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Beatriz_Villarino
 18 julio 2019
La edad de la ira de Nando López
Es una pena que La edad de la ira sea la adolescencia. Es la edad del inconformismo, del enfado, de la negativa, pero la ira que aparece en la obra de Nando López no es el sello identificativo de los jóvenes. Es una imagen equivocada. Para llegar a esos extremos, lo de la obra, antes se ha de pasar por una infancia agobiante, incluso traumática, y entonces la edad de la ira pasa a ser la de toda una vida.



Las situaciones que conforman el contenido de la obra están llevadas al límite, son exageradas, por lo que la rabia estalla en los personajes no porque estén en la adolescencia sino porque han llegado a la primera edad en la que se pueden manifestar así, su cerebro ha empezado a madurar y se ha rebelado respecto a lo vivido. Por otro lado, el cuerpo ha adquirido la suficiente fuerza como para acompañar y responder a la llamada de la razón. Si un niño pequeño es testigo del suicidio de su madre se queda traumatizado. Si es un adolescente, que además se da cuenta de que su madre, y él mismo, están viviendo un calvario, se rebela contra la familia, contra el sistema, contra todo. Probablemente igual que si fuera un adulto.



La realidad de esta obra teatral está demasiado forzada. Todo se mueve in extremis. El autor ha pretendido hacer una crítica al sistema educativo y, para ello, lo ha exagerado; además se ha llevado por delante el sistema judicial y los valores de la familia. Todo es hiperbólico. Si pretendía reflejar una determinada clase socio-cultural, vale, pero si no, es excesivo. No todas las familias obvian a sus hijos, algunos incluso tienen confianza y piden ayuda a padres o hermanos. No todos los hijos tienen estos problemas, porque además, eso debe ser cierto, por muchas dificultades que tengan se aferran a la vida con todas sus fuerzas. Y aunque tengan contratiempos no siempre se dejan llevar por lo trágico, al menos no todos. Eso es un tópico



BRENDA.- Es literatura. Y la literatura de verdad siempre es fuerte. Si no, es marketing

[…]

RAÚL.- El cine de verdad siempre duele. Incluso cuando te ríes.

Y aquí hay mucha pasión.



También es hiperbólico el excesivo individualismo que ostentan. Precisamente la adolescencia es una etapa en la que el grupo cuenta más que la propia familia. Todo lo comparten, problemas, pensamientos, opiniones, por eso es extraño que, con esa conciencia de grupo, no lleguen a abrirse del todo.



MARCOS.- (a Brenda) Cuenta conmigo

SANDRA.- Si ni siquiera sabes qué…

MARCOS.- No necesito nada. Sólo que no quiero ser invisible

RAÚL.- Marcos…

SANDRA.- ¿Ha pasado algo?

RAÚL.- No

SANDRA.- ¿Y esa cara?

RAÚL.- No lo sé. A lo mejor sí que ha pasado



La edad de la ira es aquélla envuelta en un dolor absoluto, en una completa soledad, «cuando la vida nos golpea no hay nadie más allí»; por eso mismo la afirmación de Marcos resulta sorprendente; tras haber estado deprimido durante toda la obra, tiene un momento en el que afirma sus ansias de superación, «Solo sé que el tiempo no podrá con nosotros. Y ellos tampoco», ansias que se verán desbancadas. Resulta sorprendente porque ese ellos puede que sean los adultos, pero apenas tienen papel en la obra; no sabemos en realidad cuál es ese mundo adulto que tanto daño les hace; como tampoco sabemos cómo se llevará a cabo «una luz cegadora que precede, viva y adolescente al oscuro». No se me ocurre cómo podría ser la luz adolescente. Desde luego, tras leer la obra, nunca la pondría viva.



