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Crítica de Carampangue


Carampangue
02 febrero 2020
Ernest Hemingway era un tipo complicado; con él nada termina siendo lo que parece. Todos hemos visto sus fotos, en las que parece rebosar energía, incluso viejo y con la barba blanca. Lo hemos visto enfundado en un uniforme militar, enérgico y valiente, y sabemos que se casó varias veces, y tuvo amores por doquier. Bebedor, orgulloso, un machote de pelo en pecho.


También sabemos que participó en la Primera Guerra Mundial, como voluntario, que arriesgó su vida en África de safari, y que era un entusiasta del deporte. Sabemos que disfrutaba boxear, y que era un gran viajero. Un hombre de acción, de aventura.


Y sus historias son lo que podríamos esperar de un hombre así: secas, despojadas de adornos y de elucubraciones emocionales. Los hechos como fueron, sin adornos. Una literatura viril, para historias sencillas y directas. Nada de psicoanálisis ni jueguecitos mentales.


Pues bien, nada de eso es tan cierto. Debajo de esa superficie ruda, se esconde un artista de profunda sensibilidad, un tipo capaz de la mayor delicadeza. Un artista que, aunque hable de aventuras en África, vive para contarnos historias sentimentales. Y aunque fue un buscador de aventuras, resulta que escribió unas historias de mucho peso intelectual, en las que renovó la literatura del siglo XX y obligó a los lectores a ser partícipes de la historia. A ver cuantos nerds de la narrativa consiguen eso.


Y por último, esos relatos que parecen sencillos y naturales, pues no lo son: Hemingway apenas nos muestra una pequeña parte de lo que ocurre, y el resto queda por nuestra cuenta. Son cuentos en que gran parte de la historia no está contada, y dejan, al terminarlas, una sensación de extrañeza, de sentir que falta algo... porque en realidad falta: Ernest no nos ha querido mostrar la historia completa, y sólo nos ha dado pistas para que la descubramos.


En el cuento Las nieves del Kilimanjaro, Hemingway parte contándonos que el Kilimanjaro es la montaña más alta de África, que en lengua nativa significa "Casa de Dios" y que a una enorme altitud se ha encontrado el cadáver de un leopardo, aunque no sabemos qué haría un leopardo allí. Luego, nos habla de Harry, un escritor que fue de safari, pero debido a su propio descuido, dejó infectarse una pequeña herida, y ahora enfrenta una gangrena que está a punto de matarlo.


Harry fue a África con su mujer, una adinerada que lo admira y ama, pero él se desprecia a sí mismo. Sabe que no es el escritor que hubiera podido, que desperdició su talento y que terminó aburguesado, ablandado por los billetes y las comodidades. Harry piensa en los libros que no escribió y a veces, esa hiel de saber que la muerte se acerca y él no hizo nada de lo que se propuso lo hace maltratar a su mujer, que lo cuida, acompaña y se desvive por él.


Y ya está. Esa es la historia. Un escritor con sus recuerdos, amargado, contemplando a los buitres y hienas que rondan el campamento, esperando un aeroplano que quizá llegue a rescatarlo, divirtiéndose en atormentar a su mujer, en beber más de la cuenta y en fantasear con los libros que no escribirá por su dejación. Un moribundo haciendo balance de su propia vida, de sus intentos por convertirse en alguien mejor, en un hombre de verdad. Una mujer a la que le sobra amor, y sólo quiere compartirlo, tener a alguien para llenar su vida. Y la hermosa sabana africana, en la que se oculta la muerte.


No es una historia amable, y a Hemingway no le preocupa si termina bien. Una obra profundamente humana, que te permite bucear en ella, y descubrir qué es lo que resuena en tu propio corazón al leer el relato. Y qué carajos buscaría un leopardo congelado a cinco mil metros de altura.
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