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ISBN : 8478887741
Editorial: Salamandra (04/05/2009)
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Beatriz_Villarino
 03 agosto 2019
Tengo que leer El perro de terracota, y luego El ladrón de meriendas, y así hasta terminar con la serie de Salvo Montalbano. Creo que me ha pasado algo similar a lo que sentí cuando era pequeña y leí el primer libro del internado Santa Clara, de Enyd Blyton. Entonces en mi cabeza no entraba que pudiera haber otros escritores. Ahora sí, y soy fiel a muchos de ellos, cada vez a más, pero Camilleri tiene algo especial. Vi la serie que pasaron por televisión del Comisario Montalbano. Me encantó. El ambiente de la Italia de mediados del XX, un pueblecito a orillas del mar, donde todo se solucionaba sin prisas, sin demasiada violencia y de forma eficaz. Los que ocupaban la comisaría eran totalmente atípicos, o más bien cada uno prototipo distinto de las fuerzas del orden, todos perfectamente identificables, el de pocas luces pero con mucho empeño, el seductor de todo lo que llevase falda pero muy bueno en su trabajo, el que acaba de empezar y es trabajador hasta decir basta… y el comisario Montalbano. No se olvida fácilmente a Luca Zingaretti porque bordó el papel, con una novia eterna que vive en otra ciudad, con más de 40 años, con un físico bastante normal, es capaz de conseguir que muchas caigan rendidas a sus encantos, que todo el pueblo confíe en él y lo considere amigo. En fin, la serie terminó, o dejaron de emitirla en TVE, ya se sabe, la 2 no es muy popular, y a mí me dio mucha pena.
Con motivo de la muerte de Andrea Camilleri, Antonio tuvo a bien buscar el primer libro de la saga, hubo que pedirlo a la editorial, y me lo regaló. ¡Me ha durado dos días! No descarto volver a leerlo porque a lo largo de la historia flota en el ambiente la bondad, la inocencia propia de las pequeñas localidades del siglo pasado. La comisaría es como la segunda casa de los que allí trabajan. Todos forman una gran familia, se conocen y confían entre ellos; incluso saben lo que deben decir a cada uno para tener el resultado previsto «la trampa había funcionado a la perfección […] ¿Cómo se las arreglaba Jacomuzzi para que todos se enteraran de aquello de lo que no todos se tenían que enterar».
Indudablemente la estrella es Salvo Montalbano; de ideas liberales, su objetivo es hacer el bien al ser humano aun por encima, o a costa, de saltarse las leyes, que normalmente interpreta a su manera, siempre en beneficio de las buenas personas, porque en realidad él es buena persona, por eso es amigo de casi todos y por eso todos saben que pueden confiar en él. «La idea de acudir a los carabineros ni se les pasó por la antesala del cerebro, pues los mandaba un teniente milanés. En cambio, el comisario era de Catania, se llamaba Salvo Montalbano y, cuando quería entender una cosa, la entendía»
La forma del agua, como bien afirma un personaje «toma la forma que le dan». Y eso ocurre en la novela, hay varios puntos de vista desde los que afrontar el caso. Depende de cómo se mire llegaremos a una u otra solución, la verdadera o la falsa, la ética o no tanto según el implicado.
Durante el amanecer, dos basureros se afanan por limpiar los alrededores del aprisco, conocido lugar para tener, por la noche, todos los contactos con las prostitutas diversas que trabajan para Gegé en Vigàta. Mientras llevan a cabo la tarea ven algo que llama su atención. Hay un coche estrellado contra un matorral en una posición en la que no tenía sentido circular. No hay nadie en el lugar del conductor, y en el del copiloto está, muerto, uno de los políticos del partido Popular italiano más famosos del momento, el ingeniero Silvio Luparello. No hay sangre ni signos de violencia. El muerto llevaba 2 bye pass, por lo que todo apunta a que tuvo un ataque al corazón mientras estaba con una prostituta. Dadas las condiciones y de quién se trata, urge cerrar el caso, pero ni Montalbano lo tiene claro ni la viuda del político tampoco. Así que el comisario inspecciona y llega a una conclusión sorprendente, sobre todo porque no todos se enterarán del verdadero resultado.