El argumento es sencillo: Un grupo de amigos cuenta —o piensa— sus experiencias durante una temporada en el instituto, en la que una chica es acosada por un profesor al que no hay manera de culpar (hasta que lo consigue la dirección del centro). Por eso, los chicos, enfadados más con sus propios problemas, deciden romper el coche del profesor. Debido a este hecho, a uno de ellos le espera una bronca monumental en casa, hemos de tener en cuenta que al padre se le acaba de suicidar la mujer dejándolo con los cuatro hijos. El padre, harto del comportamiento del chico, pues va drogado a veces y mantiene sexo con hombres adultos, emprende una pelea con él en la que se interpone otro hijo que muere al clavarle unas tijeras (supuestamente el padre, por error) y muere también el propio padre al estrellarle uno de los hijos (supuestamente el protagonista) la máquina de escribir en la cabeza. Todos han tenido una vida dura y todos acabarán mal, eso se ve venir, pero en la obra, hay tantas analepsis, prolepsis, muertos que están monologando pero que nadie los ve, e incursiones de problemas de otros chicos: acoso escolar, miedo familiar, temor a confesar abiertamente la sexualidad… que realmente nos perdemos en algún momento. No sabemos si estamos antes, durante o después del presente en el que ocurren los hechos.



Pero eso es lo de menos, lo más llamativo es que si sabemos cómo son algunos de los protagonistas, pues no todos tienen el mismo peso y no todos quedan definidos, no es por los diálogos sino por sus pensamientos, por lo que dicen los que ya no están en este mundo o por las acotaciones «(sin decírselo ambos saben que su historia, tal como la conocían hasta ahora, acaba de terminar)».



La obra es una adaptación de la novela, escrita por el propio Nando López; si tenemos un narrador omnisciente nos puede guiar perfectamente por una narración, pero en el teatro son los diálogos, acompañados de gestos los que van marcando el carácter de los personajes, y La edad de la ira adolece de esto; de hecho hay personajes femeninos, Sandra, Brenda y Mari que apenas quedan dibujados, una es víctima de acoso por parte de un profesor, Mari es acosada por su propio chico y Sandra es la fanática de las redes. Pero no sabemos más de ellas ni cuál es su situación real ni, por supuesto, si su actuación sirve de algo en la obra.



Creo que es una obra menor, puede que haya sido una buena novela juvenil pero el teatro tiene otras exigencias. Al menos debería tenerlas.



El sistema estructural es el mismo o parecido al que utiliza en Nunca pasa nada, pero en esta obra da la impresión de que no funciona. No hay denuncia fuerte y los chicos de La edad de la ira no son representantes de la adolescencia. Son demasiado hiperbólicos.


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Beatriz_Villarino
 13 julio 2019
Nunca pasa nada: 150 de Nando López
En Nunca pasa nada, realmente ocurre de todo, es una reflexión coral de la vida, del día a día, de cómo afecta a nuestra forma de comportarnos, de entendernos y entender a los demás. Es la vida misma, la rutina en la que estamos inmersos y que, sin darnos cuenta, hace de nosotros lo que somos. Desde pequeños.



La obra es un conjunto de reflexiones que unos veinteañeros se hacen durante un fin de semana alejados de la civilización, al menos de lo que hoy entendemos por civilización, internet. No hay conexión y, mientras que para algunos no supone ningún problema, para otros es una catástrofe, algo que los apartará de sus costumbres y podrá tener consecuencias indeseadas.



Todos nos vemos reflejados en alguno de los ocho personajes; aunque no tengamos 20 años nos sentiremos identificados con determinadas situaciones, porque a pesar del lenguaje totalmente actual, que lógicamente hace referencia a conceptos actuales, las circunstancias son universales: la confianza, la traición, el trabajo, los estudios, el amor, los padres. Momentos a los que, con el paso del tiempo no les concedemos importancia y, sin embargo, estaban ahí, en nuestra mente, erosionando nuestra vida en pareja, o la amistad, o nuestro trabajo.



¿Quiénes somos en realidad? Es la pregunta que nos hacemos al leer Nunca pasa nada. ¿Sabemos comunicarnos o simplemente hablamos?



Los personajes son jóvenes pero la obra no va dirigida sólo a ellos. Los de más edad podemos eliminar prejuicios ante esa generación, no tan vacía ni falta de ideales como pueda parecer. Los de más edad también nos hemos encontrado con acoso escolar en su momento (antes no se llamaba así, eran “bromas” que había que aguantar o perrerías del matón del grupo que había que esquivar), o acoso laboral, con suicidios o intentos de suicidio por diversas razones, con rechazos a determinadas personas por diferentes motivos, con angustias por no haber sabido educar a los hijos o por verlos partir de nuestro lado, lejos, porque han de buscar trabajo donde sea.



