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Crítica de Carampangue


Carampangue
27 abril 2019
A estas alturas, tiene poco sentido publicar una crítica o reseña de El código Da Vinci. Es un libro ultraconocido, leído por millones de personas y sobre el que se han escrito miles de páginas. Además, la crítica es más o menos unánime en su evaluación: estamos frente a un pasapáginas de manual, un libro entretenido, pero no más que eso.


Así que, ¿qué podemos aportar desde aquí? Yo creo que hay una buena pregunta que vale la pena hacerse: ¿qué puede enseñarnos este libro? ¿qué hace que el Código sea un superventas, y otras novelas no?


Intentaré dar algunas respuestas a partir de la literatura y obviando los aspectos extraliterarios (como la polémica con algunos sectores católicos, por ejemplo). Ahí va:


1) Saber dosificar la información: Esto es quizá lo que mejor hace Dan Brown. Si cuentas todo de golpe, el lector se aburre porque ya puede suponer lo que pasará más adelante. Y si juegas demasiado a los misterios, el lector se cansa y termina abandonando una lectura que no consigue entender. En el Código, la información se nos entrega en las dosis justas: un ejemplo son los capítulos iniciales, en que el Jefe de la Policía interroga a Robert Langdon, y nosotros vamos enterándonos paulatinamente de los sucesos que rodearon a la muerte de Jacques Sauniere, mientras intentamos armar el puzzle de su muerte y los extraños mensajes que dejó el finado casi al mismo tiempo que lo hacen los personajes.


2) Capítulos breves: En consonancia con el punto anterior, los finales de cada capítulo van dejando una incógnita, muchas veces porque entregan un trozo limitado de información, y el lector queda deseando leer más, para entender cómo ese hecho encaja con el resto de la obra. Aquí, la brevedad de los capítulos nos permite dosificar la información, pero además facilita que la novela tenga un ritmo ágil, pese a que está llena de datos sobre arte, historia, religiones y arquitectura.

3) Las descripciones no importan tanto como el diálogo y la acción, así que aprovecha bien cuando tengas una: Frente a otros pasapáginas que están llenos de acción y aventuras, El código Da VInci se detiene mucho a describir: catedrales, obras de arte, cementerios, personas. Pero el truco de Dan Brown es que, en cada una, da con un elemento que resulte atractivo: sea el aspecto de toro de Bezu Fache, o la sorprendente simbología pagana de muchas iglesias europeas. Brown no es un maestro de la descripción en un sentido literario, no es un gran evocador ni es capaz de pintarnos a una persona o un edificio como si lo tuviéramos enfrente, pero sí que es astuto eligiendo el dato justo para hacer interesante cada descripción, sin fallar ninguna.


4) Los personajes principales tienen que ser carismáticos, aunque pueden ser planos o no evolucionar: Esto no lo digo como una crítica; ilustres como el Sherlock Holmes de Estudio en Escarlata responden a las mismas características. Y el Código es una novela de acción, no de personajes, así que no importa la evolución de Robert Langdon (de hecho, no la tiene), pero sí que importa que es un galán maduro, un tipo inteligentísimo que estudia una temática con mucha onda (los significados ocultos de la simbología religiosa tienen onda, no lo duden), y que además es capaz de descifrar acertijos complicadísimos. Un Indiana Jones que resuelva puzzles... ¿y quién es más carismático que Indiana Jones?

Lo mismo para Sir Leagh, que es un personaje divertidísimo, excéntrico, culto y a veces infantil. O incluso para Sophie, aunque es más "buenita" y normal, pero sigue siendo una mujer atractiva, de notable inteligencia y carácter fuerte, y con una historia familiar potente. Los personajes secundarios, en cambio, se permiten mayor desarrollo y, me parece, son los momentos de mayor humanidad de la novela: en particular Silas, el asesino del Opus Dei, pero también un muchacho que dio su vida por una causa, que de verdad cree en lo que hace, y que será el primero en ser desechado cuando no sirva más. Usado por todos, un verdadero creyente que termina cometiendo atrocidades sólo por seguir su fe.


5) Giros, giros, giros: Es muy importante ir metiendo cambios en la historia, que el lector nunca se sienta seguro de haber entendido o no el secreto de la novela. Hay muchos autores que intentan hacer esto, pero los giros parecen forzados: Dan Brown, en cambio, los hace parecer naturales y lógicos... cuando él los revela. Y el truco, en muchos casos, es jugar con nuestros prejuicios: nos habría parecido natural que el obispo Aringarosa, del Opus Dei, se juntara con el ultracatólico policía Bezu Fache con propósitos oscurantistas, para conspirar contra la verdad... y luego resulta que no: tenían fines honorables. Por otra parte, no hubiéramos imaginado que el divertido, chispeante, engreído y discapacitado Sir Leigh iba a terminar siendo el gran conspirador. Brown nos presenta estereotipos que nos simpatizan o nos provocan rechazo, nos hace creer que nuestros prejuicios son correctos... y cuando consigue eso, el giro argumental está servido, nada más tiene que refutar lo que creíamos cierto.


6) Una temática candente, y ojalá polémica: Una revisión de la biografía de Jesucristo es perfecta: no deja a nadie indiferente, y más si lo combinamos con una presentación del oscurantismo y el abuso de poder de la Iglesia Católica. En esto, hay que reconocer que Dan Brown no aprovecha su novela haciendo declaraciones incendiarias o tratando de ganar popularidad con frases para la galería, sino que intenta llevar a cabo su novela con la mayor seriedad. Sin embargo, es obvio que la popularidad del libro se debe en parte a que toca un tema con muchísimo potencial para la polémica.


7) Un trabajo investigación impecable: En este punto, no me he tomado (ni tomaré) la molestia de revisar si los múltiples datos históricos, artísticos y arquitectónicos que da la novela sean verídicos. Pero sí digo que el trabajo de documentación no solamente es abundante y prolijo, sino que ha conseguido integrarlo a la novela sin que se haga pesada. Y si alguno de los datos que entrega en la novela es inventado, pues lo bien que está. Borges también lo hacía.


En suma, un libro bastante respetable, con los engranajes bien engrasados, y que se lee a toda velocidad. Sin embargo, al decir eso queda pendiente otra pregunta: ¿por qué, si es un libro bien escrito, no lo consideramos gran literatura? Si les parece, ofreceré las palabras de Ernesto Sábato (aunque no hablaba de esta novela en particular): este tipo de novelas son a la gran literatura lo que los fuegos de artificio son al incendio de un orfanato.
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