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Crítica de Homolectus


Homolectus
06 October 2021
Esta es la historia de Charlie Bucket, un niño que vive con sus dos padres y sus cuatro abuelos en una pequeña casa a las afueras de la ciudad y que, debido a la pobreza en la que viven, pasan las verdes y las maduras para subsistir. En la misma ciudad donde Charlie vive está ubicada la Fábrica de Chocolate de Willy Wonka, uno de los chocolateros más importantes del mundo e inventor de las delicias más apetecidas por los niños y los competidores del mismo Wonka.

Si bien la realidad de Charlie parece destinarle una vida llena de sufrimientos y fracaso, el anuncio intempestivo de parte del señor Wonka de invitar a cinco niños a que visiten su fábrica, su amor por el chocolate y un par de sucesos hijos del azar; le dan otro rumbo a la vida de Charlie y de toda su familia.

De lo que he leído de Roald Dahl, para mí Charlie y la fábrica de chocolate es la historia en la que el autor derrocha todo su ingenio creativo. En esta pone a prueba la imaginación de los lectores y bota por la borda cualquier atisbo de verosimilitud para construir una historia con un contexto bastante cercano al lector, pero lleno de elementos maravillosos tan propios de Dahl.

Si bien la imaginación de Dahl para construir su fábrica es increíble —creo que a pocos autores se les hubiera ocurrido pasar a un segundo, casi tercer plano, las máquinas y la tecnología convencional en los procesos de manufactura—, esto no sucede con los personajes del libro. Todos ellos son bastante estereotipados y un poco predecibles en su actuar: acá nos encontramos con el niño pobre que no tiene nada más que sus ilusiones, la niña rica caprichosa, la niña a la que los papás le aplauden todo lo que hace, el adicto a la televisión y el glotón.

Eso sin dejar de lado la clara referencia al racismo y el esclavismo que Dahl aborda para mostrar el origen de sus oompa-loompas: pigmeos negros africanos que fueron llevados a la fábrica en cajas.
Igual, creo que el libro viene de otros tiempos y otras latitudes donde estas cosas estaban más normalizadas dentro de la cultura popular y no tenían el impacto que tienen hoy en día menciones tan a la ligera de estos temas.

Este fue otro de los libros que hizo parte de mi formación como lector en aquella época de la primaria en que íbamos a la biblioteca del colegio para que la profesora Ruth nos leyera la historia. Luego, cuando salió la película de Tim Burton en el 2005 fue genial poder ver la historia que tanto recordaba —no tenía ni idea que había otra de 1971 y no recordaba todos los detalles que quedaron por fuera de la película—. Creo que haber vuelto a leer la historia tanto tiempo después no ha cambiado nada de lo que siento por ella, sin duda he cambiado como persona, como lector y demás; pero sigo recordando con mucho agrado esos tiempos y el asombro que me causaba cada uno de los sucesos —cada uno más extraño que el anterior— dentro de la fábrica de Willy Wonka.

Siempre he pensado, sea recordando otra historia u otras, en cuántos Charlies hay allá afuera esperando por su boleto dorado que les cambie su vida. Niños que vienen de la miseria absoluta y que palean el hambre de la forma menos adecuada posible según el alcance de sus “comodidades” y que, sin ese boleto, están condenados a morir en la misma miseria. Charlie no es el redentor de ellos, no es su salvador; en el fondo es el recuerdo de que la fortuna solo le sonríe a unos pocos, mientras los demás solo cargan con su destino.
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