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Crítica de lauli


lauli
24 enero 2019
Fui leyendo El Decamerón en el transcurso de casi dos meses, a razón de dos cuentos por día. Creo que jamás lo hubiese terminado de haber intentado leerlo de un tirón. Algunas de las historias son divertidas, otras son bastante aburridas (sobre todo las que hacen un despliegue lleno de clichés de la tradición del amor cortés), algunas son sorprendentemente picantes para la época en que fueron escritas, y en muchas de ellas se critica mordazmente a los miembros de la Iglesia Católica, lo cual también me pareció bastante atrevido para la Edad Media, en que el poder eclesiástico era absolutamente todo. El empleo de la narración-marco me resultó muy interesante, y sobre todo cómo Boccaccio va seleccionando las historias en función de aquellos a quien les toca contarlas (por ejemplo, Dioneo pide contar siempre la última historia sin estar sujeto a las consignas del día, para terminar siempre la jornada con una historia amena y divertida). Sin embargo me resultó muy difícil tolerar la misoginia que permea cada página de esta obra. En muchas de las historias se ejerce una violencia terrible hacia la mujer, en una de ellas inclusive un hombre visita al rey Salomón porque no logra que su esposa lo obedezca, y el consejo salomónico es que la golpee hasta que entre en razón. Pero más violentos me resultaron los comentarios misóginos y patriarcales puestos en boca de las mismísimas mujeres, algo cruel, y sin embargo, reflejo de una de las peores realidades de la sociedad patriarcal: algunas de sus más fervientes defensoras son las mismas mujeres, que a veces pueden ser más machistas que los hombres. Para muestra baste este fragmento, puesto en boca de Emilia:

"Amables amigas, si con sana mente se considera el orden de las cosas, fácilmente se advertirá que la universal multitud de las mujeres, por la Naturaleza, las costumbres y las leyes, se hallan sometidas a los hombres, y según la discreción de ellos les conviene regirse y gobernarse. Y como lo que necesitan tener con los hombres a quienes pertenecen es quietud, consuelo y reposo, han de ser humildes, pacientes y obedientes, amén de honestas; lo que es sumo y especial tesoro de todas las más discretas. Y en ello las leyes, que al bien común miran en todo, nos amaestran, así como las usanzas y costumbres, que son cosa de grandísima fuerza y reverendad, y además la Naturaleza nos muestra claramente el caso haciendo nuestros cuerpos suaves y delicados, y nuestros ánimos tímidos y medrosos, dándonos sólo ligeras fuerzas corporales, voces melifluas y blandos movimientos de los miembros, cosas todas que atestiguan que necesitamos gobierno ajeno. Y quien necesita ser gobernado y guiado debe, según toda razón, ser sumiso y respetar al que le gobierna. ¿Y quiénes, sino los hombres, son nuestros ayudadores y gobernantes? Por eso a los hombres, honrándoles sumamente, debemos someternos, y la que de esto se aparte merece, a mi juicio, reprensión grave y aún castigo áspero. (...) de espuela ha menester buen o mal caballo, y mujer buena o mala ha de menester de palo. (...) Por naturaleza, las mujeres son frágiles y mudables, y para corregir la iniquidad de las que rebasen demasiado la medida, conviene palo que las castigue, y para sustentar la virtud de las otras conviene palo que las refrene y espante."
Nada que agregar.
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