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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
28 noviembre 2017
Si pensáis en una biografía normal, os vendrán a la cabeza un número variable de páginas, pero nunca menos de unas cientos. La muerte de la mariposa consta de cien, solo cien, y podría decirse que incluye tres biografías, nada menos: la del escritor Francis Scott Fitzgerald por un lado, la de su esposa Zelda por otro, y la de la vida de ambos en común. Haceos una idea de la economía, precisión, maestría, y casi genialidad, que requiere el uso de las palabras por parte del biógrafo, porque no puede desperdiciar ni una sola de ellas. Y eso mismo hace Pietro Citati. Es lo primero que leo de este autor, y me he quedado con muchas ganas de repetir.

La muerte de la mariposa se adentra en la relación de una pareja que aunque aquí nos resulte más lejana, en círculos literarios y hollywoodienses dio y sigue dando mucho que hablar (se ha llegado a hacer alguna serie de televisión sobre el tema). Aun así, tal y como digo, para entender lo que llegaron a ser estas dos personas juntas y ese extraño vínculo que los unía, Citati se esfuerza incansablemente durante todas las páginas en hacernos comprender a Francis y a Zelda como entes individuales, ya muy complejos de por sí, que arrastraban muchos demonios internos que, juntos como pareja, y a pesar de lo mucho que se amaron, fueron incapaces de contener. Más bien lo contrario.

Acerca de esa historia de amor, no estoy seguro de nada. Como le dijo Jozan a Nancy Milford, los Fitzgerald eran ambos mitómanos y mentirosos: "Aquel par necesitaba el drama, los dos lo inventaban y tal vez eran víctimas de su inestable y un tanto morbosa imaginación".

Citati describe a Scott Fitzgerald como un hombre vanidoso (aunque no orgulloso), que buscaba por encima de todas las cosas gustar. Tenía ansias de gloria, quería el éxito. Y ese querer gustar a toda costa acabó convirtiéndose en una obsesión para él. No tenía confianza en sí mismo, no se respetaba... se le define como un mitómano incurable, al igual que Balzac, que soñaba con un futuro lleno de triunfos pero vivía un presente lleno de sombras. Fitzgerald era, en sí mismo, una grieta.

Zelda Sayre era todo lo contrario, no presentaba fisuras. Lírica, enigmática, extraña, artificiosa, extravagante, vivía en su propio mundo de color y nada ni nadie le daba miedo. Toda la confianza que le faltaba a Francis le sobraba a ella, se consideraba por encima de los demás, se mostraba egoísta, confundía a los hombres que la cortejaban, interpretaba un papel... era como la reina de las mariposas que intentas cazar al vuelo y se te escapa una y otra vez entre las manos. Zelda era más fuerte que Fitzgerald. Siempre buscó un hombre más fuerte que ella, y nunca lo encontró.

Se conocieron en 1918 y se casaron en Nueva York en 1920. Vivieron para amar y ser amados, eran derrochadores, despilfarradores... brillaban como se brillaba en aquella época, con luces de neón. Pero llegó un momento en que, en ese matrimonio, acabaron siendo cuatro: Francis, Zelda, el alcohol y la esquizofrenia. La enfermedad mental de Zelda, latente desde la infancia, explotó cuando se obsesionó, a los 27 años, con convertirse en una bailarina de éxito, una Pavlova. Comenzó a torturarse con repetir los movimientos una y otra vez hasta la extenuación, se infringía castigos corporales buscando la perfección, y la esquizofrenia, hasta entonces agazapada, encontró vía libre para manifestarse.

Fitzgerald siempre se consideró culpable de la enfermedad de su esposa; su alcoholismo alejó a Zelda, la empujó hacia el abismo, y Zelda acabó convirtiéndose en una ciudad fantasma que vivió su vida a partir de entonces saliendo y entrando de clínicas, hundiéndose y resurgiendo de intentos de suicidio, escondiéndose tras falsas curas. Y Fitzgerald bebía, bebía, bebía, porque era la única manera en que podía sobrevivir a su complejo de inferioridad, el único modo que conocía para despertar sentimientos en los demás, para que se preocupasen por él... bebía porque era lo único que sabía hacer bien aparte de escribir.

Al principio de la reseña os decía que en La muerte de la mariposa se condensaban tres biografías en una. No es del todo cierto. Son realmente cuatro las biografías que incluye (o tres biografías y una bibliografía, si hay que ser ajustada), porque la obra de Fitzgerald acapara su particular número de páginas, su correspondiente vivisección y su inevitable protagonismo. Suave es la noche es la novela que Citati defiende como obra maestra del autor, a la que define como la arquitectura de lo efímero, la estructura oculta de las cosas hecha libro. El gran Gatsby apenas se menciona.

Me ha pasado algo muy curioso con este libro. Yo no soy de subrayar, marcar, ni siquiera de señalar con post-its las páginas donde algo me gusta. Sé que mucha gente lo hace, pero yo nunca lo he hecho ni me veo haciéndolo. Solo ahora, para escribir las reseñas, abro las notas del móvil y apunto alguna página donde hay algo que quiero comentar y no quiero que se me olvide, o una cita que me parece importante. Pues con esta lectura tuve que dejar de hacerlo, porque las marcaba casi todas. Una detrás de otra. He apuntado tantas páginas para poneros alguna cita que bien podría reproduciros el libro entero. Y es que ya os lo decía antes: Citati no desperdicia ni una sola palabra.

Tras leer una sola página resulta evidente que este autor, en sí mismo y más allá de su faceta como biógrafo en este libro, es un escritor maravilloso, que trabaja con las palabras de un modo perfeccionista, cuidado, elegante, maestro y, aun así, accesible para el lector. Pero estas escasas cien páginas no deben dar a entender que es una lectura rápida, porque no lo es. El hecho de que cada palabra sea imprescindible, que no sobre nada, convierte a esta lectura en una carrera de fondo, de esas que lees unos minutos y te obligas a cerrar el libro marcando con el dedo la página en la que te encuentras porque necesitas parar y recapacitar sobre lo que acabas de leer y las personas sobre las que estás leyendo... Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre representan a la felicidad y la desdicha peleando con uñas y dientes. Su único crimen fue buscar la felicidad, y está claro que la desdicha ganó de calle la guerra.

Os digo más. Es imposible hacerse una idea real de lo que se cuenta en esta biografía, de quiénes eran Zelda y Scott, si no se lee. Hay que leerla. Porque se puede intentar resumir lo que en ella se narra, captar retazos, agarrar frases, rescatar destellos, en un intento por conformar un retrato verosímil de estas dos personas y su vida en común, pero es imposible hacerlo como lo hace Citati, imposible acercarse a la perfección de estas cien páginas. Y también es imposible que yo os cuente lo que fue la vida de estos dos personajes en una reseña que no se alargue hasta el infinito, así que lo dejo aquí. Con mi recomendación absoluta, por si no había quedado claro.
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