En el proceso de investigación van apareciendo el hijo, el sobrino y la viuda del fallecido, Gegé y sus prostitutas del aprisco, Pino y Saro, los basureros, el maestro Contino llevando a cabo probablemente uno de los primeros casos de violencia de género en la literatura, antes de reflexionar que era violencia machista, en la época en que era algo normal abofetear a la mujer porque sí o matarla porque “era mía”, «El maestro Contino yacía en un sillón, con una pequeña mancha de sangre a la altura del corazón […] La mujer, por su parte, estaba tendida en la cama, también con una pequeña mancha de sangre a la altura del corazón y un rosario en las manos […] Montalbano pensó que […] allí la muerte había encontrado su dignidad» (Es cierto que no hay muertes dignas pero estoy de acuerdo en que las asesinadas de forma machista adquieren dignidad suprema tras la muerte, dejando en la más absoluta deshonra a sus asesinos). En la trama van apareciendo también aquellos que chocaron con Luparello, como Cardamome, que ahora asumía la secretaría del partido con el propio Rizzo como abogado, antes mediador de Luparello; el hijo de Cardamome, el inútil señorito Giacomo y su mujer, Ingrid Sjostrom, que mantenía relaciones sexuales con quien quisiera, entre otros, con el difunto Luparello, y, por supuesto, tratándose de Italia no podía faltar la mafia ¿implicada? en el asesinato del propio Rizzo.
Así pues, un montón de interferencias se van cruzando en el caso y no hacen más que aportarle interés, emoción; el lector está deseando saber qué ha pasado y al mismo tiempo no quiere llegar al final pues es una delicia la lectura. El narrador, omnisciente, se encarga de aportarnos todos los datos necesarios, descripciones detalladas, comparaciones efectivas «se movió con rigidez para contrarrestar el efecto de las piernas que se le habían quedado tan blandas como el requesón» y, sobre todo, ironías hacia los políticos mediante despectivos «caterva de diputados regionales», denuncias a los policías corruptos «Perdería lo que tú le sueltas bajo mano» y acusaciones a la iglesia cuando se mueve por intereses económicos «inauguraba un pequeño orfelinato […] los chiquillos entonaban […] Qué bueno y qué bello / el ingeniero Luparello».
Abundan las metáforas hiperbólicas, que ayudan a introducirnos en el ambiente «un sol capaz de partir las piedras» y algunos oxímoron «aquellos rascacielos enanos» refuerzan la personalidad de los gobernantes de los pueblos pequeños, «Vigàta […] como una caricatura de Manhattan a escala reducida.»
Por otro lado, hay capítulos completos en los que el narrador no es necesario. Se nota en ellos la mano del guionista Camilleri; fantástico cómo Montalbano va hablando por teléfono con unos y con otros, ¡hasta once interlocutores distintos tiene el capítulo cuatro!, de manera eficiente, ágil, para que, en pocas páginas, el lector se entere de todos los movimientos del comisario; los diálogos son brillantes, podemos intuir la cara impasible de Montalbano mientras va perdiendo la paciencia y nosotros no dejamos de reír.
Todo está distribuido a la perfección. Montalbano va atando cabos con agudeza, siguiendo sus instintos, a veces solo, otras con los compañeros, hasta dar con la solución.
El humor está presente desde la primera página hasta la última; lo encontramos en todas sus variantes:
• En el nombre de la empresa de limpieza donde trabajan los basureros «Splendor».
• En imágenes artísticas «Un muro por encima del cual asomaban todavía las estructuras corroídas por la intemperie, la desidia y la sal marina, cada vez más parecidas a la arquitectura de un Gaudí bajo los efectos de los alucinógenos».
• En el analfabetismo de los que triunfan «Pecorilla era el jefe que se encargaba del reparto de los lugares que había que limpiar, y era evidente que odiaba con toda su alma a cualquiera que tuviera estudios, él, que a los cuarenta años sólo había conseguido aprobar el tercer curso de enseñanza primaria…»
• En la admiración por lo estadounidense «Al llegar al cruce de Vía Liincoln con Viale Kennedy (en Vigàta también había un patio Eisenhower y un callejón Roosevelt)». Si esto es un pensamiento del narrador, el de Montalbano, en más de una ocasión, también va dirigido a ridiculizar la excesiva influencia de la cultura norteamericana, «Abrió de una patada la puerta del cuarto de baño e hizo lo mismo con las demás, sintiéndose, en clave cómica, un héroe.
• En la manera en que se toman los acontecimientos, si se trata de muerte, con humor negro «Montalbano introdujo la cabeza en el vehículo, que parecía un horno (en aquel caso en concreto crematorio)».
• En los apodos que, con imaginación, pone el pueblo «…en casa del barón Filó di Bancina, el barón rojo —millonario, pero comunista—».
• Humor incisivo hacia quienes nunca se han esforzado en nada y nada les ha faltado «jamás quiso estudiar ni entregarse a otra cosa que no fuera el precoz análisis del coño y, sin embargo, siempre aprobó con las más altas calificaciones gracias a la intervención del Padre Eterno (o mejor dicho, de su padre)».
Creo que queda confirmada la necesidad de leer a Montalbano, ahí está Camilleri, eterno.

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