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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
26 octubre 2018
Paul Auster, ha sido ponerte en mi vida y cambiarla para siempre.

Todo, o casi, estaba dormido; las neuronas, los patrones mentales, el interés y la chispa habían desaparecido o emigrado (no sé cuándo y no sé adónde), y ni siquiera me había enterado. Solo sé que mi gusanillo lector se encontraba realmente apático, indolente y aburrido (supongo que es una consecuencia sine qua nom de mimarlo y darle bien muy bien de comer).

Él, todo satisfecho y glotón, estaba totalmente desinteresado y desconectado; vivía en la inapetencia total, ya no creía ni le interesaban otras historias y solo podía verse su barriga literata, hinchada y reluciente... muy reluciente... jajaja.

Discúlpame, Paul, por este comienzo un tanto absurdo; es lo que me sale de dentro y, aunque la reseña parezca un tanto divagante, intentaré hacer algo decente y honesto.

Arrancamos. Fue llegar a la página 59 de Brooklyn Follies, y volver a florecer e interesarme.

"El gran espectáculo de la falta de honradez. Lo tienes por todas partes donde mires y, te guste o no, es de lo más divertido que se puede ver."

Todo el libro es un recorrido interior y exterior, una vomitera de sentimientos, una redención con un resurgimiento. Naturalmente, ante esto no me queda otra que reconocer lo que veo cuando lo leo: la grandeza de la buena literatura y mi amor y devoción por su lectura, esa que te llega al alma, la que persiste y existe; la que siempre se queda, la que nutre tu inteligencia y construye tu ser.

Paul, ¿has visto lo que has hecho? No hay nada como espabilarse y contagiarse de tu perfecta narrativa y empezar a soltar soliloquios a deshoras y a destiempos. Es lo que toca: el despertar viene acompañado de reacciones extrañas y, en mi caso, Brooklyn Follies ha sido el despertador-avisador de lo que no estaba haciendo y lo que sí debía hacer.

Con su prosa deliciosa, Paul Auster nos sumerge en una aparente cotidianidad donde el costumbrismo alcanza niveles de sublime creación gracias a todo ese fluir de circunstancias, lugares y personas comunes pertenecientes al gremio de los no elegidos, a los desconectados y olvidados. En su sabiduría y buen hacer, es capaz de modelarlos para darles una vida y un propósito, y encontramos la gracia o el quid de todo lo anterior en saber hilar y cohesionar... en definitiva, en transformar lo más trillado y sencillo, lo que no tiene filtros ni dobleces, en lucidez y alma.

En Brooklyn Follies vemos al gran maestro juntando letras y palabras, creando y produciendo vida, luz y energía, haciendo que el lector quede atrapado como una polilla en su historia y en su narración. A partir de aquí la entrega es total; solo quieres saber, escuchar y acompañar a Nathan Glass (personaje principal, maestro-director), ser su humilde lazarillo, absorber su sabiduría y vitalidad... Convertirte en su pequeño saltamontes.

La sipnosis del libro hace un flaco favor a Nathan; parece que vamos a tratar con un individuo que ha vuelto a sus orígenes para morir, que está desahuciado y casi enterrado, que va a ser una carga, que no sirve para nada, que sus historias no interesan. Pues no, todo lo contrario: nuestro Nathan tiene sus achaques como cualquier hijo de vecino, pero él lo es todo en la historia, la columna vertebral, el hilo conductor, el peso de la argumentación, el tronco robusto y fuerte al que agarrarse, la mano en el naufragio. Sin este personaje, Brooklyn Follies no tendría lugar, ni cabida y ni siquiera una pizca de interés.

Las maravillosas coincidencias de Nathan en la historia se transforman en las conexiones necesarias para tejer la red donde los demás personajes conviven a pesar de sus diferencias sociales, religiosas o políticas, situando siempre en un plano superior la tolerancia y el perdón, ingredientes que acompañan y que marcan los destinos (más o menos perdidos) de todos ellos. Estos beberán (con mejor o peor resultado) de los consejos del gran Nathan, descubriendo una sabiduría casi divina representada en la sencillez y la simpleza. La eliminación de la complejidad artificial les hará ver como lo haría un buen Sancho: lo que se ve es lo que hay, y no son castillos en el aire ni gigantes.

El resultado de todo esto es un conjunto a través del cual se percibe claramente un positivismo bondadoso y desprendido, ese que cualifica a los seres extraordinarios. Con ayuda del mentor, Nat, observamos cómo las vidas de los distintos personajes fluyen, se mueven y renacen en su universo particular, el imaginado por el autor y ambientado en el barrio neoyorquino de Brooklyn.

No voy a contar más de la historia; el futuro lector perdería la oportunidad de descubrir a unos personajes vivos, infinitos y profundos, encajados perfectamente en un ambiente real y cotidiano donde lo sencillo es fruto de la elegancia, la precisión y la inteligencia plasmada en escritura.

Imposible embutir lo anterior en una simple elegía de alguien que va a morir; más bien habría que hacerlo en todo lo contrario, una alegoría a la alegría, pues por toda la obra corre el disfrute de la vida y de su ahora. Después que venga lo que tenga que venir; hasta entonces toca celebrar y vivir el presente. Esta es la lección que condensa todo el saber de nuestro buen Nathan Glass.

Brooklyn Follies es deleite y recreación en cada párrafo y en cada palabra. Y mejor que Paul Auster no lo voy a expresar yo.

"Leer era mi válvula de escape, mi desahogo y mi consuelo, mi estimulante preferido: leer por puro placer, por la hermosa quietud que te envuelve cuando resuenan en la cabeza las palabras de un autor."

Gracias, por recordármelo.
Enlace: https://inquilinasnetherfiel..
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