo que han experimentado, nunca los pensamientos de otros personajes. Normalmente el narrador no se dirige al lector colectivo sino a uno específico, un “tú” individual que nos introduce de golpe en el suceso, y hace que nos sintamos parte de él, una parte activa que no solo recibe un texto cerrado sino que es capaz de abrirlo, responderle y reinterpretar el sentido. Nos hallamos cómodos en una lectura en la que nos sentimos atrapados en sus líneas y responsables de ingresar en ese mundo o no. Entre el autor y el lector aparece una relación abierta, de libre elección, en la que Griot, haciendo uso de los personajes, inserta diferentes recursos argumentales o dialógicos dirigidos al lector con los que, además de aportar agilidad y realismo al texto, crea suficiente tensión para que se implique y adopte en su mente el papel activo de interlocutor:
Así que repasa los argumentos de cada uno de los dos y decide tú quién lleva razón.
No preguntes qué soluciones dieron. No tiene mucha importancia. Lo importante es que algún día ellos serán los encargados de buscarlas.
La pluralidad de voces aporta múltiples significados. Todos forman parte del engranaje social y a través de esas voces, que siempre denuncian aunque en ocasiones se revistan de humor, entendemos que en cualquier mundo, primero o último, quien tiene el dinero tiene el poder, por lo que quienes no disponen de medios económicos o defienden a quienes no los tienen son invisibles, suponen una molestia para los acomodados que asisten con miedo a un posible derrumbe de la estructura que los protege «aquel era un caso perdido. Nos enfrentábamos a un poderoso industrial del ladrillo […] Continúe usted, Mohamed, me indicó. Con todos los respetos, señoría […] yo soy el (abogado) de la acusación, ¿seguro que estaba escuchándome?».
Los diferentes personajes aportan argumentos, razones, algunas incluso aparecen como irremediables a su forma de actuar. de esta manera el lector empatiza con ciertas figuras aunque entiende a todos, pues reconstruyen una sucesión de hechos que se vienen repitiendo a lo largo de la historia; cada persona actúa como lo ha visto hacer a su alrededor. Desde este enfoque el significado del texto se sitúa en las propiedades beneficiosas del diálogo, pues confirma el realismo de lo sucedido, muestra el carácter y la personalidad de cada personaje y atrae irremediablemente al lector porque observa los hechos desde el presente.
Miguel Griot da sentido a este mundo sinsentido al situarlo en un espacio tranquilo, de conversación. Las ideas fluyen en el trayecto de libre intercambio que impone la prosa mediadora. Griot consigue un tipo de ensayo que, por su propia configuración periodística-novelada, se re-presenta, se re-interpreta y re-configura a sí mismo. Nos encontramos ante la transparencia y autenticidad de la reflexión ensayística. Pero no explica, no se queda en la lista de datos sino que participa del entretenimiento novelado. Es un ensayo de denuncia en clave literaria, en el que su autor se compromete con la delación de un hecho vergonzante (otro más) cometido por seres humanos.

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Inquilinas_Netherfield
 30 abril 2019
Tengo este libro en casa desde hace un par de años firmado incluso por el autor porque lo ganamos (y me lo quedé yo) en un sorteo organizado por albanta en su blog, pero justo en aquella época vi el libro reseñado en un montón de sitios y bueno, ya sabéis cómo me funciona a mí la mente: si veo un libro por todas partes, lo dejo reposar y espero a que baje un poco la atención. Ahora, en mi lucha contra los pendientes, me he puesto con él, y que os traiga hoy la reseña no es casualidad: ayer, 16 de abril, fue el Día Mundial Contra la Explotación Infantil. Una fecha, el 16 de abril, que no fue escogido al azar: ese día, pero allá por 1995, murió Iqbal Masih asesinado a la edad de 12 años, y casualidades de la vida, también fue en Semana Santa.