A pesar de ser situaciones usuales, Nando López, el autor, consigue engancharnos desde el comienzo porque aporta un punto de vista diferente a cada personaje. No todos están de acuerdo en todo. Y lo más importante, no hay moraleja ni benevolencia, de forma que es el lector, o espectador, quien se construye su propia versión, según se la haya aplicado a sí mismo.



No cabe duda de que hay exigencias por parte de todos, de que hay críticas a la sociedad actual pero el autor nos fuerza a ver la solución en nosotros mismos.



La obra está dividida en cuatro actos. La primera innovación formal, aparte de que no es muy usual este número de actos, es que cada uno está provisto de un título, como si fueran los capítulos de una novela y, aunque todos se mezclan, en cada acto predomina lo que le da nombre: Ideas (que tiene cada uno), Planes, Juegos (o formas de pasar el tiempo) y Fotos (recuerdos que quedan, en realidad, de cada uno).



Otra innovación es la cantidad de analepsis y prolepsis que encontramos, lo que dificulta algo la representación. Comienza en el presente y en el recuerdo del fin de semana que ocho amigos, de unos 20 años, pasan en la casa de campo de uno de ellos. Al final todo vuelve al presente. Las prolepsis van dirigidas al espectador, de manera que dos o tres personajes pueden estar en escena monologando consigo mismos, sin que el otro influya para nada en sus afirmaciones aunque entre todos vayan aclarando al lector lo que va a ocurrir, lo que ocurrió, pues todo queda ya en un pasado



OLIVIA.- Aitana no rompió con César

NORA.- Íker no me pidió perdón

OLIVIA.- Dice que va a dejarlo.

Pero en cuanto él dice que lo siente, ella cede

NORA.- Ni siquiera me dijo que lo sentía





A veces son dos escenas diferentes las que se representan simultáneamente. Incluso los diálogos están intercalados, como si el problema fuese el mismo, o uno de ellos continuidad del otro. Lejos de confundir, esto nos ofrece una idea de lo que pasa en tiempo real en la casa.



(En una de las habitaciones, Hugo está leyendo y entra Teo.

En la otra, Luna se besa con Olivia.)

LUNA.- ¿Te confieso algo? he venido al cumple de mi hermana sólo por esto

TEO.- ¿Se puede?

OLIVIA.- ¿Sabías que iba a pasar?

HUGO.- Iba a dormirme ya

OLIVIA.- Quería que pasara

TEO.- No me lo creo



Las acotaciones tampoco siguen la regla general. Al comienzo de la obra, en el Acto I hay también dos acotaciones, una que indica el día en que comenzó la salida y la otra que encabeza la escena 1, nos trae al presente, y nos ofrece una imagen general de Nora y lo que hace en ese momento.



Las acotaciones de Nunca pasa nada suelen aludir a referencias objetivas que son percibidas por el lector/espectador, por lo que explicitan una polifonía informativa de los temas y el pensamiento de los personajes. El texto contiene numerosas acotaciones sobre qué hacen, dónde van, el momento en el que sucede… incluso encontramos algunas emotivas de carácter omnisciente, a medio camino entre una acotación teatral y una narración intimista, difícil de llevar a cabo en la representación pero clave para el lector pues le permite conocer mejor a los personajes.



(Teo y Hugo se miran. El primero, muy quieto, con miedo a hacer algo que incomode al segundo. Hugo se acerca a él y lo abraza. A lo mejor el viaje sí ha valido la pena, piensa Teo. A lo mejor Teo tiene razón y hay algo en él que no es tan gris, piensa Hugo)



