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Acantilado

Editorial española con sede en Barcelona fundada en 1999 por el entonces profesor de literatura de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona Jaume Vallcorba Plana. Tras veinte años de experiencia en la prestigiosa editorial catalana Quaderns Crema, Vallcorba inició la creación de una nueva editorial con la intención de consagrarse fundamentalmente a la literatura.

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MarioG17
 14 febrero 2020
¿Para qué sirve la literatura? de Antoine Compagnon
“Leemos porque, aunque leer no sea indispensable para vivir, la vida es más agradable, más clara, más rica para aquellos que leen que para aquellos que no lo hacen. En un sentido más simple todavía: vivir es más fácil para aquellos que saben leer, no solamente las noticias, las instrucciones de uso, las ordenanzas, los periódicos y las papeletas de voto, sino también los textos literarios”.

El premio Nobel de Literatura portugués José Saramago, en una entrevista con Jesús Quintero, dijo que la persona más sabia que conoció fue su abuelo, que no sabía leer. Está claro que leer no hace mejor a nadie —ojalá fuera así—, pero sí aporta conocimiento y entretenimiento, además de poder despertar emociones en ti. Son las típicas cualidades que suelen exponerse del hábito de la lectura, y una oda a la literatura es lo que hace Antoine Compagnon (1950) en este libro. Compagnon es catedrático de Literatura Francesa en la Sorbona de París y en Columbia, en Nueva York. "¿Para qué sirve la literatura?" Es, en realidad, un discurso que el propio Compagnon leyó en la sección inaugural de la Cátedra de Literatura Francesa Moderna y Contemporánea en el Collège de Francia, el 30 de noviembre de 2006.

¿Es la literatura útil? ¿En qué sentido? ¿Hasta qué punto? Consideremos desde el principio la utilidad de lo inútil —como el título de ese libro tan necesario de Nuccio Ordine—. La literatura tiene una innegable utilidad desde que entendemos que aquello que no aporta nada material no tiene por qué ser inútil.

Sobre temas como estos habla Compagnon en el libro, defendiendo la lectura de cada obra dentro de su contexto y del público para el que fue escrita. Habla también, quizás en exceso, de teorías del siglo XIX, de autores, de teóricos e historiadores literarios, aunque es a partir de la segunda mitad del volumen brevísimo donde aborda la realidad de la literatura y su esencia.

Actualmente, las tecnologías quitan mucho tiempo de lectura. El sistema de vida actual, donde estamos la mayor parte del tiempo ocupados en tareas laborales o del hogar, nos abruman y el tiempo de ocio que nos queda, a veces misérrimo, preferimos pasarlo viendo la televisión o haciendo "scroll" en las redes sociales para desconectar. La lectura es un acto que requiere concentración y esfuerzo, y en una sociedad tan atareada muchas veces se priorizan otras actividades más relajantes o proclives a hacernos desconectar.

La literatura, por tanto, recibe menos nuestro tiempo. Y esto repercute en todos sus ámbitos. Compagnon nos dice que la literatura en los periódicos está muriendo. ¡Y la propia prensa en papel también, Antoine!

Son tiempo de renovar conceptos, modelos y sistemas, y la literatura está sufriéndolos a gran escala. Por suerte, hay plataformas online donde los lectores pueden imponerse retos lectores y, al igual que una red social, pasar su tiempo de ocio entre libros, pero esto parece solo para los más enfermos de literatura. Para el resto de los mortales, los que antes eran lectores asiduos, ahora apenas le prestan atención a la literatura.

Esto lo encontramos desde los inicios, en los colegios e institutos. ¿Por qué defender las lecturas obligatorias allí? Yo estoy en contra de las lecturas obligatorias por experiencia propia. En el instituto, en mi clase, de dos docenas de alumnos los que leíamos el libro de comienzo a fin podían contarse con los dedos de una mano. ¿Por qué hacer el paripé de obligarles si luego sacarán el resumen de internet y el profesor se creerá que lo han leído pese a que se ponga muy bien puesto?

Al alumnado, en mi opinión, hay que introducirles en la literatura, hablarles de ella no como una tarea, sino como ocio, porque si no la odiarán y no habrá remedio. Hay que hablarles de los libros, de las historias, de lo que nos pueden transmitir. Creo que todas las personas tienen un libro que les podría marcar o, al menos, gustar. Lo que hay que hacer es darles las herramientas para que se adentren en el mundo de la literatura y lo encuentren. Y si disfrutan con uno, se lanzarán a por otro. No hace falta que lean cincuenta libros al año, quizás solo se lean uno, o dos. Pero no odiarán la lectura porque en el instituto se les obligó y se vieron obligados a buscar el resumen en internet.

En definitiva, Compagnon viene a defender en cierto modo que cualquier pasado fue mejor. La literatura instruye y causa placer, ¿pero es necesario que aporten esto? Están por un lado los defensores del arte por el arte, y luego los que defienden que la literatura debe tener una función. La literatura sirve para conocer mejor la vida en general y la tuya en particular, y te ayuda a conocerla mejor que cualquier tratado filosófico o ensayo humanista.