Supongo que a estas alturas, quien más y quien menos está familiarizado con la estructura del libro. En él se nos narra la corta, muy corta, vida de Iqbal desde que nace hasta que muere, pero no lo hace de manera novelada, o no a modo de novela convencional. Lo que hace es usar testimonios ficticios de personas allegadas a él por muy diversas circunstancias, y con cada testimonio la narración va avanzando en el tiempo hasta llegar a su asesinato. No es que vaya tirando de fechas, si no que con cada cosa que se cuenta sobre él se contextualiza el momento temporal y sabemos en qué punto de su vida nos encontramos, colocando poco a poco las piezas del puzle de su vida, un puzle pequeño en tamaño pero con una imagen impresa en él tan impactante que hace que resulte imposible olvidarte de él una vez le conoces.
¿Y quién fue Iqbal? Un niño presa de las costumbres de su país, y que fue vendido desde los 6 años para poder pagar la boda de su hermano mayor porque eso es lo que tocaba: si eres el pequeño, pagas la boda del mayor. Y si para eso hay que pedir un préstamo a un fabricante de alfombras y dar como pago a tu hijo para que trabaje durante doce horas al día y siete días a la semana, se hace. Jamás se liquidará ese préstamo, y ese niño jamás saldrá de esa fábrica, pero es lo que hay que hacer. Iqbal sueña con otra vida, sabe que eso no está bien, y un día decide pedir su carta de libertad. Lo que llegó después no creo que tuviese cabida en la imaginación de nadie. Y para entonces Iqbal era un niño en el cuerpo desgastado de un anciano, con problemas de crecimiento provocados por la postura en la fábrica sin moverse durante horas, pero mucha esperanza en una vida mejor.
Las personas que dan esos testimonios son tanto ficticias y creadas por el autor como personas reales que formaron parte de la vida de Iqbal. Miembros de su familia, amigos, compañeros de la fábrica, el patrón que le explotaba, europeos que participaban del engranaje mafioso comprando esas alfombras... reales o ficticios, ellos son los que hablan en los primeros años de Iqbal. Pero en el momento en el que decide que no va a trabajar más y que acaba bajo el tutelaje del BFLL, es cuando también toman la palabra personas reales y de carácter público que conforman con sus narraciones el retrato del Iqbal que hemos visto en fotos y vídeos, el Iqbal famoso que se convirtió en el símbolo contra la explotación infantil.
El BFLL (Frente de Liberación del Trabajo Forzado), creado por el activista paquistaní Eshan Ullah Khan, acogió a Iqbal; allí le enseñaron a leer y a escribir y, amparado por esta organización, comenzó a hacerse escuchar y a convertirse en el rostro reconocible de unas costumbres que, aunque prohibidas en cierto momento por el Parlamento de Pakistán, no se dejaron de practicar. Concedía entrevistas, denunciaba y señalaba, y de ahí a volar a Nueva York para recoger su premio en defensa de los derechos humanos de los niños (rodeado de los típicos ricachones presentes en este tipo de actos y de la hipocresía que todo ello conlleva), pasando por Suecia para unas minivacaciones donde vio por primera y última vez la nieve y vivió durante unas semanas una vida normal. Y mientras tanto, levantando odio allí en su tierra entre los que perdían dinero y prestigio cada vez que abría la boca o aparecía su rostro en la televisión o en un periódico, y convirtiéndose en un objetivo incómodo al que había que eliminar.
"Lee lo que te pueden explicar los que le conocieron, quienes estuvieron en sus malos, buenos y otros momentos. Pero no te lo creas todo. Ni siquiera a mí, cuando me toque salir. Seguro que alguno de los personajes de este libro exagera. Quizás alguno incluso mienta. Es probable que la mayoría diga la verdad. O no. En cualquier caso serás tú quien juzgue con libertad. La vida de Iqbal Masih será contada como perlas esparcidas sin ordenar. Serás tú quien las una y convierta en collar".
