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Inquilinas_Netherfield
 27 diciembre 2017
Las esquinas en mi cabeza de Teresa Hernández Díaz
Admito que hay ciertas temáticas (enfermedades, para que nos entendamos) que intento evitar en las lecturas. No por nada, es que no me apetece leer sobre ellas... ya las he vivido y sufrido demasiado en la vida real. Una de ellas es esa de la que casi ninguna familia se libra, el cáncer. Esto lo comento porque en este libro se habla de muchas, muchísimas cosas, y en modo alguno trata exclusivamente sobre eso, pero la enfermedad, de una manera u otra, está presente durante toda la novela. Sé que no soy la única que le pasa algo parecido a la hora de escoger un libro, y quiero dejar claro desde el principio lo que hay, pero también aseguraros que descartar esta lectura por eso es un error. Si algo caracteriza a Las esquinas de mi cabeza es que trata muchas circunstancias inherentes a la condición humana, y que además su autora lo hace de tal manera que no intenta condicionarte ni decirte cómo tienes que sentirte cuando lees sobre ellas. No te manipula, que es un recurso fácil que sí utilizan muchos otros autores cuando tratan ciertos temas.



La historia, narrada en primera persona con la voz de Ángela, comienza cuando su nieta Nines llega a Jaén para pasar el verano con ella. Su madre está luchando contra la leucemia en Madrid, no tiene fuerzas para enfrentarse a una adolescente problemática, y deciden que unos meses alejada del ambiente hospitalario le hará bien a la joven. Su abuela no se anda con tonterías cuando nos la describe: conflictiva, antipática, arisca, nada agraciada físicamente (a diferencia de su hija y ella misma)... A Nines no le hace ninguna gracia pasar el verano con su abuela, pero a su abuela le hace la misma poca gracia tener que cuidar de su nieta, a la que reconoce no tener tanto aprecio como debería y de la que apenas se ha preocupado hasta ese momento.



Pero a pesar de que las dos tienen el mismo escaso deseo de pasar unos meses juntas, Ángela necesita encarrilar la situación con su nieta si van a tener que convivir juntas, y lo consigue del modo más inesperado: hablándole sobre ella, sobre sus amores, sobre su vida desde que siendo una adolescente llegó a Madrid a vivir con sus tíos Aurelio y Angélica. Y así, introduciéndola además en su propio círculo de amistades, consigue que Nines comience a salir de su cascarón.





Con una prosa cuidada y al ritmo de una banda sonora que acompaña a la historia a lo largo de las páginas, Las esquinas de mi cabeza alterna capítulos breves protagonizados por Ángela y su nieta en el presente, con otros bastante más largos donde se narra su relación con los cuatro hombres de su vida; cuatro capítulos donde la autora no da tregua y no llegan a su fin hasta que la relación está contada desde su nacimiento hasta su final, y que están narrados de tal manera que es difícil soltarlos hasta que no te enteras de qué pasó con cada uno de ellos.



Y ahora os cuento por qué me ha gustado a pesar de que algún tema de los que trata no es santo de mi devoción. No me gusta "que me busquen" en los libros (ni en las películas, series, etc...), y con buscar me refiero a estas novelas o guiones que están escritos de un modo evidente para hacerte llorar, para sacarte la lágrima fácil. Huyo de lo que huela mínimamente a algo parecido como alma que lleva el diablo. No, no me gusta un pelo que jueguen con mis sentimientos cuando me siento a leer un libro o a ver una película. Las esquinas de mi cabeza es un libro emotivo, pero no es un libro lacrimógeno; cuenta cosas muy reales, cuenta la vida tal como es cuando se ve golpeada, entre otras cosas, por una enfermedad grave, pero no escarba en el drama fácil, sino que busca la empatía sosegada del lector. Habrá sin duda quien se emocione mucho leyendo, cada persona somos un mundo, pero no es el objetivo del libro. Ángela dice en cierto momento algo así como que "la vida es como es, no como nos gustaría que fuese", y eso es lo que hay en el libro. Nada más y nada menos.



¿Dónde radica el equilibrio que consigue la autora? En su protagonista. Ángela es un personaje bastante alejado de los clichés sobre abuelas o mujeres que ya sobrepasan los sesenta años y que acostumbran a vendernos normalmente. Es muy independiente, muchísimo. Ve los defectos de su propia familia, de su nieta, con una claridad apabullante, y se los revela al lector con una sinceridad que omite toda pátina de maquillaje. Nada de quedarse en casa, nada de pasarse el día haciendo labores en el hogar, nada de abuela cariñosa que sobreprotege a su hija o su nieta... nada de nada. Ángela es vitalidad pura, posee una inteligencia muy por delante de su tiempo, y lleva toda la vida luchando, aprendiendo, equivocándose, tomando buenas y malas decisiones... viviendo. Ha vivido su existencia con pasión, la ha absorbido con ansias, y aunque esa misma vida le ha dado muchos palos, también le ha hecho muy feliz. Es una persona muy libre con un pasado más complicado de lo que su nieta pueda llegar a imaginar jamás.



