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Crítica de Beatriz_Villarino


Beatriz_Villarino
16 September 2022
Qué acertada la cita de Javier Marías que ha escogido Guillermo Borao para presentar su novela, pues lo ha homenajeado doblemente: Javier Marías, por desgracia para las letras, nos dejó el pasado domingo, 11 de septiembre, consiguiendo que esta fecha sea aún más fatídica aunque, en un guiño a Borao, parece que se haya ido respetando la norma que William Langhorne anotó en su cuaderno: «nadie puede morir un domingo antes del mediodía».

¿Son presagios? ¿Coincidencias? ¿Dos estrellas de la literatura han unido ficción y realidad para conseguir que esta sea un poco menos amarga? Puede ser. Habrá que preguntarle al autor zaragozano si cree en el destino. Por ahora nos quedamos con lo que afirma un cochero, al principio de la novela, sobre el final de una obra de teatro, «la vida es, después de todo, un propósito de repetición».

Cuando leemos La sastrería de Scaramuzzelli nos embarga un ánimo ilusorio; parece que estuviésemos presenciando una obra teatral en la que representan lo sucedido en el pueblo de Tonleystone, «Barros miró al cielo y sintió su acoso constante, la persecución discreta que hace un foco en el teatro para iluminar, en esa acción, a los protagonistas».

Las alusiones a que estamos ante una función quedan implícitas durante la lectura; como si se tratara de un cambio de escena, «Las mañanas de verano en Tonleystone cambiaban de estación por la noche». Todo es posible en la novela porque el narrador nos introduce en un mundo mágico en el que las alucinaciones febriles de un niño se mezclan con el «proceso fabulador» del padre y la fantasía del escritor para conseguir, incluso, que los personajes no sean lo que parecen y mucho menos parezcan imprescindibles para la obra «—Por eso el señor Bernard aparece tan poco y nunca con gente ¡solo sale si William lo necesita!».

La sastrería de Scaramuzzelli es una deliciosa quimera y aun así se lee sin dificultad. No hay problema en distinguir personajes reales de los imaginarios, aunque nos llevemos más de una sorpresa y la tensión permanezca hasta que «Se cierra el telón». Entonces nos preguntamos sobre nosotros mismos y lo que somos: ¿Personajes en busca de autor? ¿Personajes del Gran Teatro del Mundo?, «y como si estuviera entre bastidores, se esfumó».

La novela se desarrolla en un pueblecito en el que destaca, imponente, la fábrica de tejidos de William Langhorne. al pueblo llega Barros Scaramuzzelli, un sastre diferente, acompañado por Lorenzo, un niño de seis años, y Mercedes, su hermana, algo mayor. Barros los rescató del hospicio para darles amor y un posible futuro. Lorenzo se hará imprescindible para William y Patty Gallant, quienes terminarán tratándolo como al hijo que no tuvieron, pues William quedó estancado en los seis años, al quedarse huérfano, y desde entonces teme cualquier tipo de cambio en su vida. Barros compra el taller de confección de la fábrica e inaugura una sastrería que, desde el primer momento, es un éxito. El sastre propone una manera de vivir feliz, usando vestidos únicos que reflejen la personalidad de cada uno. Pero surgen envidias entre unos vestidos y otros, surgen ambiciones por dar prioridad al dinero y al poder frente a la honestidad y surgen enfrentamientos bélicos con La Corona a causa de mentiras que pretendían ocultar.

Los personajes son extraordinarios; como en un cuento de hadas, los dibujos que realiza Barros cobran vida en determinados momentos para que, en los lectores, asombrados, surjan dudas sobre si el contenido pertenece a una novela del siglo XIX o a un clásico de Perrault «Barros […] arrancó la lámina y rompió lentamente el papel verjurado. William no oyó la rotura de las hojas, sino el derrumbamiento de la torre de la iglesia».

A veces no podemos asegurar con certeza si lo que leemos forma parte de las acciones de los personajes o son sus vivencias oníricas, «Habría jurado que era el mismo de su pesadilla».

La narrativa de Guillermo Borao es ilusoria; en la historia distinguimos en ocasiones características del más puro estilo romántico, en otras, del género fantástico. Puede que entre ambos se den coincidencias. El paisaje y el ánimo de los personajes van en comunión, tanto que casi constantemente la naturaleza se personifica para adquirir importancia de protagonista «la luz deslumbrante se agitó con el estruendo de la campana de la iglesia […] hasta que recuperó la cordura, se paró y descubrió la presencia de un hombre». La naturaleza persigue de forma implacable no solo a los protagonistas sino a ella misma, «con las nubes a punto de reventar por asfixia». Da igual de dónde vengan; las emociones son lo más importante. Emociones surgidas del miedo real, de un mundo aterrador que se vuelve espacio de aventuras cuando un padre lo transforma en cuentos capaces de ser vividos. El problema surge cuando no hay nadie que construya ese mundo esperanzador y mágico, porque entonces nos limitaremos a preservar recuerdos, costumbres y objetos que nos recuerden lo que hemos perdido y acrecentaremos el individualismo y las obsesiones.

