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Crítica de LEMB


LEMB
21 diciembre 2020
Publicado en 1950, está considerada la primera incursión del autor en el género literario de novela. Es una novela en la que se aúnan realismo social y novela de aprendizaje, y en la que se nos habla de la vida en una pequeña aldea castellana, en los años posteriores a la Guerra Civil. Se asocia esta historia con el pueblo de Cantabria donde pasaba los veranos Miguel Delibes (Cantabria formaba parte de Castilla hasta el año 1981, si no me equivoco).

¿Qué me he encontrado en El camino? Imaginaos un chiquillo de once años que ha pasado toda su vida en su aldea, en ese pequeño y limitado mundo, rodeado de la gente que conoce y del entorno donde se encuentra seguro. Ese niño se acuesta con miedo, sabiendo que al día siguiente su vida va a cambiar porque se va a ir a estudiar a la ciudad. Él no quiere, pero el afán de superación de su padre, que es quesero, le obliga a dar ese paso. Esta decisión ha condicionado su vida. Ese niño, nervioso, intenta dormir con la mente bullendo, llena a rebosar; piensa en lo que conoce, sus amigos, sus amoríos, las gentes del pueblo, su día, su mundo... y va dando un repaso a sus recuerdos y a su entorno, y ese repaso es el camino que le ha llevado a él, Daniel el Mochuelo, a encontrarse donde está. También podría determinarse que ese momento es el comienzo de su camino, el camino que tomará Daniel para conformar su vida.

Está escrito como reflexiones y recuerdos, y lo maravilloso de este texto es cómo percibe el niño todas esas reflexiones. El narrador, como buen observador y comprendiendo las limitaciones del Mochuelo, acompaña el texto con alguna que otra aclaración y algún que otro recuerdo que explique y amplifique lo que nuestro niño va pensando, y recordando.

Con esos pensamientos, se nos describe una época increíble, llena de vitalidad y aprendizaje, desde la humildad y sencillez de una vida en una pequeña y apartada aldea, que el mismo narrador llama vulgar y pequeña; una vida ya casi perdida y lejana, donde las prioridades eran otras, y donde cada habitante, con su apodo y su realidad, conforma un compendio de sabiduría rural y vital. Tiene el valor de mostrar tanto partiendo únicamente de ese miedo de Daniel el Mochuelo al cambio y a la pérdida de su existencia tal y como lo conoce.

En la historia se juega con dos planos temporales: el cercano, que es esa noche previa al viaje, y el lejano, o evocado, que confluye el groso del texto, y nos habla de la vida en ese microcosmos de Daniel, que es su aldea. Además, la novela tiene una estructura circular, ya que comienza en un momento y vuelve a él al final del capítulo XXI; y, entremedias, los recuerdos, las anécdotas y los personajes del pueblo. Capítulos cortos y muy ágiles, que se leen casi de un tirón, con un estilo narrativo muy sencillo y directo, muy popular, pero que no carece de un nivel de vocabulario interesante y locuaz, que hace ricas las descripciones, una parte esencial del texto.

Yo me quedo asombrada con la facilidad del autor para transmitir escribiendo; cómo consigue conformar personajes con dos frases y hacerlo de manera tan acertada. Tiene esa capacidad de hacer que lo sencillo sea tan increíble.

He notado una mezcla en el estilo narrativo entre el pensamiento de un niño de once años, cómo se expresa en el texto lo que él ha visto o recuerda, y una construcción adulta, que acompaña, porque detrás de esas palabras sencillas o de esas repeticiones está la mano de alguien que sabe por qué coloca cada coma, cada punto o cada repetición. Me ha parecido un texto que casi se recita mientras se lee. Creo que eso es una de las cosas que más me atrae de Delibes, esa sonoridad narrativa que he encontrado (¿existe esto o simplemente me lo he inventado?)

Está escrito en tercera persona; el narrador habla de lo que siente el Mochuelo, habla de lo que piensa el Mochuelo, cuenta lo que vivió el Mochuelo y recuerda, y, a todos los personajes que son nombrados en esta historia, los marca desde la visión del mismo Mochuelo, añadiendo aclaraciones para ampliar la comprensión. le toca al lector asimilar lo que lee y darle el valor adecuado, según la experiencia vital que tenga.

He tenido la sensación de que el pueblo era un personaje muy importante, por no decir el central. El protagonista es Daniel el Mochuelo, porque es a partir de quien cobra sentido lo que se está leyendo, pero, para mí, adquiere muchísima importancia el pueblo, la vida allí; con sus personajes, como algo real y cercano al lector. También físicamente, con su aislamiento (solo habla de la comunicación por el tren que llega de vez en cuando) y su vulgaridad, muy alejada del romanticismo de la ciudad.

¡Qué sencillo y qué complejo a la vez!¡Qué maravilloso poner a ese Mochuelo, que crece frente a nosotros, como caminante que busca su camino impuesto y no deseado! Llena de reflexiones sobre la vida y sobre nuestro papel en ella. No esperaba un trabajo tan increíble y variado de personajes que pasan, dejan su impronta en cierta manera, y siguen su propio camino, y todo con tan pocas palabras. En cierta manera, la mirada inocente de Daniel nos devuelve la creencia en una vida casi perdida, y nos lleva a leer sobre la soledad, sobre el amor, sobre la amistad, sobre la paternidad, sobre las decisiones, sobre la muerte, sobre la naturaleza, sobre hacer lo que se debe y lo que se quiere... un texto lleno de sabiduría.



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