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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
28 noviembre 2017
James Goodenough es el patriarca de una familia de pioneros que se establece en Pantano Negro, Ohio. Se trata de un lugar inhóspito pero, lejos de desanimarse, ellos apuestan por quedarse y establecerse en ese lodazal permanente que es este pantano, el cual los va impregnando de un barro pegajoso y tóxico que los envuelve y entierra cada día. Aun así, es el lugar que han decidido (o más bien que James Goodenough ha decidido) para que sea su tierra, su casa y, en definitiva, su reino.

Para reclamar esa tierra como suya, solo necesitan que cincuenta árboles (concretamente cincuenta manzanos), plantados por su mano, crezcan y se enraicen con el barrizal. Este proyecto en principio no parece tan descabellado, porque si hasta yo consigo que me salga algún tomatico en mi balcón, cómo no van a salir adelante cincuenta manzanos en un pantanal si son plantados y guiados por James Goodenough... En fin, ya sé que no hay comparación; los tiempos y los lugares son distintos.

A principios del siglo XIX, Pantano Negro era un lugar inhabitable y primigenio, donde solo las voluntades férreas de esos hombres y mujeres doblegaban y administraban un pedazo de tierra, trabajando sin descanso y sacrificando para ello a su familia y su convivencia. El coste o peaje que la familia Goodenough paga es inmenso: enfermedades, muertes, locura e incomprensión. Ese es su pan de cada día, y solamente las rutinas diarías y el trabajo duro consiguen normalizar y controlar sus negras tendencias... y como siempre, los niños, sus hijos, serán los instrumentos que canalizarán esas locuras y desencantos.

Siempre hay esperanza, rayos de sol que de alguna manera iluminan las zonas oscuras (ya sea literal o metafóricamente), y solo aquellos que se pongan bajo esa luz tendrán una oportunidad de salvarse o anestesiarse para que la fina línea de la cordura, que une a la familia Goodenough, no se rompa y acaben tragados por el lodazal. Eran tiempos difíciles, donde se alternaban estados de esperanza y desolación, y la tierra que eligen como suya es una naturaleza hostil que no se entrega fácilmente, y que exige unos sacrificios diarios que, al mismo tiempo que consumen a la familia, la menguan.

James Goodenough tiene un próposito que abarca a todos; sus hijos lo asumen como algo inherente a su infancia, pero Sadie, su mujer, desencantada y agotada, lo boicotea de la peor manera y a la mínima ocasión. Cada cual se aferra a lo que puede; de este modo, algunos comulgan con la naturaleza, y otros se entregan a sus productos. A los hijos, Robert y Martha, la vida les da una segunda oportunidad; ellos, de entre todos los Goodenough, son los más adaptados al barro que impregna los cuerpos y las almas de su familia. Han nacido en ese medio, cuya naturaleza, al contrario que a los demás, los protege y los envuelve, salvandolos de sí mismos y de sus progenitores.

Cuando Robert Goodenough sale de Pantano Negro, no va solo. Lleva encima todo el bagaje de su familia, lo bueno y lo menos bueno, todo ello necesario para sobrevivir a los tiempos y lugares que le ha tocado vivir. Es capaz de ver más allá, de no dejarse arrastrar por las locuras humanas, porque es el primero que las ha visto y padecido. al igual que su padre, Robert es absorbido por la naturaleza que lo envuelve. No es una naturaleza devoradora, sino todo lo contrario; su esencia la hace buscarla, reverenciarla y protegerla, pues solo estando con ella conseguirá de alguna manera descongelar y aflorar parcelas de su vida que tiene guardadas, pero no olvidadas. California será su segunda oportunidad, y el bosque Calaveras, donde las secuoyas tenían su reino hasta la llegada del hombre, será su bálsamo. Allí conocerá a William Lobb, mentor y patrón que le instruirá en su profesión, en la que ganarse la vida no supone saquear y arrasar todo lo que le rodea.

En La voz de los árboles todos los personajes luchan por su supervivencia; el romanticismo no ocupa un lugar prevalente en sus vidas. al final, Tracy Chevalier construye una novela donde la naturaleza lo impregna todo y a todos; los lugares y ambientes en que se desarrolla el libro son tan duros y primigenios que dejan poco espacio y poco tiempo a nuestros personajes para el amor cortés... más bien todo lo contrario, pues en sus vidas tienen más momentos de locura y desesperación.

Personalmente he disfrutado muchísimo de la novela, porque me encantan este tipo de libros; en ellos siempre encuentro, en algún u otro párrafo, el espíritu de Thoureau. Pero aquellos lectores que no comulgan o no se sienten tan atraídos por este sentimiento, e intenten buscar una trama romántica, pienso que tal vez se les hará un tanto pesada y lenta, porque van a tener que leer muchas páginas para percibir algo.

La voz de los árboles es una gran novela. Además de encontrarnos una narrativa sencilla y dinámica, nos nutre y alimenta en cada página y con cada una de sus descripciones.
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