Así empieza el libro con el testimonio (el primero de sus muchos testimonios) de Mudena, y creo que a pesar de esa interesante premisa de "no te creas todo lo que leas", al final el libro peca un poco de santificación de la persona de Iqbal, y a ver si sé explicarme porque no quiero que se me malinterprete. Iqbal fue un niño excepcional... tan excepcional que murió asesinado a tiros por afrontar luchas que la mayoría de gente adulta ni sabe, ni quiere, ni tiene la valentía o la capacitación para afrontar. Iqbal fue un niño único. Pero a veces leyendo me daba la sensación de que el niño que era, el niño que nunca dejó de ser porque no le dio tiempo a ser otra cosa, se pierde un poco en el personaje en que se ha convertido. Y un niño es un niño. Un niño se pelea alguna vez con otros niños, un niño discute alguna vez con sus hermanos, un niño desobedece alguna vez a su madre, y un niño tiene cosas de niño, porque es lo que es. Sin embargo en este retrato no es así: Iqbal aparece rodeado de una aureola de perfección en todas las facetas de su vida. Me parecería entrever esa exageración de la que se habla en esa cita si fuese algo puntual de algunos testimonios, pero realmente es la tónica de todo el libro, y a ratos me parecía tan poco realista que hubiese agradecido alguna pataleta o algún berrinche que dieran fe de los pocos años que Iqbal siempre tuvo (aunque sus 12 años pesasen como 50), porque eso no le hubiera hecho menos valiente ni especial, ni lo que hizo hubiese significado menos. al contrario, le hubiese dado impronta de autenticidad.
Más allá de eso, que solo es una preferencia personal, me ha gustado mucho el modo en que está planteado el libro. Es original, se lee casi en un suspiro, y he agradecido que el libro no tenga como objetivo descarado conmover al lector, o no al menos buscar su lágrima fácil. Y teniendo en cuenta que esta es una historia que no acaba bien, que de hecho abres el libro sabiendo que termina con el asesinato de un niño de doce años, creo que hay que agradecerle al autor que no haya tirado por lo cómodo, que hubiese sido meter el dedo en esa atrocidad y empujar al lector a regodearse en ese dolor.
Iqbal murió hace ya 24 años, y los motivos que le llevaron a alzar la voz ni han desaparecido, ni tienen visos de hacerlo siquiera a muy largo plazo. Hoy tendría 36 años y quien sabe lo que hubiese sido de él, de su vida, de su lucha. Nunca lo sabremos, pero cambió la vida de muchas personas y libros como el que hoy os traigo mantienen vivos su recuerdo, su coraje, su esperanza y su perenne sonrisa.

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Fesaro
 14 diciembre 2018
Ciertos libros no puede uno dejarlos pasar, contienen temas que si bien no agradables, nos vienen a contar historias que nos tocan muy de cerca, aunque la hipocresía que muchas veces occidente impone a estas cuestiones nos cierre los ojos. Estos libros son necesarios, nos despiertan de nuestro letargo y aunque suene a utopía con algo de palabrería, siembran semillas para cambiar el mundo a mejor, que al fin y al cabo, eso es uno de los propósitos de la palabra, de la literatura y de los libros.
Hay libros con los que uno lo pasa mal, son duros y te golpean certeramente en la línea de flotación del equilibrio emocional. En malas épocas huyo de ellos, porque mi ánimo me lo desaconseja evitando males mayores a mi actitud con la que afrontar la vida. Podemos decir que en esta ocasión su portada me atrajo desde el primer momento y me perseguía por los blogs que visitaba y a su vez creo que este libro me buscaba a mi también, incluso llamó varias veces a la puerta de casa, hasta que de forma casual le abrí y le he hecho un hueco en las estanterías del salón, verlo allí, me reconforta, me calma y me sirve de llamada de atención, lo quiero donde pueda verlo a menudo y que me recuerde lo afortunado que soy.
Con un estilo de narración muy original todo hay que decirlo, el autor construirá una historia de Iqbal Masih donde las personas que lo conocieron desde pequeño, hablaran sobre la vida de nuestro protagonista siempre desde el aspecto que ellos conocieron y las anécdotas que vivieron con él. Como si de una entrevista imaginaria se tratase, veremos su nacimiento, el momento de su llegada al taller de alfombras, sus primeros actos de rebelión, la salida del taller y su transformación en un niño que asombraba a propios y extraños con sus ideas y su manera de expresar su opinión.
Lleno de citas como “las alas no te llevan a ningún sitio sino eres tu quien las mueves” (página 19), serán como si tuviéramos esas mismas alas, las que a vista de pájaro, nos llevará de forma vertiginosa por una lectura que se hace ágil, amena, gracias a sus capítulos cortos, exprimirán lo esencial, la idea con la que nos tenemos que quedar para tener constancia de lo que el libro quiere mostrarnos.