William tiene miedo de Barros aunque lo respete; teme perderse en la belleza que representa porque sabe que es efímera y no quiere sorpresas; se adapta a la luz del día y moldea sus sentimientos según la naturaleza que lo rodea, o adapta esa naturaleza a su yo: «Bale […] En medio del porche (de William) halló unas ruinas silentes». Llega a convertirse en un problema para quienes lo quieren, para sus socios, para el pueblo y para él mismo cuando se abandona al dolor y la soledad. William es una persona extremadamente pesimista; su melancolía, la tragedia que soportó de niño consiguen que broten sentimientos encontrados al experimentar momentos felices, dando como resultado un dolor constante. William necesita un espejo en el que mirarse, por eso aparece Barros en su vida. Patty se da cuenta de que, a pesar de parecer tan diferentes, tienen mucho en común, «la espalda fornida, el vello en los antebrazos, los ademanes de un caballero seguro, convencido y meticuloso. En aquella habitación, se dijo, se encontraban su pasado y su presente».

Tanto Barros como William ansían expresarse con libertad, ambos sufrieron, de niños, una brusca ruptura familiar; los dos se han formado sin premisas regladas, como héroes románticos, dejándose llevar por sus emociones. En ambos impera el yo; la realidad externa no les interesa tanto como el mundo interior, causante de la exaltación de su imaginación y fantasía y, sin embargo, ambos defienden un mundo libre y justo.

No solo hay coincidencias entre Barros y William. También entre Barros y Joseph (padre de William), entre William y Lorenzo, «los cochambrosos calcetines eran iguales a los que Glenn le tejió una vez», entre Bernard y Joseph, «Oyó a su vecino igual que a su padre bajo el aguacero, en la misma frase…» y entre Bernard, Barros y Joseph «El pañuelo enviado por Barros era una réplica del que había usado Bernard para envolver, meses atrás, la novela de su padre». En realidad los personajes son quienes proclaman el tiempo circular (por eso una horrible tuberculosis en el siglo XIX pudo causar los mismos estragos que un “virus coronado” en la actualidad —que en la novela es, asimismo, el siglo XIX—

Los temas también pertenecen al Romanticismo —o son universales—. La muerte está presente desde el comienzo a pesar del colorido reinante. Los dibujos de Barros son agoreros, pero en el sueño traen la esperanza porque el sastre es la voz que nos anima al cambio, a luchar por un futuro mejor a pesar de las más graves adversidades; nos ayuda a guardar los infortunios en el corazón y a seguir adelante porque «El problema de vivir en el pasado es que siempre se llega tarde al futuro».

También el amor ocupa constantemente las páginas: entre William, Emily y Patty, entre Barros, Mercedes y Lorenzo, entre William, Christopher y Patty… En todos los casos es un amor imposible, trágico: «era consciente de que su hermana mantendría la maldición hasta la hora de su muerte, presumiblemente lejana».

Y el otro tema importante es el destino, el fatum. Si Edgar Allan Poe sitúa un cuervo en el dintel de la puerta, para recordarle al desconsolado amante de Leonor la angustia que sufrirá por la muerte de esta, Guillermo Borao consigue que la muerte sea inexorable en la casa de los Langhorne cuando «El graznido de un cuervo rebotó en el tejado» y logra que Barros sea la figura prototípica del Romanticismo alemán al describirlo como El caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich: «sus zapatos hollaban la tierra húmeda, dejando unas huellas que el agua, en la siguiente crecida, no tardaría en devorar […] se subió a las piedras […] Una ráfaga de aire le removió el pelo, abombó su capa impoluta y pareció un enorme cuervo negro a punto de batir las alas».

Es el destino, la muerte planea sobre nosotros pero el amor se nos presenta en múltiples variantes, que hemos de aprovechar mientras podamos «Alguien miró a William […] exclamó: —Los sustos no cuentan».

Pero nuestro autor no se queda en esto. En la novela aparecen diseminados otros temas como el enfrentamiento religioso, la avaricia empresarial por encima de la amistad, la mentira por miedo a perder fama o dinero… temas que pierden valor ante lo realmente importante, la lucha por la felicidad, y en ella encontramos el verdadero sentido de la paternidad «Barros pensaba que padre no es quien da la vida. Tampoco quien firma unos papeles […] Padre es quien quiere serlo, y William no compartía su sangre, pero se habría vendido al diablo por él». Y en esta ópera prima (¿¡en serio!?) de Borao, el lenguaje es de tal precisión con la época que no nos extraña vernos rodeados de «abordaje de corsarios, aya, papel verjurado, piel atezada, comisiones de madapolán, espuertas de tres palmos, redingote, chalina, pensil, perlesía, color almagre, molicie, jeme, várgano, leontina, pericones, polisón, almádena, sandio, hopeara en la Gran Avenida…».

Si esta es su primera novela, Guillermo Borao puede llegar a lo más alto, aunque tampoco reciba el Nobel.

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