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Crítica de Dreammewords


Dreammewords
08 enero 2019
”-La gente no habla de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas, y dicen ¡que bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente, y la mayor parte del tiempo, en los cafés, hacen funcionar los gramófonos automáticos de chistes, y escuchan chistes viejos, o encienden la pared musical y las formas coloreadas se mueven para arriba y para abajo, pero son sólo figuras de color, abstractas. ¿Ha estado en los museos? Todo es abstracto. Mi tío dice que antes era distinto. Hace mucho tiempo los cuadros decían cosas, y hasta representaban gente.”

Fahrenheit 451 es uno de esos libros que siempre quise leer pero de los que tenía la falsa imagen que al ser clásicos iban a tener un estilo de escritura recargado y pesado de leer; cuando lo agarré fue sin estar convencida de que fuera mi momento de leerlo, con miedo de que no me gustara pero ahora que por fin lo leí tengo que decir que no podría haber estado más equivocada.

Para empezar, Fahrenheit 451 trata de una sociedad distópica en la que los bomberos no apagan fuegos, sino que son ellos los que los inician usando como combustible nada más y nada menos que libros.
Estos bomberos son básicamente los peones del gobierno. Cada vez que alguien subversivo es denunciado, las alarmas del cuartel suenan y los trabajadores salen en búsqueda del criminal.
Guy Montag, nuestro protagonista, es uno de estos bomberos y tras la simple pregunta “¿Eres feliz?” empieza a darse cuenta que este estilo de vida no es uno que a él le gustaría vivir: algo simplemente se siente mal.
De esta forma, Ray Bradbury nos abre la puerta a reflexiones que tal vez hasta dan miedo.

Lo que más me hacía poner “incómoda” -si se quiere- es la idea de que los temas que toca el autor no solo son reales, sino que son muy actuales: gente siendo perseguida por su línea de pensamiento, las “familias” en las paredes, los caracoles en los oídos, las autopistas de alta velocidad, etc. Como bien tratan en el libro, tenemos todo el tiempo del mundo, pero nunca usamos ese tiempo para pensar, y cuando vamos en un auto a 150 km/h, por ejemplo, ni siquiera atinamos a pensar en estas cosas.

Lo más triste de toda la trama es que el gobierno ni siquiera tuvo que imponer una ley contra la literatura, la sociedad misma decidió dejar de lado todo tipo de cultura. Toda esencia que tuvieran tanto los libros como la música o las películas –su alma, básicamente- fue siendo dejado de lado por entretenimiento superfluo, pero esto no es suficiente para Montag. Él necesita o más bien desea desde lo más profundo de su corazón tener una relación que lo llene con otro ser humano. Tiene una esposa, tiene compañeros de trabajo, pero no tiene amigos ni familia: nadie con quien forme una conexión suficientemente poderosa. Claro que para esta gente eso es simplemente la vida, pero Guy necesita más, lo que él realmente quiere es vivir, no sólo existir con personas extremadamente conformistas y sintéticas.
Una de mis frases favoritas del libro dice exactamente eso: ”No son libros lo que usted busca. Puede encontrarlo en muchas otras cosas: viejos discos de fonógrafo, viejas películas y viejos amigos; búsquelo en la naturaleza, y en su propio interior. Los libros eran solo un receptáculo donde guardábamos algo que temíamos olvidar. No hay nada de mágico en ellos, de ningún modo. La magia reside solamente en aquello que los libros dicen; en cómo cosen los harapos del universo para darnos una nueva vestidura”.

Como simple contexto tenemos un mundo distópico pero no necesariamente futurista. Con los avances tecnológicos que tenemos hoy en día, se podría decir que la novela es una realidad alternativa, porque como digo es muy actual.
En este mundo hay una guerra, pero nunca se especifica nada sobre esta misma. Bien podría ser una metáfora al viaje de Montag como podría ser también una crítica al periodo histórico por el que pasó el autor, pues el libro es de 1953.

Un personaje que me pareció muy interesante fue Beatty. Hubo una escena clave en que sentí que todo su personaje estaba abriéndose en algo más profundo, pero obviamente por culpa de los spoilers no puedo decir mucho. Simplemente pensar que hay personas que por puro miedo a enfrentarse a lo real, al status quo prefieren vivir una vida infeliz que no los satisface es algo que da miedo.

El final me gustó mucho porque no es el típico que se ve hoy en día donde un grupo de cinco adolescentes vencen a un gobierno totalitario y miran al horizonte con una sonrisa en la cara.
Es un final triste pero al mismo tiempo esperanzador, porque pueden quemar todos los libros que necesiten, pero mientras estén en la cabeza y el corazón de la persona que los leyó no pueden destruirlos completamente.
Tanto Montag como el resto de personas que encuentra en el bosque se convierten en hombres-libro, y en una metáfora que me gustó bastante en la que comparan a la humanidad con el fénix, nos cuentan cómo la humanidad puede destruirse cíclicamente, pero siempre va a poder levantarse de nuevo.

En fin, es uno de esos libros que se quedan para siempre dentro del lector, en el que lo que importa no son los detalles técnicos como la pesadez de la pluma o lo rebuscada de la trama, sino el mensaje que intenta dar. Por eso para mí, se lleva 4.5 estrellas.

Ray Bradbury es un autor que definitivamente quiero seguir leyendo, y espero que me siga sorprendiendo de esta manera. Por ahora ya está encaminado a mis autores favoritos, y Fahrenheit 451 es el primero en irse a los favoritos del 2019.
De todas formas, en algún momento voy a darle una releída a esta obra en búsqueda de las 5 estrellas que se merece.
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