La literatura es el antídoto contra la filosofía y la religión. Compagnon, por esto, expone las virtudes de la literatura y cita a numerosos autores en un tono culto. No es de sus obras más conocidas, como puede serlo "Mi verano con Montaigne", pero en esta obra tan breve se forma un ecosistema en el que dice que la literatura, al igual que el cine y la música, aporta algo único en su forma artística que el resto de las manifestaciones como las susodichas no pueden, y viceversa. En efecto, se complementan.

La literatura, en definitiva, está resistiendo envites cada vez más agresivos de estos tiempos donde el ritmo de vida y la multitud de ofertas de ocio la apartan de la vida de muchas personas que antes fueron lectores o lectoras. Hay que seguir defendiendo la literatura, y la mejor manera de hacerlo es leyendo.
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MarioG17
 12 febrero 2020
Fin de David Monteagudo Vargas
Si uno se fija solo un poco en las reseñas de alguna plataforma web sobre libros, la sorpresa que se lleva es grande. Sobre este libro hay críticas duras, henchidas de dolor, lectores aparentemente dañados por haber leído este libro y haber sido decepcionados, casi golpeados, por él.

Yo ya leí hace un tiempo "Brañaganda", del mismo autor. Lo comencé con pocas expectativas —tengo la mala costumbre, lo admito y pido perdón, de no confiar en las obras de autores poco conocidos o con malas críticas de la gente—, pero terminó convirtiéndose en uno de mis libros favoritos. "Fin" lo comencé con otra visión, pero con la decepción pisándome los talones por lo leído en la susodicha red social.

Ahora puedo decir que, en general, "Fin" ha sido una gratísima experiencia, un libro al que le ha faltado poco para convertirse en otro de mis libros favoritos.

"Fin" es una novela —podríamos decir— postapocalíptica. Narrada en tercera persona, en ella nos encontramos con un grupo de amigos de la juventud que decide reunirse tras veinticinco años en un lugar donde, hace un cuarto de siglo, compartieron experiencias. Entre sus personajes están Hugo, Cova, María, Ginés, Nieves, Ibáñez, Amparo, Rafa, Maribel y un personaje al que apodan "El Profeta" y que le generará tensión y misterio al lector, que deseará verlo aparecer cuanto antes.

La reunión se vislumbra amistosa, pero sobre ella se cierne una anécdota, un cuarto de siglo atrás, en la que el grupo de amigos se unió contra El Profeta, ese hombre que siempre fue tan extraño y al que le sentó tan mal aquella broma que le hicieron. A partir de una serie de acontecimientos que se van sucediendo en la casa donde se reúnen —alejada de cualquier núcleo de población o, lo que es lo mismo, en el campo—, el grupo de amigos cree que todo aquello es un castigo que les impone El Profeta, de nombre Andrés, que no ha ido a la fiesta y que puede estar vengándose de ellos por aquello que le hicieron hace tanto tiempo.

Monteagudo define a los personajes con brillantez, teniendo en cuenta la dificultad para sobrellevar una novela postapocalíptica y tantos personajes al mismo tiempo. Dibuja, por tanto, un amplio elenco de protagonistas, piezas a las que el autor sabe colocar sobre el tablero, cada uno de ellos con su psicología, sus problemas personales y familiares, su opinión sobre el resto, sus ideologías…

Se generarán, así, conflictos parecidos a los de películas como "A quién te llevarías a una isla desierta", donde lo que parece un juego terminan siendo disparos de sinceridades que provocan rencillas entre los personajes. "El libro y la hermandad", de Iris Murdoch (Impedimenta), también tiene esa similitud en lo que se refiere a una reunión de amigos donde salen a relucir aspectos del pasado, algunos más deseables de ser contados que otros y que producirán discusiones, lágrimas o insultos.

En las primeras 50 páginas, uno de los coches que va camino del encuentro a la casa del campo choca con algo que parece un animal grande y desconocido, lo que recuerda inevitablemente a "Brañaganda", una historia que giraba en torno a un hombre lobo. A partir de esta escena, el autor atemorizará al lector.

La luz se la casa se irá, el cielo pasará de estar nublado a totalmente despejado en apenas segundos. Los numerosos diálogos agilizan la historia y dan dinamismo a unos personajes que se muestran cautos, pero con la impresión de que algo no va bien y que se enfrentarán a los temores de la naturaleza. No funciona nada eléctrico, ni móviles, ni relojes, y los analógicos se han parado. Todos. No hay nadie en las casas ni urbanizaciones colindantes, y el resto de la novela consiste en la búsqueda de algún resto de civilización que les dé una explicación o que alivie sus peores presentimientos. Conforme avanzan de camino a la población más grande que hay a su alrededor, los personajes irán desapareciendo paulatinamente y de la nada, como por arte de magia. Los supervivientes tendrán más miedo y desconfiarán aún más de encontrar una solución.

