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Crítica de GemaMG


GemaMG
17 septiembre 2020
Elia maneja los secretos como nadie, dosifica los datos de forma magistral a lo largo de las más de quinientas páginas que conforman “El eco de la piel”, para que podamos, junto a la protagonista, elucubrar, imaginar, hilvanar la historia que se esconde detrás de Ofelia, esa mujer de éxito, esa mujer que no encaja en los cánones de su tiempo, la empresaria de éxito, la mujer generosa y solidaria, la especuladora… cada una de las Ofelias que es en la memoria de cada uno de quienes la conocieron.
Y si en esta historia se controlan los secretos, la autora no controla menos los tiempos, una novela en la que conviven presente y pasado, una novela que se extiende desde principios del siglo veinte hasta el año 2030, una historia que conocemos desde distintas posiciones, como espectadores, con esa narración en tercera persona que nos da una visión objetiva de la historia, o como casi protagonistas, con esa parte que Sandra nos cuenta en primera persona y que nos permite meternos en su piel, pensar lo que piensa, sentir sus dudas, pensar sus pensamientos….
La autora nos presenta una novela llena de historias que se superponen, una historia en la que como en las cebollas, hemos de ir descubriendo capa a capa para llegar al centro, al lugar donde se esconde la esencia.
Pero si yo me quedo con alguna de esas Ofelias es con la que se siente responsable, con la que necesita expiar la culpa, la que necesita purgar un pecado que para mí no es tal, sino que representa el mayor sacrificio que se puede hacer por amor.
El eco de la piel es un libro de personajes, fuertes y débiles, conocidos y desconocidos, valientes y cobardes…. Seres humanos al fin y al cabo.
Elia nos presenta a dos mujeres y a varios hombres en dos épocas distintas, en dos viajes vitales en tiempos y circunstancias diferentes.
Dos mujeres, acompañadas por otras mujeres y por varios hombres, que, como es propio de Elia se alejan de los clichés, de los arquetipos y nos muestran lo mejor y lo peor del ser humano, la propia realidad, eso sí, concentrada en grandes dosis que a veces cuesta digerir. Porque son personajes duros y maltratados, personajes que llevan a sus espaldas pesos infinitos con los que no tienen más remedio que cargar y seguir adelante, personajes a los que a veces me ha costado entender desde mi espacio y mi tiempo, una vida alejada de la guerra y la posguerra, alejada de la perdida de la madre y del pavoroso terror frente a un padre extremista crecido por sentirse vencedor de la contienda.
Una vida alejada de la de Ofelia, esa joven viuda, obligada a sacar adelante sola y por sus propios medios un hijo y una empresa en un mundo plagado de machos alfa.
Si hubiera vivido todo eso, tal vez habría podido sentir el eco de la piel de Ofelia, porque todo, absolutamente todo en esta vida, lo que somos, e incluso, lo que dejamos de ser, es consecuencia de nuestra experiencia vital, de las circunstancias que se nos imponen y de las personas que encontramos o desaparecen de nuestro camino.
Pero mi vida y mi tiempo, están más acordes con los de Sandra y esos convencionalismos en los que se siente como pez en el agua aunque le guste disfrazarse de “moderna” y engañarse a sí misma pensando que es más abierta de mente, más feminista, mas independiente no solo económicamente, sino y sobretodo, emocionalmente.
Sandra que salió hace años de la adolescencia, pero a la que vuelve una y mil veces en la difícil y obligada convivencia, aunque sea temporal con sus padres, unos padres que la apoyan aunque no se deje, que la acogen, que intentan entenderla y que son dos personajes redondos que forman una pareja sólida, un matrimonio “como los de antes” o no.
Junto a estas mujeres Gloria, otra víctima colateral de la guerra, o del final de la misma, una mujer que cayó, sin comerlo ni beberlo, en el bando de los vencidos y a la que esta situación le fue cerrando todas las puertas con un pequeño al que alimentar. La amiga, la hermana, el pilar que sostiene y en el que se sostiene Ofelia, su primer acto de generosidad, de solidaridad… Su contrapunto, la madre abnegada, el ama de casa concienzuda, la cocinera… esta sí, una mujer de su tiempo, a la que, tampoco me ha sido fácil comprender.
Diego, éste sí, un joven de su tiempo, independiente, despreocupado, un fisioterapeuta al que su profesión y su forma de ejercerla le da la oportunidad de disfrutar de algo más de su trabajo, de las prerrogativas que su labor concreta con Don Luis le confiere para ir más allá de su trabajo y al que su ambición y su don de gentes convierten en una compañía poco recomendable.
Don Luis, el único hijo de Ofelia, único heredero del consorcio de empresas, solterón impenitente, empeñado en homenajear a su madre, en agrandar el mito, para lo que necesita la ayuda de Sandra, sus manos, porque las ideas las tiene muy claras, sabe lo que quiere que se sepa, porque la imagen que tiene de su madre es la máxima de la idealización y no consiente que le roce, ni por “despiste”, ni por el afán investigador de Sandra, ni siquiera una sombra de duda.
Alberto es ese sobrino que lo es más familia elegida que a menudo une mucho más que la familia sanguínea, el hombre de confianza que no ha conocido otra vida mas allá de la de los Arraez y lo cierto es que no le ha ido nada mal y se niega a que eso cambie.
Carmela es la fiel ama de llaves, la guardiana de los secretos, de los que conoce y de los que intuye, la sombra a la que nadie presta atención, pero que siempre está cerca.
Y Doña muerte, un personaje que me ha cautivado, una mujer cuyo mayor poder es el de observar, el de empatizar, el de saber escuchar y dar, en cada momento y a cada uno el consejo adecuado, amén de echar las cartas aprovechando ese don de la clarividencia.
El “tío Félix”, el amigo de los padres de Sandra y la razón por la que esta vuelve a Monastil a escribir una “novelita” que ella ve como un mero trámite para conseguir un buen dinero que le permita dejar de doblar camisetas y poder rozar, aunque sea de soslayo, la ilusión de vivir de sus estudios de historiadora y de los sueños de ser escritora que de momento se reducen a cuentos que no deja leer a nadie.
Y por último Anselmo, ese personaje que desaparece demasiado pronto en la novela, pero cuyo recuerdo sobrevuela y determina, en muchos de los casos el devenir de los acontecimientos.
La autora nos presenta una novela compleja, en la que todos estos personajes y algunos más, están llenos de aristas, de secretos inconfesables, de luces y sombras… este elenco tan dispar que va encajando y desencajando hasta acomodarse, hasta conformar un paisaje que nos desvela lo que hay más allá de lo que resulta evidente.
Es esta una historia de personajes, pero es también una crítica a la intransigencia, a las guerras, a nuestra guerra, a los que sufrieron nuestros mayores, los que la vivieron y los que sufrieron sus consecuencias por hallarse en el bando equivocado.
Y con el misterio de lo que fue Ofelia como telón de fondo, Elia reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre lo que dejamos detrás de nosotros o no, cuando abandonamos este mundo. Y reflexiona sobre el poder de las palabras y sobre el amor, sobre los sentimientos, sobre los convencionalismos… y lo hace a través de los escritos de Selma Plath, un personaje del que no voy a hablar aquí, porque os encantará descubrirlo cuando os acerquéis a esta novela.
Habla de secretos y pecados y, sobretodo del peso de la culpa y de cómo cada uno se enfrenta a ella y consigue, o no, seguir viviendo.
Es una novela que no os podéis perder, una novela con tantos recovecos que seguiréis descubriendo aspectos vitales mucho tiempo después de haber volteado la última página.
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