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Crítica de rmrobles


rmrobles
19 septiembre 2019
Sobre “La edad de papel”, de Orlando González Esteva.

Hablar de Orlando González Esteva es hablar de un escritor que reconoce la gravitación de su obra en torno al idioma español. En otras palabras, este autor cubano que ha conocido otras naciones, reconoce pondera el idioma español, ya que para él, por decirlo de alguna forma, es el anclaje que da firmeza a su producción literaria.

Debo decir que este primer acercamiento que hago a su obra ha sido grato. Desconozco el resto de su producción, pero si esta acaso guarda semejanza con el libro que nos ocupa, entonces me atrevo a decir que su lectura también será un continuo goce. Aunado a esto, está la invitación a repensar algunos de los hechos de nuestra vida cotidiana; es lo que yo leo entre líneas.

Entiendo que González Esteva desconfía de sí mismo en su faceta de escritor en prosa, y como prueba, arguye la brevedad de sus textos, como si esta por sí misma fuera un indicador de mala calidad de una obra. Octavio Paz ignoró esta explicación, y el escritor mexicano marcó un antes y un después en la carrera literaria del cubano; González Esteva reconoce y agradece a Paz por eso.

Esta obra, para mi gusto, cabalga entre dos géneros: la prosa y la prosa poética. Entre ambos existe, casi siempre de forma manifiesta, un fino humor que impregna las imágenes que está describiendo. Partiendo de esta premisa, encontramos en el libro ingeniosas formas de ver con otros ojos –los de la imaginación– algunos de los hechos cotidianos que conforman nuestra vida. Veamos un ejemplo: un papel periódico que pasa volando ante nosotros.

Sobre esto, recuerdo haber leído de niño que cuando veíamos pequeños remolinos en las calles, se debía a que algunas entidades traviesas estaban jugando. Esa explicación perdura en mí hasta hoy. Fuera de ese acercamiento mágico, el hecho está ahí simple y llanamente: un papel moviéndose a merced de la voluntad del viento; no podemos ver la realidad de otra manera; la ajetreada vida actual prácticamente lo impide.
González Esteva parece no compartir esta idea. Sobre el papel volador mencionado, escribe:

“… El viento no se lleva los papeles, son ellos los que cargan con él. No es raro que haga falta una bandada para impedir que el holgazán se tumbe y duerma en un banco del parque. Los que cubre el Zócalo de México durante el día se incorporan de noche, organizan brigadas y se llevan al viento por las callejuelas aledañas a la Catedral. Algunos reaparecen delante del museo José Luis Cuevas (…) llamando a las grandes puertas de madera labrada, disputando a los seres humanos la prioridad en la fila, y una vez franqueado el umbral, prefiriendo dar vueltas por el gran patio interior a subir la escalinata que conduce a las exhibiciones…”.

Un ejemplo más. Esta vez, el hecho cotidiano es echar un papel al cesto de basura. Sobre esto, el escritor nos dice:

“… Hay hojas reacias a caer dentro del cesto. No importa que se les estruje y reduzca a pelotas de textura desigual: a medida que vuelan hacia él comienzan a desplegarse hasta convertirse en flores disecadas que, luego de recuperar su condición de botones en la trituradora del puño, consiguen reabrirse. Tan pronto rebotan contra los bordes del receptáculo, como aprovechan una ráfaga de aire doméstico, imperceptible al hombre, para sortear su malhadada suerte y caer fuera…”.

Parece que el autor fragmentara la realidad para enfocarse en aquello que considera necesario para su creación literaria. Este procedimiento, a muy grandes rasgos consiste –como ya he dicho– en ofrecer explicaciones ingeniosas y poéticas que nos hacen pensar en la posibilidad de que las cosas efectivamente sean como él las plantea. Esto se debe a una sencilla razón: aun dentro de la fantasía y la imaginación hay lógica. Por supuesto, no me refiero a la lógica rigurosa y axiomática, sino a aquella que nos hace ver que las cosas siguen su curso y que están concatenadas de tal forma que las consecuencias son evolución natural y no forzada ni descabellada.

Resulta curioso que el autor desdeñe el hecho de que consideren prosa poética o poema en prosa lo que realiza. Él prefiere el término “ensayos de imaginación”. Ahora que lo pienso, me parece una acertada definición para los textos que conforman este libro, pues como ya mencioné, la imaginación está presente en cada uno de ellos.

Como objeto físico, la editorial Artes de México ha hecho un libro hermoso en pasta dura, unido al trabajo fotográfico de Abelardo Morell. Las fotografías, al ser en blanco y negro, resaltan más la unidad hacia la que tiende esta obra, en el sentido de aunar texto e imagen. al hablar de imagen, cabe destacar el grabado adicional que incluye el libro, el cual es sobre Alicia en el país de las maravillas. Casi sobra decir que es espectacular.

No me ha sido dado desentrañar del todo el título de la obra: “La edad de papel”. Es una oda al papel, sí; pero también es un divertimento que, dependiendo del contexto, casi siempre nos hará reír ante la manifestación del ingenio de González Esteva para abordar una situación común.
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