Conoceremos el Paishgee , en realidad todo gira en torno a eso, un sistema de préstamo por el cual los padres a cambio de un dinero que usaran en alguna necesidad familiar, dejaran a sus hijos una cantidad de años como fianza y forma de pagar con su trabajo ese préstamo. Lo peor es cuando para poder dar de comer a un hijo tuyo tienes que alquilarlo.
Por todo ello cuesta trabajo asumir los sentimientos que puede desencadenar una situación así pero atisbando que incluso se crean sus propios engaños para vivir de esa manera “mejor trabajar explotados que ir a la escuela” o “No supo reconocer su posición en la sociedad” convierten a verdaderas atrocidades en algo tan natural como es haberlo vivido siempre.
Con el paso de las páginas fui comprendiendo un poco más el título, del mismo modo que poco a poco vamos conociendo a Iqbal y se hace difícil que a medida que avanzan los capítulos no sientas admiración por un niño que siendo tan pequeño luchó por cumplir el sueño de ser libre, intentando cambiar lo que muchos veían como normal, siendo una autentica injusticia.
“La confianza se adquiere cuando uno trata a los demás como le gustaría que lo tratarán a él. Y entonces descubres que ellos empiezan a hacer lo mismo. Entonces ya puedes confiar”. (Página 145).
Un libro que si bien es triste, nos resultará paradójico que sea el propio Iqbal quien con sus ocurrencias y comentarios nos robe alguna que otra sonrisa. Triste que alguien diga que no sabe lo que significa la palabra felicidad.
“Sólo podemos ser felices si lo somos todos, solo seremos libres si todos los somos”
Todo esto me ha llevado a momentos en los que he tenido que cerrar el libro y ponerme a meditar sobre lo que acababa de leer, no vemos muchas veces lo que hay detrás de ciertas compras en las cuales con gran satisfacción nos vanagloriamos de ahorrarnos unos céntimos que tal vez se consiguen gracias a la explotación de los niños. He sentido impotencia y a la vez alivio, con vergüenza de pensar que he tenido suerte de no ser yo uno de esos niños que trabajan en esas fabricas. al menos espero que ese sufrimiento de muchos sirva para cambiarnos a otros y que no cerremos los ojos ante cosas así. Hacen falta más libros como el de Miguel para no olvidar que estas cosas en los tiempos en los que vivimos aún existen y que Iqbal no sea sólo el sacrificio de un momento sino que su gesta se prolongue en el tiempo y sirva de senda para que otros la sigan.
Un libro interesante, que refleja la cruda realidad, desde un punto de vista ameno y que sin llevarnos por descripciones sórdidas, sirve para abrirnos los ojos de forma muy natural.
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Jazmin
 03 noviembre 2018
En primer lugar, quiero aclarar que nos vamos a encontrar con la historia de vida de Iqbal de una manera indirecta. Con esto quiero decir que no hay un único narrador, una única voz que hable sobre la vida de él, sino que nos vamos a encontrar con muchísimas voces. Hay varias perspectivas incluso sobre una misma escena de su vida. Todo esto nos va a hacer reconstruir de a poco su vida. Por lo que los diferentes puntos de vista son muy importantes ya que nos vamos a encontrar con personas a favor y también algunas en contra de sus ideales. Hay una gran importancia del acto de narrar, de contar lo sucedido a través de distintas perspectivas. La idea de narración me pareció muy interesante porque, desde el inicio, se la compara metafóricamente con dos grandes cosas que a mí me gustaron muchísimo ver. En primer lugar, la primera imagen referencial acerca de la narración y la lectura son que las palabras, las distintas voces aquí dentro, son ventanas distintas de una misma casa. Una casa en la que dentro nos espera Iqbal. Incluso se dice que es una pena que nosotros no podamos conocerlo directamente a él entrando en ella, sino que vamos a tener que observar por cada ventana para conocerlo. Otra gran imagen que se utiliza es que la vida de él será contada como perlas esparcidas sin ordenar. Nosotros como lectores seremos quienes las unamos para convertirlas en collar. Por todo ello creo que el trabajo del lector es muy importante aquí.