Las situaciones de la obra llevan a fortificar la amistad entre algunos de ellos, entre otros empieza a diluirse; se dan cuenta de que el instituto fue el impulsor para el cambio experimentado en su recién comenzada vida de adultos. Y el espectador reflexiona con ellos sobre los temas que le interesan, la amistad, la dificultad de la homosexualidad, la dificultad de olvidar a un ser querido si, con el acoso y maltrato emocional hace de nosotros alguien dependiente, el desequilibrio afectivo que nos hace buscar, de forma obsesiva, la atención de quienes nos rodean, aunque sea autolesionándonos, la conciencia de grupo entre los colectivos más débiles «Somos todas una, Nora», los complejos personales ante el triunfo de los demás, el desempleo, los trabajos basura que hay que asumir, la crítica hacia la desigualdad de oportunidades según las clases sociales «empeñas a tus padres para poder pagar el grado y luego ese maldito máster que parece que le regalan a otros», la soledad en la propia familia, el machismo, la crítica hacia el falso progresismo que algunos abanderan porque queda bien, la falta de implicación de los propios jóvenes «Hashtag estoy sentado en mi sofá pero soy rebelde que te cagas», la presión de los padres hacia sus hijos para que sean especiales, el sistema nefando educativo, la obsesión por la muerte como medio de desaparecer, la igualdad entre los sexos… En fin, no es cierto que nunca pase nada, pues en esta obra aparecen todos los temas que preocupan a una sociedad que puede parecer algo superficial, por sus expresiones “instagramer, rayantas, viejóvenes, followers, casting, friendzone, maistream, next”, pero que sufre, y trabaja por conseguir sus ideales como siempre ha ocurrido. De diferente manera, porque la sociedad es diferente.


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Beatriz_Villarino
 22 junio 2019
Todas hieren y una mata de Álvaro Tato Ozaeta
En el panorama teatral actual, hablar de Álvaro Tato es casi imposible porque todo se ha dicho ya. Ha llegado a la cima. Es un referente en la construcción del espectáculo y en la elaboración del texto. Cuando leo algo con chispa pienso que ya está. La obra se hace sola. Empiezo a imaginar y soy capaz de ver en mi mente la representación. Claro, en mi mente. A la hora de la verdad hace falta un gran equipo creativo. Porque para representar a Álvaro Tato hay que estar a la altura de este poeta y dramaturgo de manera que el texto no desmerezca lo más mínimo. O simplemente intentarlo y, por supuesto, disfrutar. Este año, 2019, hemos tenido la suerte de contar con Todas hieren y una mata, título que alude al refrán referido al paso del tiempo: todas las horas hieren y una mata, y Tato juega con él para acercarlo al amor: Todas las flechas hieren y una mata.



Esta mezcla de sentidos queda asentada en el cronotopo de la obra; así pues, podemos estar en el Siglo de Oro, podemos pasar al siglo XXI, podemos ser actores, oyentes o espectadores… Es teatro, y su magia nos envuelve desde la primera palabra. La obra lo tiene todo. Todo lo necesario para cumplir con las funciones del teatro, entretener (con la originalísima puesta en escena), divertir (con el empleo de la palabra), admirar (con la combinación de registros y formas del lenguaje, en prosa o en verso), sensibilizar, o lo que es lo mismo, remarcar la función social (y la última obra de Tato, a través del humor, reflexiona e intenta comprender la complejidad del ser humano, el pensamiento del hombre y la mujer, y nos provoca para que nuestra opinión salga a la luz)y, por supuesto, la función catártica.



Todas hieren y una mata tiene algo de cuento de hadas pues alude al intimismo de la mujer, a su magia, al simbolismo del tiempo (y cómo influye en la mujer). Al ver a Alba, a Aurora, a Teresa y a la bruja no nos extrañamos de que puedan convivir, de que pertenezcan a siglos diferentes, sean la misma persona o su evolución a lo largo del tiempo. Los espectadores, o lectores, sentimos una especie de purificación del espíritu al conseguir ser nosotros, en nuestro interior, como esos personajes protagonistas definitivos de su destino, que no se han doblegado, que han llegado donde querían. Esta finalidad catártica es la magia del teatro y en esta obra está desde la primera página.



Siempre he creído que los clásicos son actuales, en alguna ocasión lo he dicho y he intentado demostrarlo, pero Álvaro Tato, con su obra, consigue que el verso sea la forma normal de comunicación, que la capa y la espada puedan convivir con los móviles, que exista un amor puro, verdadero, sin violencias en cualquier época y que la cultura, la palabra sea el arma que convence, apostando siempre por la libertad del más débil, que lamentablemente en la sociedad actual sigue siendo la mujer.



La obra está dividida en tres jornadas, como mandaba el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo; también como los grandes dramaturgos del siglo XVII combina el verso con la prosa, en este caso es un indicador del cambio de época y un guiño al más grande novelista de todos los tiempos



Os decía que algún imitador de Lope pudo escribir esta misteriosa pieza de la que solo nos ha llegado la primera jornada.



