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Crítica de patriciamiranda782


patriciamiranda782
14 mayo 2020
La humanidad está transitando una serena, callada pero sistemática Tercera Guerra Mundial.
El imparable crecimiento demográfico está acabando con importantes sectores de la sociedad que frente al aumento incontrolado de su población se ven sometidos al hambre y a enfermedades endémicas de difícil control.
Algunos datos son alarmantes: La población mundial a finales de 2011 llegó a los 7 mil millones de habitantes.
Si los siete mil millones de habitantes organizaran una fiesta, necesitaríamos un aforo igual de grande que toda la isla de Rhode Island para albergar a todo el mundo.
Si los siete mil millones de habitantes nos colocáramos hombro con hombro para tomar una foto de grupo, se llenaría toda la ciudad de los Ángeles.
En 1975 sólo tres ciudades en todo el mundo superaron los 10 millones de habitantes. Hoy día ya lo han superado 21 ciudades.
Si quisieras contar hasta siete mil millones en voz alta tardarías 200 años.
En 1800 la población mundial era de mil millones. En 2045 podríamos llegar a los nueve mil millones.
Actualmente, la población mundial aumenta cada año con 80 millones de personas.
Sin necesidad de caer en una postura apocalíptica podríamos tan solo pensar que la humanidad camina lenta pero inexorablemente hacia su autodestrucción.
La superpoblación es una de las causas más importantes de la mayoría de los problemas en el mundo. No importa si se trata de falta de alimentos, agua potable o energía, cualquier país del mundo tiene o tendrá que enfrentarse a ello. Llegará el momento en que el crecimiento de la población, la búsqueda de un bienestar y la prosperidad choquen. Es muy posible que grandes flujos de personas tengan que viajar por el mundo en busca de comida y que en lugar de vivir deban preocuparse por sobrevivir.
A menos que hagamos algo el ser humano tiene sus días contados sobre este planeta que será a la vez el responsable de ponerle término a su destrucción a menos que…
¿Hay una posible solución para este problema a corto plazo? Esa posibilidad fue sin lugar a dudas el punto de partida para el nuevo best-seller de Dan Brown: Inferno.
Un autor controvertido que después de sus éxitos editoriales de El código Da Vinci, Ángeles y demonios y otros, apela una vez más a la receta que le ha dado más que buenos resultados para plantear entre líneas una solución altamente cuestionable. Una estructura policial, simple y potenciada por acciones contínuas que no permiten al lector bajar la adrenalina, aunque luego de tantos libros de lo mismo uno termina por anticiparse (algo nefasto para el autor) a lo por venir.
Su personaje del catedrático de Simbología de Harvard Robert Langdon regresa una vez más para llevarnos en Inferno al corazón de Italia.
La historia comienza cuando Langdon despierta en una clínica y no puede recordar los últimos días. Ayudado por la doctora Sienna Brooks huye de la clínica para caer en medio de una balacera que no entiende. Inmediatamente la confusión de buenos y malos nos invita a una vorágine de corridas, huidas y atropellos que son parte de la receta de Brown. En esas circunstancias, Langdon halla entre sus ropas un extraño objeto que refleja el Mapa del Infierno un cuadro del pintor Sandro Botticelli que representa el Infierno de Dante. En ese momento Langdon comprende su misión: nada menos que evitar el exterminio de la humanidad.
En el siempre enigmático escenario de Florencia y Venecia Langdon se enfrenta a un enemigo aterrador y como en otras historias ya conocidas del mismo Dan Brown el protagonista se enfrentará a un acertijo ingenioso que deberá resolver apoyándose en el poema de Dante. Lamentablemente esto tampoco produce asombro, a esta altura de su prolífica producción hemos asistido a demasiados acertijos como para meternos de lleno y sorprendernos.
El condimento es el ya conocido: una carrera contrarreloj en busca de respuestas y personas de confianza que le ayuden a impedir que el mundo cambie de manera fatal.
Son incontables las críticas literarias a las que Brown se enfrenta desde su primer lanzamiento de El código Da Vinci. Una vez más en Inferno, la resolución del enigma se lleva a cabo con datos que el lector común está impedido de corroborar a menos que haya leído o lea en forma paralela la obra de Dante. Este último dato podría de alguna manera salvar el buen nombre y honor del autor si no fuera por su prosa terriblemente plana y los escasos recursos literarios que un lector en busca de buena literatura puede reclamar amén de ciertas irregularidades que cuesta creer como las reflexiones del propio Langdon sobre arte cuando su vida corre peligro y la humanidad va camino al exterminio.
Sin embargo, Dan Brown sigue apostando a una considerable cantidad de lectores que siguen sus historias como moscas el aroma a comida. La fórmula es, como ya dije, conocida: el ritmo dinámico, entretenido gracias a las acciones y los escenarios que cambian todo el tiempo, una prosa simple y por ende rápida de leer, una trama policial emparentada con el thiller que mantiene las expectativas de sus lectores pendiendo siempre de un hilo: un resultado adictivo.
Ya sabemos que Dan Brown es el mago de lo inesperado o no tan inesperado. Un delgado hilo que parece cortarse cada 10 páginas pero que con una indiscutible cintura mercantilista Brown sabe seguir estirando durante las más de 400 páginas para que el suspenso no decaiga. He dicho mercantilista y aunque suene extraño no lo es ya que este es un libro pensado no solo en materia de papel sino en la película que lo sucederá de manera inevitable. Para ello Brown no escatima propaganda sobre marcas famosas y lugares turísticamente conocidos que sin duda será parte del gancho que le permitirá comercializar el producto en la pantalla grande.
En medio de tanto condimento conocido, encontré una frase que me ha quedado dando vueltas, un pensamiento tan representativo del contenido temático como de la humanidad en los tiempos que nos tocan vivir:

Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en épocas de crisis moral.

Claro que esas son palabras del Dante y no es de asombrar que nos quedemos con esa reflexión como parte rescatable de la novela tanto que ni el propio Dan Brown puede dejar de parafrasearlo al decir:

En tiempos peligrosos no hay mayor pecado que la pasividad.

En síntesis, Inferno es el último tren al cual Dan Brown nos invita a subir. Un tren tan parecido a los anteriores que de vos depende lector aceptar el envite al viaje o subirse a los muchos otros trenes que la literatura nos ofrece.

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