Uno como lector es el principal protagonista en este tipo de textos ya que es el que tiene que reconstruir de cierta manera la vida de Iqbal, como dije anteriormente. Como bien se aclara desde el inicio del libro, es el lector quien tiene la posibilidad de creer o descreer estas narraciones, ya sea de manera total o parcial. En este caso, el lector es, a la vez, un segundo autor. Hay un puntapié que se centra y se apoya inicialmente en el lector que tiene que escuchar estas historias, leerlas, adentrarse en ellas y creer o descreer para poder armarse la idea de quién ha sido él.

Otro de los puntos que quería tomar es la manera en la que se representa y que se forma la idea de niño. En este libro se pueden ver reflejadas dos grandes interpretaciones de infancia que se van entrelazando, confluyendo, a veces comunicando y otras confrontándose. En primer lugar, nos encontramos con la idea formada por la sociedad en la que él crece: aquella infancia a la que no se respetan los derechos de los niños. En esta representación nos encontramos con que se los obliga a trabajar porque se necesita el dinero para poder vivir día a día. Por lo que aquí surge una nueva cuestión: el entorno. Es primordial poder comprender el entorno para poder descifrar por completo la causa del trabajo infantil en este caso. Esto lo vemos de a poquito en tanto que vamos leyendo las distintas declaraciones. Se nos habla de Iqbal y sus acciones y, para ello, se nos habla también de su entorno, de cómo se trabajaba, de su familia, de sus amigos… Por ello se puede hacer de a poquito un entramado de relaciones para poder comprender tanto histórica como socialmente el porqué de la causa del trabajo infantil (repito, en este caso). En segundo lugar, también se encuentra una representación infantil de aquel niño que creo que todos deberían ser pero que se ve un poco desplazado por la primera. Aquel niño que juega, que se entretiene, que va al lago a nadar cuando hace calor, que puede divertirse con sus amigos… Un niño con derechos.

En cuanto a la narración, me ha gustado mucho que los capítulos en realidad son pequeños declaraciones, algunas palabras, frases… de las personas que conocieron a Iqbal de alguna manera u otra (principalmente). La verdad es que ha sido muy interesante poder conocer a alguien a través de las palabras de los demás. Esto lo digo ya que me parece que uno como sujeto como tal se compone a partir de la mirada del otro. Un sujeto no es una unidad si está solo. En realidad, se necesita algún otro para darse cuenta lo que uno es, y viceversa, a través de la comparación, de la transposición, de este “mirar al otro”. Por eso es muy interesante poder conocer a alguien a través del diálogo de los demás y de la idea que tienen los demás sobre Iqbal.


En fin, este es un libro para poder hablar muchísimo de él, pero no quiero entramar demasiado para que todos puedan darle una oportunidad. Me parece que la historia de Iqbal no debe dejar de ser leída por nadie. Este es un libro que todos deberían conocer porque se trata de una vida que merece la pena ser contada para poder concientizar sobre uno de los temas más importantes como lo es el trabajo infantil.
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LEMB
 23 marzo 2021
No es fácil hablar de este libro. Me encuentro en la situación de si hablar del libro en sí o hablar de la historia que está detrás del libro, es decir, la verdad de lo que se cuenta. Iqbal Masih existió. Fue un niño esclavo de Pakistán que denunció la situación de miles de niños, viajando a Suecia y Estados Unidos; encabezó, o apoyó, un movimiento que tuvo sus repercusiones internacionales. Podéis buscar en internet las cientos de páginas sobre él; también podéis ver vídeos, escucharle y leer lo que le ocurrió. Que lo hagáis antes de leer este libro no afecta, os lo aseguro, a su lectura.
¿Qué tiene de especial (que lo tiene) este pequeño libro? Miguel Griot escribe (homenajea) sobre la figura de Iqbal Masih a través de testimonios. Nos hace un esbozo de lo que sería la corta biografía de Iqbal centrándose más en su persona, su vida como niño en Tahore y en el camino que tomó. Estos testimonios, que no son reales, pero sí reflejan frases y momentos reales, vendrían de la mano de las personas que lo conocieron e influyeron, positiva o negativamente, en su vida: su madre, sus compañeros, sus primos, el Frente de Liberación Infantil, sus amigos, sus conocidos, sus maltratadores...