Y esa es otra de las miradas del libro. Cuando un nieto mira a su abuela solo ve eso, a su abuela, y permanece totalmente ajeno a que esa persona ha sido adolescente, joven, esposa, amante, amiga... Que ha amado, ha llorado, ha sufrido, ha reído, ha sido feliz, ha estado en el abismo y ha resurgido de él... eso es lo que trata de contar Teresa Hernández en esta historia. Por tanto, sí, el cáncer está presente, pero también lo están el despertar sexual, el abandono, la familia, la soledad, la desdicha, la felicidad, la pasión, la insatisfacción, el matrimonio, la infidelidad, el dolor, las cicatrices que el paso del tiempo nos deja en el alma... el primer amor, el amor verdadero, el amor prohibido, el sexo de conveniencia. Teresa Hernández toca muchos temas en esta historia, porque su personaje ha vivido también mucho y muy intensamente.



A pesar de todo esto, de que Ángela es la reina de la función, no hay que perder de vista el otro lado de la sociedad que la autora quiere contarnos, y que representa Nines, su nieta: el de la difícil y cruel adolescencia, las inseguridades, los complejos físicos, el pavor a lo que opinen los demás de uno mismo, lo difícil que les resulta a muchos adolescentes hablar sobre aquello que les hace daño, lo mucho que les cuesta en ocasiones abrirse a los demás, cómo se encierran en su mundo, un mundo que hoy en día gira alrededor de las redes sociales, y lo lejanos que les parecen sus mayores cuando en realidad pasaron por situaciones muy parecidas a su misma edad.



Las esquinas de mi cabeza resulta esperanzadora en algunas de sus tramas, mientras que en otras el camino es duro e incierto. Realista como la vida misma, conmovedora sin resultar sensiblera, y con una visión muy honesta de la autora sobre el mundo que nos rodea.
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Inquilinas_Netherfield
 21 diciembre 2017
La galería de los susurros de Teresa Hernández Díaz
Este verano os di mi opinión sobre Las esquinas de mi cabeza, de la escritora Teresa Hernández, y hoy os traigo la reseña de otro de sus libros, La galería de los susurros, donde cambia por completo el estilo de la narración y se adentra en la historia de la saga de una familia que no es cualquier familia, sino la suya propia, y donde incluso ella misma es quien sirve de nexo de unión entre sus distintos antepasados a lo largo de las páginas.



La intención de Teresa Hernández es la de recuperar la memoria de su familia, esa memoria que le fue narrada en su mayor parte por su abuelo, Pedro. La autora no quería que se perdiese, sabía que si no la plasmaba por escrito serían palabras que morirían con ella, y decidió ponerlas negro sobre blanco. Y el fruto de ese trabajo es esta novela, una obra singular, arriesgada y muy personal, que se separa por completo de los estándares del mercado literario actual y que te va atrapando y envolviendo conforme pasan las páginas. Y lo aviso desde ya: a esta novela hay que darle la oportunidad. Si sientes que las primeras páginas, por el tipo de narración, te cuestan o crees que no te llevan a ninguna parte; si la estructura narrativa se te hace un poco cuesta arriba... dale tiempo. Pasa una página más. Llega... el momento en que la historia te atrapa, llega. Prometido.



Son cuatro las generaciones hacia las que retrocede la historia. El tatarabuelo Manuelejo, el bisabuelo Vicente, el abuelo Pedro y el padre de la autora, Pedrito. Hace mucho, mucho, mucho tiempo. Así comienza la historia del primero de ellos, Manuel, y conforme pasan los capítulos y vamos avanzando en el tiempo va desapareciendo un mucho de esos títulos hasta que no queda ninguno. Teresa es la quinta generación, la que no lleva título en los capítulos, la que enlaza entre ancestros y la que vive nuestro presente más cercano. La autora, desde su niñez hasta el momento más duro de su vida, como en una especie de diario donde nada se escapa a sus ojos y a sus pensamientos; la niña que quería ser detective privado y acabó siendo doctora en Ciencias Químicas; la que admiraba a Jane Eyre y acabó escribiendo sus propios libros; la niña con plantillas ortopédicas que acabó recorriendo medio mundo y dando muchos traspiés, esos que le han formado como persona.



