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Crítica de Carampangue


Carampangue
11 marzo 2019
Perdida, de Gillian Flynn, resulta una obra difícil de criticar. Difícil porque no sólo es entretenida y cuando dicen que te sorprende, te lo dicen de verdad, sino que además tiene una estructura interesante, y es una novela profunda por momentos. Reflexiona sobre las crisis matrimoniales, sobre las expectativas no cumplidas y sobre los cambios: cambios de trabajo, de residencia, de estilo de vida, o el cambio que representa perder a tu esposa y ser el principal sospechoso. Una novela que nos muestra el momento en que aflora lo peor de las personas.

Pero, por otra parte, se trata de una novela con una protagonista improbable (aunque atractiva), una trama con demasiados cabos sueltos que siempre terminan atándose, y sobre todo una novela sorprendentemente mal escrita, en especial en los primeros capítulos. Yo leí una versión en español, traducida por Óscar Palmer, pero me temo que el problema no es la traducción, sino de la autora y la edición (¿Qué pasa con los editores que no le dicen a un autor cuando escribe mal?).

Bien, vamos por parte: Perdida nos habla del matrimonio de Amy y Nick Dunne, que aunque ofrece una apariencia maravillosa, está seriamente fracturado en realidad. En su quinto aniversario, Amy desaparece sin dejar rastros, generando una búsqueda desesperada, en la que participan los padres de ella, la Policía y Nick, su esposo, sobre quien van acumulándose las sospechas como buitres que giraran en lentos círculos sobre su cabeza. Gillian Flynn nos ofrece, en capítulos alternativos, las voces de los esposos: y cabe destacar que ambas voces están perfectamente diferenciadas, son reconocibles, personales y perfectamente masculina o femenina, según corresponda. Flynn es una experta en esto.

A medida que avanza la novela (se presenta como un thriller, pero más que eso, parece ser una novela sobre la vida en pareja, en sus momentos más tóxicos), la autora aprovecha de mostrarnos la descomposición del matrimonio y de los personajes: Nick se revela como un cobarde, incapaz de hacerse cargo de sus propios actos, un hombre que intenta controlar su propia violencia y misoginia, pero que prefiere que otros le arreglen la vida. Y Amy… de Amy solamente digamos que oculta sorpresas.

La historia ofrece muchas sorpresas, giros argumentales verdaderamente inesperados, y el lector debe estar preparado para cualquier cosa. Sin embargo, hay cosas que van chocando al lector: ¿de verdad Amy (o alguien) es capaz de hacer todo lo que hace, aún considerando las motivaciones que tiene? ¿No es demasiada casualidad todo lo que le va ocurriendo a Nick? ¿no hay demasiadas intervenciones de la mala fortuna en ello? Gillian Flynn hace que nos traguemos a su protagonista y a su historia, debido a que, aunque improbable, tiene consistencia interna, y todo lo que ocurre va pareciendo lógico, aunque es muy raro.

Lo peor, sin embargo, está en la propia prosa de Flynn. La autora tiende a la verborrea, a escribir muchas cosas que pasan por su mente y que no tienen relevancia para la historia: por dar un par de ejemplos, ¿para qué necesitábamos saber que Nick es un hombre que nunca se despierta a una hora cerrada, como las 6 de la mañana? O, cuando Amy prepara el desayuno, ¿era necesario saber los sonidos exactos que hacen las ollas y sartenes? Y, ¿para qué queríamos las páginas y páginas en que Amy describe la fiesta en que conoció a su esposo, si nos bastaba con saber que era una fiesta de snobs intelectuales que la tenían aburrida, y que ella no sentía encajar ahí?

La tendencia a la verborrea va limitándose a medida en que pasan los capítulos –de hecho, va adelgazándose el volumen de éstos, y los capítulos finales a veces no pasan de una página- pero se mantiene la costumbre de darnos información irrelevante. Una premisa que te enseñarán en cualquier academia de escritura creativa es “Muestra, no cuentes”. Y Gillian Flynn insiste en contarnos, contarnos y contarnos gran parte de lo que sucede en su novela.

En suma, se trata de un texto recomendable, de verdad interesante, pero un logro artístico menor. A veces, las campañas editoriales y los críticos rimbombantes nos hacen olvidar cosas básicas cuando leemos un libro.
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