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ISBN : 8494254588
Editorial: Shangrila (01/01/2015)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
Apreciado por la historiografía y recuperado durante la Transición como director de culto por cinéfilos de toda clase y condición, Edgar Neville se considera una rara avis dentro de la convulsa industria cinematográfica de posguerra
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Ferrer
 10 junio 2019
Neville ha estado y está en el limbo literario, aunque empeños puntuales, como este meritorio de Franco Torre, lo ubiquen en la actualidad editorial y saquen del olvido su legado artístico. Edgar Neville Romrée (Madrid, 1899-1967), polifacético de talante culto, cosmopolita castizo, ejemplo de egoísmo satisfecho, resuelto e impetuoso, heredero espiritual de la belle époque, antídoto contra el convencionalismo, refinado homo ludens, exhibió durante toda su vida una joie de vivre extranjerizante y vivió como quiso con un atropellado vitalismo elegante. El que fuera embajador de Chaplin en Hollywood y conde de Berlanga del Duero por herencia materna, seguidor del teatro de Carlos Arniches y del cine de Lubitsch fue definido por Gómez de la Serna como “el señorito de la República”, olvidando una singular querencia por los tiempos de la Restauración borbónica. Neville siguió siendo señorito, pero a su vitalista manera y hasta el punto de ser uno de los creadores del mito chic de Marbella. Franco Torre documenta la vida de un bon vivant, un hombre afortunado que solo invirtió tiempo en lo que disfrutó, es decir, en una vida social y literaria ajetreada. A la hora de repasar su vida, Neville, como Buñuel, omitía datos relevantes, pero Franco Torres aporta un poco más de luz a una vida pragmática con aristas.
Admirador de Ortega y Gasset desde la tertulia de la Granja del Henar y asiduo a la del Café Pombo, jugador de hockey sobre hielo, funcionario diplomático de ida y vuelta, soldado en la Guerra del Rif, Neville tuvo su época dorada en la década de los 40 (La vida en un hilo se estrenó 1945). El cine de Neville no solo era en aquellos años un negocio lucrativo, sino un modo de vivir y una forma de dar rienda suelta a su talento creativo. Las películas de Neville siguen las pautas de Hollywood por “su enfoque narrativo, su interés por crear un universo habitable, complejo y verista y la sumisión al happy end clásico”. Sus años en Hollywood (1928-1931) dejaron una huella indeleble en su talento, pero su cine no deja de ser por ello netamente español, como lo demuestra la integración “del casticismo y la vanguardia, del 98 y del 27, de la reivindicación nacional y el europeísmo, de Unamuno y Ortega”. Sin embargo, hay influencias de King Vidor, del expresionismo alemán, de Hitchcock (El crimen de la calle Bordadores), del neorrealismo (El último caballo) y de Welles (Nada).
En vez de analizar película a película, Franco Torre estudia y desgrana los tres rasgos más importantes del estilo cinematográfico de Neville: el espíritu vanguardista, el influjo de Hollywood y los invariantes castizos, que se adereza en las dos últimas películas con nostalgia y melancolía; todo ello materializado en una serie de personajes arquetípicos, cuya personalidad no suele evolucionar durante la obra por carecer de profundidad psicológica. Estamos ante un cine difícilmente encasillable en una tendencia concreta precisamente por esa capacidad integradora.
De audaz volterianismo, el humorismo fue su tarjeta de identidad y el marchamo de cineasta sainetesco resulta tan injusto como el de poeta cabrero para Miguel Hernández, puesto que pasa por alto la influencia de las vanguardias artísticas en Neville y su formación intelectual. Para Neville, el cine no es sólo “crónica del pasado, sino sueño del porvenir y buceo en el espacio”, el teatro, liberación y juego, como su venerado Ortega, y el baile flamenco, otra de sus pasiones, una “explosión de vida interior, una floración en gestos, ademanes y ritmo de unos artistas que se entregan a las volutas de su inspiración, que, aunque siguen una coreografía aprendida, parece a cada momento que la están creando”. El fracaso de la ironía del dinero supuso un punto de inflexión en la trayectoria de Neville. Este varapalo le hizo dedicarse a su faceta escénica para aprovechar el tirón comercial de El baile. En la década de los 60 deja el cine y el teatro para centrarse en la pintura y en la poesía, aunque con menor repercusión y éxito.
La documentación (1.200 notas a pie de página) ejerce de hilo conductor de este libro, que menciona dos estrenos teatrales desconocidos hasta ahora de Neville y que no figuran en las bibliografías, quizá por su menor condición literaria: el intermedio teatral Póker de 1951 y el apropósito Las narices de Eurídice de 1953. Este es el libro más completo sobre Neville y su obra cinematográfica (10 años de trabajo bien invertidos por el autor), pero ello no impide algunos nimios deslices, como el que se mencione a Azorín por su nombre completo (José Augusto Trinidad Martínez Ruiz) y que, a veces, las notas a pie de página no estén en la página correspondiente. Jaime Siles escribió de Neville que fue “hijo legítimo del siglo XVIII, natural del XIX, adoptivo del XX y enamorado viudo de la modernidad”. Con este libro de Franco Torre nos sentimos viudos de Neville.
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