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ISBN : 849067678X
Editorial: Algaida (27/10/2016)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
Zamora, 1682. Don Fernando de Zúñiga, doctor en medicina por la Universidad de Salamanca, acude a la llamada del obispo. Monseñor Balmaseda le encarga averiguar la procedencia de la talla de un Cristo crucificado, hallada en extrañas circunstancias y que parece estar relacionado con la trágica muerte de un herrador. El doctor Zúñiga pronto averigua que aquel suceso oculta una trama de terribles asesinatos, cuya investigación le llevará en un periplo por la Salamanc... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Inquilinas_Netherfield
 01 agosto 2020
Yo, como siempre, a mi aire. Cuando todos estáis leyendo la última y recién publicada novela de Félix G. Modroño, aquí que vengo yo con una que tiene ya sus trece añitos. Ya lo dije cuando os hablé de Secretos del Arenal hace un par de años: estaba empeñadísima en conocer la prosa de este autor con el famoso doctor Zúñiga, pero finalmente no fue así. Es más, el libro que hizo que me pudieran las ansias de adentrarme en las aventuras de este presonaje fue el tercero de la serie, Sombras de agua, porque si a mí me dicen Venecia y siglo XVII, qué queréis que os diga... lo dejo todo. Pero soy muy cuadriculada para estas cosas, para llegar a ese tercer libro tenía que leer los dos primeros y conocer al personaje desde el principio, como está mandao. Y a eso vengo hoy, a hablaros de la sangre de los crucificados, el primer libro protagonizado por don Fernando de Zúñiga.
Zamora, 1682. En la puerta de la casa del obispo de Zamora aparece la escultura de un Jesucristo crucificado. ¿Su peculiaridad? Ya no solo la calidad de la talla (que ningún artista castellano sería capaz de realizar), sino el sorprendente rostro de la escultura, en el que muchos vecinos han reconocido sin dudarlo a Manuel Beltrán, un herrador que apareció asesinado tres meses atrás. Por este motivo el obispo, monseñor Balmaseda, solicita los servicios de don Fernando de Zúñiga, vizconde del Castañar, doctor en Medicina que posee fama de ser un experto resolviendo enigmas. Zúñiga, con la ayuda de Pelayo, un joven siriviente de monseñor, se pone manos a la obra, y sus pesquisas le llevarán de Zamora a Sevilla pasando por Salamanca, el valle de Las Batuecas o la corte real de Madrid. ¿Su objetivo? Un asesino que mata a sus víctimas para plasmar su agonía en las tallas de Jesucristo en la cruz, y que además se enorgullece de su obra e inteligencia y no puede evitar proclamar su autoría y retar, por medio de anagramas, a quien ose seguirle la pista.
Sé que estas novelas son ampliamente conocidas por estos lares y que poco puedo aportar yo a estas alturas, así que sin más dilación os voy a hablar de los que, para mí, son los tres puntales que hacen de la historia una fantástica lectura.

El primero es la ambientación histórica. Modroño tiene una forma tan envolvente y hechicera de describir cada paso que dan los protagonistas que, cuando abres las páginas, ya estás allí con los cincos sentidos, oliendo la mierda y el incienso en las calles, observando las estrellas que iluminan la nocturnidad del valle o las obras de arte que honran muchas de nuestras iglesias, saboreando bizcochos y chocolante caliente o soportando el vino aguado... Ya sea cuando nos movemos por las distintas ciudades como cuando recorremos el camino para llegar a ellas y nos deleitamos con el paisaje, la narración es tan precisa como evocadora, sin filigranas. Se lo pone muy fácil al lector para que este se imagine campando por esos mundos de Dios a finales del siglo XVII, y eso es muy díficil hacerlo bien sin caer en el exceso descriptivo.
Por otro lado están los personajes, y cuando hablo de personajes sin duda lo hago de Zúñiga y de Pelayo. Todos, más o menos relevantes en la trama (y además reales en algunos casos), están magníficamente perfilados, pero los protas son los que son. Con el transcurrir de las páginas vamos conociendo el pasado de Fernando de Zúñiga, un pasado en el que no tengo ninguna intención de adentrarme aquí porque hay que descubrirlo en la lectura, pero que en conjunto moldea a un hombre que no solo es muy inteligente sino que es muy inquieto intelectualmente (ambas cosas, por desgracia, no siempre van unidas), y que tiene una forma de entender y vivir la vida que hace que el lector se quede totalmente cautivado por él. Es un buen hombre, íntegro, honrado y justo, pero como todo buen personaje que se precie de serlo también es tridimensional, y entre tanta virtud se cuelan grises que guarda en lo más recóndito de su corazón y que le dan una pátina de autenticidad y verosimilitud.
Pelayo, por su parte, es como un libro en blanco que va rellenando sus páginas con conocimientos a marchas forzadas. A mí me ha producido mucha ternurna, a ratos me lo imaginaba con los ojos como platos conociendo el mundo más allá de las murallas de Zamora y absorbiendo todo lo que puede de las perlas que va dejando caer Zúñiga. Y cuando se puede apuntar un tanto y ser el primero en caer o resolver algo, la cara satisfecha no se la quita nadie. Es un chaval espabilado y un gran acompañante para Zúñiga; forman una pareja entrañable y el lector es testigo de cómo va creciendo la confianza y el afecto entre ellos. Pelayo nunca tuvo un padre y Zúñiga sabe reconocer las virtudes del adolescente y le coge cariño. Se complementan a la perfección y esa química traspasa las páginas.

En tercer lugar, pero no menos importante, están la narración, el trabajo y el estilo del propio autor. Mi conocimiento sobre la obra de Félix G. Modroño es limitado pues este es solo el segundo libro que leo suyo, pero ya lo dije en Secretos del Arenal: este señor escribe muy bien, su prosa es tan sencilla de leer como cuidada y pulcra en la forma, y además se nota que sabe de lo que escribe y que el trabajo que hay detrás es enorme. Os confieso una cosa: conforme leía y me daba esos paseos por ese patrimonio histórico tan magnífico que tienen las ciudades que aparecen en la novela (entonces y ahora, porque buena parte sigue todavía en pie), me parecían tan detalladas y pormenorizadas las descripciones, tan personales los puntos de vista a la hora de hablar de esas iglesias, conventos, calles y edificios, que me imaginaba al autor conociendo, visitando y revisitando cada uno de ellos para documentarse. Por eso no me ha sorprendido nada encontrarme navegando por estos mundos de internet con una página dedicada a esta serie (que no había visitado nunca) y encontrarme un montón de fotografías de los lugares que aparecen en el libro y que fueron hechas por él en su momento. Se palpa ese trabajo documental mientras lees la novela, trabajo que invita a seguir los pasos de los lugares que pisan los personajes... y de eso tiene gran parte de culpa el buen hacer del autor en todos los sentidos.
No me enrollo más, que me conozco. Solo os confirmo que ya tengo en la estantería Muerte dulce, la siguiente aventura de Zúñiga, por si quedaba alguna duda de lo mucho que he disfrutado de la sangre de los crucificados.

Enlace: http://inquilinasnetherfield..
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