Con un lenguaje muy directo y sencillo, acomodándose al narrador que en ese momento nos esté hablando, y con capítulos (testimonios) muy cortos, que reflejan justo lo que buscan, sin incomodar ni cansar, consigue que te intereses por la figura de Iqbal y por lo que denunciaba. Además, te acerca a la problemática de la esclavitud infantil en Pakistán, en este caso a la industria textil de alfombras, que se puede extrapolar fácilmente a otros lugares como Bangladesh, La India, Tailandia, China, Latinoamérica o, más ampliamente, África; países donde el trabajo infantil se justifica por las necesidades familiares de supervivencia.
Creo que es un texto a veces simpático y a veces tierno, además de muy realista, pero sin llegar a incomodar. El dolor de lo que lees viene más por el fondo de lo que muestra y por tu forma de entender la lectura.
Si le sirve de algo al autor, a mí sí que me ha conseguido trasladar a las calles de Tahore; me ha llevado a la vida de un niño pequeño, hijo de una familia muy pobre; me ha trasladado a ese movimiento que tuvo mucho auge en los años noventa, que recuerdo vagamente, ya que mi adolescente atención estaba en otras cosas entonces; me ha recordado que durante un tiempo nos costó mirar las alfombras familiares que atesorábamos en casa, conscientes de su origen y de las manos que las hicieron. Creo que invita al activismo o, al menos, a que se te remueva algo. Invita a ser conscientes de que las cosas importante, y mucho, y nuestros gestos también.
Ha sido una lectura enriquecedora, que merece la pena recomendar, no solo por la historia de Iqbal Masih, que es la historia de miles de niños y niñas, sino también por cómo la ha construido Miguel Griot y la ha compartido con nosotros.
Gracias al autor por ella. Me ha hecho pensar y sentir. He reído con Iqbal y he llorado con Iqbal, y todo a través de palabras que hablan de él.





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Citas y frases (19) Ver más Añadir cita
Inquilinas_NetherfieldInquilinas_Netherfield08 abril 2019
Necesitábamos una voz que todavía no alcanzábamos a articular. Una voz capaz de susurrar para remover lo más íntimo y digno de los niños. Una voz capaz también de tronar para remover el remordimiento y la vergüenza de quienes los esclavizaban. Jamás imaginé que iba a encontrar esa voz en el cuerpo de un niño de diez años de un pequeño pueblo en las afueras de Lahore. Más vale león pequeño que un saco de ratones.
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Inquilinas_NetherfieldInquilinas_Netherfield30 abril 2019
Lee lo que te pueden explicar los que le conocieron, quienes estuvieron en sus malos, buenos y otros momentos. Pero no te lo creas todo. Ni siquiera a mí, cuando me toque salir. Seguro que alguno de los personajes de este libro exagera. Quizás alguno incluso mienta. Es probable que la mayoría diga la verdad. O no. En cualquier caso serás tú quien juzgue con libertad. La vida de Iqbal Masih será contada como perlas esparcidas sin ordenar. Serás tú quien las una y convierta en collar.
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AnabelAnabel18 febrero 2020
Aquí dentro aprendí lo que esta bien y lo que esta mal. Eso no da la felicidad, pero sí seguridad. Da igual, "Felicidad" es otra palabra que no entiendo. Si escribiera libros, entendería de palabras. Si pintase cuadros, reconocería la belleza. Si fuera un juez, buscaría la justicia. Pero qué voy a saber yo de palabras, belleza y justicia. El techo del taller es mi cielo; un telar, mi compañero; los castigos de Arshad, todo lo que temo; un día para descansar, mi único deseo.
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LEMBLEMB13 marzo 2021
La confianza se adquiere cuando uno trata a los demás como le gustaría que lo trataran a él. Y entonces descubres que ellos empiezan a hacer lo mismo. Entonces ya puedes confiar. Es así, confía en mí.
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LEMBLEMB13 marzo 2021
Por muy agotado que estuvieran, si le pedías que prestase atención, lo hacía. Iqbal sabía escuchar. Seguro que por haber escuchado tanto fue capaz de que tanta gente lo escuchara.
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