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Crítica de Beatriz_Villarino


Beatriz_Villarino
15 mayo 2020
Tenía que haber leído antes esta novela, pero me decidí por El frío de la muerte, escrita después de Tiempos oscuros, así que ahora he entendido perfectamente el misterio sobrenatural que rodeaba la última entrega de John Connolly. Algunos personajes se repiten y también las situaciones fantasmagóricas. Personajes que aparecen para reaparecer en el último caso del detective y adquirir pleno sentido, es lo que ocurre con los hombres huecos o con el Coleccionista. El rapto de Sam, la hija de Parker, mantiene su aporte fantasmal, pero teniendo en cuenta que Connolly nos presenta una sociedad profunda, de lo más profundo del sur de EE.UU., no sabemos bien si en determinados momentos seguimos en el siglo XXI o hemos viajado al pasado, a los tiempos de caza de brujas, de esclavitud y racismo absoluto.

Al jugar con fantasmas, muertos y vivos, el lector está en permanente atención, no sabe a quién se enfrenta, si alguien va a revivir o seguirá las normas de la lógica cuando muere. Y es que nuestro detective favorito va mostrándose como un resucitado, como un ángel justiciero que aparece siempre en el momento preciso. Y en esta novela, más que en otras, deseamos que ocurra.

La trama tiene dos partes diferentes. La primera mitad de la novela nos pone en situación de lo que ocurre en Plassey County con diferentes personajes que dan la impresión de no tener que ver unos con otros. La presentación de Ormsby abre la narración; es un personaje dual, como Jekyll y Mr. Hyde; es un viudo bonachón y querido que se transforma en el mayor sádico depredador de niños felices, solo por el hecho de que sus familias sufran. Este comienzo es un presagio de lo que nos vamos a encontrar. El monólogo interior de Ormsby, siempre inquietante, como una terrible profecía, «Se acercan más rápido, la espiral se angosta, los tres parecen uno solo […] Y la antigua deidad mandará a su Hijo contra ellos, y los halcones lo seguirán», se va mezclando en la historia con un narrador omnisciente, encargado de describir pensamientos y actos de un elenco de seres degenerados, para que el lector sienta que se ha instalado en él cierta conmoción responsable de que no pueda relajarse «Ormsby encendió la luz del garaje. Solo entonces abrió el maletero. La niña se retorcía en el saco y chillaba contra la tela».

Hay otros personajes que aparecen como en una secuencia cinematográfica; envueltos en un halo de misterio, son descritos con cierto aire sobrenatural para después ir acoplándose lentamente en una sociedad corrompida.

El autor denuncia el poder de la religión basada en la intransigencia, en el exclusivismo y la superstición. El nombre de la religión da lo mismo, lo que importa es la anulación que consigue de sus adeptos y la corrupción que impone a su alrededor.

La narración es desigual, ralentizada al comienzo con grandes descripciones que se van ampliando, mediante analepsis, con sucesos ocurridos en otro tiempo o lugar, va adquiriendo rapidez al acortar los capítulos y pasar de un sitio a otro sin previo aviso, de un personaje a otro sin ninguna indicación.

El argumento parte de una base bastante simple, Jerome Burnel, quien podría haber sido un héroe, se ve envuelto en casos de pedofilia que lo llevan a la cárcel durante años, tiempo en el que le han hecho la vida imposible con torturas y violaciones. Burnel, ahora que está en libertad, cree que seguirán acosándolo hasta matarlo; por eso contrata a Charlie Parker, quien no se cree el encasillamiento de pedófilo que mantiene en la sociedad. Aún no ha empezado a investigar sobre Burnel cuando este desaparece. Esto lo llevará directamente al infierno, o lo que es lo mismo, al Tajo, un reducto en las afueras de Plassey County, tomado por los seguidores del Rey Muerto.

Todos los personajes de la novela cobran sentido, incluso los que parecía que salían de manera ocasional, gracias a la relación que mantienen con el Tajo, otro concepto dual de Tiempos oscuros pues, en ocasiones es nombrado como lugar y en otras como colectivo de personas, hecho que afianza el poder que ostenta, «El Tajo lleva mucho tiempo tranquilo». Los habitantes de esta comunidad centenaria se rigen según sus propias leyes de intimidación y asesinato o, lo que es lo mismo, las dictadas por el Rey Muerto, personaje que, según descubriremos al final, también está imbuido de cierto dualismo.

Por supuesto, quien se enfrenta al Tajo y soluciona la cadena de asesinatos, trata de blancas, venta de niños y demás corrupciones es Charlie Parker, aunque esta vez necesite, además de sus incondicionales Louis y Angel, todo un despliegue final de fuerzas del estado. Un hombre solo no puede acabar con una comunidad ancestral que había ido tejiendo una red de apoyo a su alrededor, a no ser que este detective privado esté sufriendo un proceso de metamorfosis, como la propia novela del autor, para convertirse en algo sobrenatural, «si te morías y te devolvían a la vida varias veces, cualquiera acabaría sufriendo secuelas como ésas […] era a la vez más y menos de lo que había sido en el pasado».

No cabe duda de que las descripciones de los hechos son duras, sádicas en su mayoría, tanto que, en las numerosas expresiones irónicas, o en los diferentes enunciados humorísticos, apenas se dibuja una leve sonrisa en nuestro rostro. No podemos relajarnos, estamos seguros de que tarde o temprano algo sanguinario se cernirá sobre nosotros. No obstante las personificaciones estimulan el ritmo narrativo, «se encontró el Mustang, en plena crisis de mediana edad, en el aparcamiento». Las hipérboles contribuyen a avivar el ánimo del lector, «empieza a andar hacia el este y no pares hasta que te hayas caído en el puto mar», así como las comparaciones, muchas de ellas con un punto también exagerado, «le hizo rechinar los dientes con tanta fuerza que le pareció que uno hasta se removía en la encía».

Las imágenes polisémicas conjugan lirismo y humor, facilitando la lectura, «Se planteó apoyar la cabeza en el volante y dejarla reposar ahí un rato, tal vez cerrar los ojos y esperar que unas tinieblas se lo llevaran, pero temía dar la impresión de que estaba llorando». Y las ironías permiten ciertos momentos de distensión entre tanta depravación:

—Sí. Murió joven. No se cuidaba.
Walsh sumergió un panecillo en un montón de hígado y cebolla asegurándose de atrapar también un poco de beicon.
—Gracias a Dios que aprendes de los errores ajenos —dijo Parker.

Porque llega un punto, cuando todas las piezas se empiezan a acoplar, que el nerviosismo se apodera del lector, y el horror que pasa por nuestra mente se transforma en un deseo de venganza.

Al menos debe sobrevivir algún inocente.

Otra vuelta de tuerca a la novela negra.

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