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Crítica de Roseta


Roseta
02 diciembre 2019
Hay una mañana en la que te levantas y parece que la vida ha cambiado para siempre. Dejas atrás todo lo que fuiste y te engañas creyendo que nada volverá, que el pasado se queda atrás y que lo que viene será mejor, nuevo. Te trasladas a otro país, abandonas Gaza, olvidas la ocupación y coges un avión para que tu estratagema surta efecto; arrastras a tu compañero soldado, ese que te salvó la vida no sabes cuántas veces; le ofreces la misma oportunidad que quieres para ti. Dejemos atrás lo vivido. Miremos hacia adelante. Volemos a Nueva York, la ciudad de los sueños. Nunca más volverás a entrar en una casa y echarás de allí a sus ocupantes; nunca más habrá abusos ni violaciones; nunca más vaciarás un hogar que no es el tuyo. Para ello echas mano (o echan mano) de tu familia. Tu tío tiene una empresa de mudanzas en la que podéis trabajar, ganar dinero, tener una casa (si conservas el trabajo), una familia, y si os lo permiten, hasta un futuro.
En esa dicotomía pasado-futuro se nos presentan los tres personajes de Los reyes de la mudanza, de Joshua Cohen. David, Yoav y Uri tienen en común trabajar en una empresa de mudanzas. David es el jefe y Yoav y Uri sus trabajadores. Un triángulo equilátero en el que abajo están los soldados; arriba, David King. Pero si trazas una línea entre cualquiera de sus puntos, hay un lugar en el que convergen, un lugar en el que los tres se convierten en “perdedores”. Hacerlo les convierte, también, en humanos, en personas con las que aprendes a mirar; a ver algo que no te enseñaron en la escuela. Porque aceptamos lo subversivo y encumbramos a aquellos que lo subvierten. La desigualdad y la exclusión no son cosas de barrios lejanos, están a tu lado. Y para ellos siempre hay un sitio, porque no son la “mayoría”. Si les pusieron una etiqueta, será suya para siempre; no se la podrás quitar, aunque sea lo único que deseen.
Brillante novela la de Joshua Cohen en la que la política de ocupación israelí se entremezcla con la aceptación de una sociedad capitalista que todo lo derrumba. Puedes pasar por este libro con una lectura ligera, si es lo que quieres, pero te recomiendo otra forma: una lectura detenida de cada una de sus líneas, de cada una de sus frases, porque te romperás por dentro. Te tocará. Y eso es la literatura, la buena literatura. No hay ni una sola página en toda la novela en la que no haya que leer entre líneas. No hay nada dicho, no hay nada explícito, aunque todo está contado. Diálogos en lo que no se dialoga, pero se dice todo, descripciones que te llevan a un mundo en el que no pensaste que se podía estar, frases que te calan hasta en lo más hondo y te enseñan a ver que hubo alguien que decidió que tocaba entrar, matar y desahuciar, aunque a ti no te dieron la oportunidad de elegir…

De vez en cuando había una incursión a medianoche en una aldea, solamente para animarla un poco. En busca de alguien. O de nadie […] Sacar las puertas e ir de habitación en habitación. Meter a una familia en la cocina y después subir al piso de arriba para saquear los armarios y desmontar las camas tornillo a tornillo. (Gaza)
El plan era sacar las cosas del sótano antes que las del piso de arriba, donde no habría más luz que la del sol que quedara. (Nueva York)

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