Asimismo, tal y como era usual en alguna representación del Siglo de Oro, encontramos el recurso del metateatro



Ya suena la música, ya comienza la escena del bosque.



Y como dictó el Fénix de los ingenios, la métrica se ajusta al personaje y al asunto tratado, aunque Álvaro Tato le da una vuelta, pues si el caballero utiliza el soneto para referirse a los asuntos amorosos



Dicen que es una flecha cada hora

que alza el vuelo cazándonos sin ruido





también lo hace su criado para, con humor, recordarle que es mejor preocuparse por el cuerpo que por el espíritu



No soy mágico, brujo ni profeta,

mas traigo este presagio en el coleto:

si me encuentran oculto bajo un seto

sajarán mi gaznate cual chuleta.



Los recursos literarios son variados, los juegos de palabras abundan, tal como era normal en el siglo XVII. El amor y la muerte que provoca el desengaño están a la orden del día del enamorado, mientras que el criado teme más por el sufrimiento corporal, que puede manifestarse en términos hiperbólicos



DON DANIEL.- […]

¡ay si me amara la muerte

o diera muerte al amor!

[…]

DON DANIEL.- Tengo el alma en carne viva

PICO.- Tengo una astilla en un dedo

¡Me rindo!



El legado que hace Pico al creer cercana la muerte es una suerte de anáforas y paralelismos con los que iguala, histriónicamente, los elementos enumerados y, cuando conocemos que aún está soltero, la carcajada es mayor:





Lego a mi esposa mi hacienda

lego a mi esposa mis huesos

[…]

Lego a mi esposa mis hijos

lego a mi esposa mis hijas

[…]

y mi ropa si estoy muerto

y no he de resucitar

[…]

mis gallinas, mis capones,

mis cabrillas, mis cabrones,

y otra cosa que me callo.



El quiasmo con su poder de extrañamiento, acrecienta el humor de la respuesta, y el encabalgamiento de algunos versos consigue unir el siglo XVII al XXI sin ningún tipo de asombro



BRUJA.- […]

¿sois cazadores furtivos?

PICO.- Más bien furtivos cazados

BRUJA.- Entonces sabréis decirme

en qué siglo nos hallamos

PICO.- En el diecisiete, madre,

del calendario cristiano

BRUJA.- Pues hoy la penicilina

aún no se habrá inventado

ni puedo llamar al uno

uno dos para llevaros

a urgencias en ambulancia.



El diálogo es ingenioso hasta no poder más, el juego metateatral sigue hasta el final de la obra, las metáforas aluden a la vida rural del siglo XVI «En su enagua la noche / guarda una estrella» y los guiños a Lope son enternecedores, pues si nos conmovió su definición del amor en un soneto, Tato nos entusiasma con su descripción del clásico, en un soneto totalmente paralelo al del Fénix:



Despertarse, soñar, estar contento

[…]

cumplir un sueño y no querer que acabe,

vivir miles de vidas. Esto es

un clásico. Quien lo probó lo sabe.



En cuanto a las acotaciones. Álvaro Tato pretende indicar cómo han de moverse los actores, pero no hay exceso de ellas, sólo para momentos cruciales en los que entra o sale de escena algún personaje «(Salen de su escondite don Daniel y Pico)» o momentos impactantes en los que el personaje debe utilizar algo específico «(Saca el teléfono móvil)», para otros en los que tiene singular importancia la proxémica «(Aparte a Pico)», o bien para marcar aquella información dirigida especialmente al espectador «(Aparte) (Ya el sol sale en mi corazón oscuro) (Se aleja)».



Asimismo, en ocasiones la acotación va dirigida a que el personaje realice un gesto ilustrador que acompañe a lo que está diciendo, de forma que la escena refuerce los tintes humorísticos expresados con la palabra



PICO.- […]

¿No me hizo él pecador?

(Al cielo) Conmigo no ha de valer

tan indigna triquiñuela,…



No quiero revelar el texto porque hay que leerlo o, si se puede, verlo representado. En cualquier caso es un seguro de diversión y asombro. Álvaro Tato mejora a cada paso, Cuando pensábamos estar ante una obra perfecta, escribe otra que la supera ¡Increíble!


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