Monteagudo consigue, así, mantener la tensión, el suspense y el miedo. La historia te invita a ponerte en la piel de los personajes y a plantearte qué harías tú en una situación como esa. Con alguna referencia bíblica y la amenazante presencia de animales salvajes, el autor concluye la novela con un final muy abierto que molesta —y que es la causa del grueso de las críticas negativas, creo—, pero que tampoco es motivo como para desechar o denigrar una novela que, al menos para mí, es muy buena en general.

"No quedará piedra sobre piedra", se dice en la Biblia. Y Monteagudo tampoco títere con cabeza a raíz de la crítica social que expone, sin demasiada mordacidad ni ensañamiento, cuando retrata a ese grupo de amigos desesperados por sobrevivir. Monteagudo es un autor de finales difíciles. Ya lo vimos en "Brañaganda", donde dejó cabos sin atar sobre los que me gustaría poder preguntarle algún día.

"Fin" es una novela en la misma línea que "Los últimos", de Juan Carlos Márquez, o "Los huérfanos", de Jorge Carrión, donde no hay grupos de amigos, más bien de vecinos y desconocidos respectivamente, que sobreviven, o bien vagando o bien encerrados en un búnker, al apocalipsis. Solo que esta obra es, a mi parecer, mejor. Quizá no tanto por la forma de narrarla o el talento del autor, sino por cómo llega al lector, por su facilidad, por tensión absorbente. Por desgracia, el final tan abierto impidió que le diera las cinco estrellas.
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MarioG17
 12 febrero 2020
La visita del arzobispo de Ádám Bodor
Al igual que Bécquer esperaba la vuelta de las oscuras golondrinas, en un recóndito pueblo supuestamente ficticio cercano a los Cárpatos se esperaba con desespero la visita de un arzobispo.

Narrada mayormente en primera persona, esta es una obra muy extraña, para empezar. En el susodicho pueblo hay un centro de aislamiento donde enfermos del pulmón están internados y que será, en cierto modo, el eje en torno al cual gire toda la historia. Aunque no tenga importancia narrativa como tal, coexiste con los personajes y casi todos los caminos van a parar allí.

Por un lado, hay un hombre llamado Gábriel que ha ido al pueblo a reclamar los restos de su padre, cuya exhumación se va a llevar a cabo pronto. Le ha pedido que vaya su hermanastro por parte paterna, que está en la cárcel. Y Gábriel ha aceptado la misión. Pero su viaje al pueblo le conducirá a protagonizar una huida, que es con lo que comienza la novela, y varias historias engarzadas girarán en torno a esta travesía.

Son dos hermanas solteras que están internas en el centro y que un día se escaparán de él. Con ayuda de Gábriel, hijo de contrabandista de personas, intentarán huir del lugar. Sin embargo, él las traicionará por lo jugosa que le resulta la recompensa para quien las atrape. La Iglesia, que gobierna el pueblo, ante la imprevista visita del arzobispo no puede dejar a dos mujeres por ahí sueltas, y le pagan bien a Gábriel por su captura.

Y, por otro lado, está el narrador. No se nos dice su nombre en ningún momento, aunque se nos describe como un joven que es hijo adoptivo de una peluquera. El pueblo, todo hay que decirlo, espera la visita del arzobispo eternamente, y hay quienes planean un atentado contra el arzobispo para el día que se digne a ir.

Esta es una novela aparentemente sencilla, entretenida, que guarda cierta tensión dosificada a lo largo de los capítulos de manera equitativa. En ella se habla se temas diversos como el exilio, la política, la religión, la homosexualidad femenina, el contrabandismo, la lucha por la supervivencia e incluso la xenofobia. Hay también magia, porque se nos habla de un religioso que lleva cinco años durmiendo. Y luego, del propio Gábriel se nos dice que está cinco días seguidos durmiendo. Ninguna de las dos anécdotas podría ser reales sea cual fuere el cansancio de ambos sujetos.

Además, en alguna ocasión se describe la presencia de animales salvajes por las calles del pueblo de noche. Entre esos animales están los tejones, pero también los unicornios. A no ser que el ‘unicornio’ sea una especie animal común que en España conozcamos con otro nombre, me temo que este libro contiene más fantasía de la que creía.

A través de ironías, algo de humor, saltos en el tiempo, flashbacks y muy poco orden, el narrador nos va llevando por una novela que es, ante todo, muy confusa y rara. Los propios personajes actúan de manera muy extraña, aunque el autor reparte los párrafos y los diálogos, con registro formal, de manera que ameniza la historia.

Publicado en 1999, esta novela circular parece un libro con intenciones claras que, sin embargo, no es fácil de digerir y se puede hacer bola pese a su brevedad. La historia se va tejiendo conforme pasan las páginas. Por momentos se palpa la tensión, pero no tanto como he leído a algunos lectores de esta novela, más bien, oscura, cuyo título es más que adecuado y el diseño de la cubierta, sugerente y quizás un poco oscurantista.

Para quien no lo conozca, Bodor es un autor rumano más conocido por su obra El distrito de Sinistra, además de otras en inglés. Estuvo preso en 1950 por motivos políticos y algo de eso puede verse en las referencias de poder, tantos políticas como religiosas, que condensa en esta novela, recomendable si se quiere realizar un ejercicio laberíntico de esfuerzo mental.
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