Cuando nos vamos al pasado, en ningún momento se dicen fechas, pero la historia no las necesita. Se nombra de soslayo el tipo de gobierno de la época, o la situación militar y política, y con ello sabemos que el avaro y (para mí) odioso tatarabuelo Manuelejo, el que comienza la dinastía en esta historia, vivió en tiempos de la reina Isabel II, en la segunda mitad del siglo XIX; que su yerno Vicente vivió durante la restauración de finales de ese mismo siglo y luchó en la guerra de Cuba, de donde no se puede decir que volviese con el alma herida, sino que más bien a su vuelta carecía de ella; su hijo Pedro, bajo el reinado de Alfonso XIII, luchó durante el verano de 1921 en la batalla de Annual (en la Guerra de África), una masacre que hoy día apenas nadie conocemos ni hemos oído hablar sobre ella... este Pedro sí que volvió con el alma rota, y jamás fue capaz de recomponerla. Pedrito, el padre de Teresa, termina el recorrido por esta galería de los susurros; sus vivencias en un Madrid castizo inmerso primero en la Guerra Civil, y después en la posguerra, dan testimonio de la supervivencia de muchas mujeres que se quedaron solas y que hacían lo que tenían que hacer para sobrevivir, sin juicios ajenos ni melindres, o de las mañas y picardía de las que tenían que hacer gala en casa para llevarse algo a la boca, porque la hambruna, lejos de desaparecer con el fin de la contienda, se hizo más acuciante.



No es fácil definir este libro. Sí, estamos ante la historia de esta familia, pero que nadie espere una novela al uso, porque no lo es. De hecho, hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a una lectura que fuese narración pura y dura. Los diálogos son casi inexistentes, y cuando aparecen en su mayor parte se reducen a una frase o dos, y cada muchas páginas. Teresa Hernández coge a cada uno de sus antepasados y los exprime, hilando un determinado suceso histórico con sus propias vidas y las personas que formaban parte de ellas, y no los suelta hasta que no cuenta todo lo que tiene que contar. Cada capítulo dedicado a uno de estos hombres ocupa entre 35 y 40 páginas ininterrumpidas, y gracias a ellas conoces a familias que vivían en la miseria absoluta en tierras hostiles, a hombres que abandonaron España para luchar por su país y volvieron rotos, familias que salían adelante como podían y les dejaban, mujeres que tenían que esconder su inteligencia para que sus maridos no las molieran a palos. Supervivencia pura y dura, seca y árida como las tierras que los vieron nacer, a lo largo de varias décadas de la historia de España que yo creo que nos resultan más ajenas de lo que queremos reconocer.



Dice al final la autora que la narración, en lo que respecta a sus antepasados, está compuesta de muchos retales verídicos entretejidos con sucesos ficticios para formar un todo narrativo (de hecho, totalmente inventado en algunos casos por falta de datos); que las partes que le corresponden a ella tienen muchos pedazos de verdad pero novelada, porque su vida no es tan interesante. Yo he palpado realismo, más allá de los límites que separan la verdad y la ficción, porque Teresa escribe muy bien, y lo cuenta todo muy bien. Te describe las cosas como si estuvieras allí en el pueblo con ellos, hace muchos, muchos años, y lo sientes todo como muy real.



Sin embargo, entre tanta crudeza y naturalismo, de repente te sorprenden ciertos toques de realismo mágico que no dejan de aparecer a lo largo de la narración de manera esporádica, pero persistente. La diosa Wicca acompaña a María, la mujer de Manuelejo, desde el principio de la historia, y protege a la familia bajo sus alas hasta la ultimísima página. La autora explica muchas cosas al final del libro, pero no esta. Y yo me he quedado con la intriga, porque es como un hilo de oro entre muchas cenizas grises cuya existencia no acabas de entender cómo encaja en un entorno que no se presta del todo a ello.



En definitiva, La galería de los susurros es un homenaje de Teresa Hernández a sus ancestros, la ilusión por hacerles protagonistas de estas páginas y que permanezcan en la memoria. Muchas cosas se ajustan a la realidad, otras forman parte de su inventiva como autora, pero lo importante es sacar del anonimato a personas que tuvieron una vida muy difícil y cuya única meta en el horizonte era la supervivencia día tras día. No es mi caso, pero imagino que aquellos lectores que también tengan testimonios de sus antepasados, quizás puedan entrever muchos lazos de unión con esta historia, sobre todo en la vida de una España rural mísera y despiadada no tan lejana.



No voy a decir que sea una lectura para todo el mundo, porque no lo es. No es de esos libros que se puedan recomendar alegremente, porque sería recomendar en vano, pero sí es de esos libros que, si se abren las páginas y se consigue conectar con la historia de estos personajes, se disfruta muchísimo. Y lo digo por experiencia propia: creo que es una historia que va de menos a más, que al principio cuesta entrar, pero cuando finalmente lo haces, que en mi caso fue cuando comenzó la historia del primer antepasado, y vas hilando unas cosas con otras, unos personajes con otros, ya no puedes soltarlo.
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