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Yani
 24 octubre 2018
La gata sobre el tejado de zinc caliente de Tennessee Williams
La historia empieza con Margaret (“Maggie”) quejándose del matrimonio de su cuñado Gooper Pollitt con Mae, ya que ellos tienen muchos hijos (cinco y uno en camino) y ella todavía no pudo concebir ninguno con su esposo Brick Pollitt, ex deportista y actual alcohólico. Ahora bien, además de la insatisfacción sexual de Margaret nos enteramos de que Big Daddy (o simplemente “Abuelo”) está enfermo y, como es dueño de una plantación muy importante en Mississippi, el tema de la herencia será recurrente ¿Demasiada información? Entonces me ahorro las sub-tramas. Lo esencial es que la fiesta de cumpleaños de Big Daddy (por eso están reunidos) funciona como el marco de peleas familiares y diálogos innecesariamente cargados de melodrama. La vida es dura, sí, pero eso no significa que merezca ser plasmada de manera tan burda.



Si mi intención hubiera sido invertir mi tiempo en una historia en donde los personajes sólo se quejan del matrimonio y de lo mal que la pasan en la cama, podría haber encendido la televisión y ver la telenovela de la tarde. Para colmo, siempre son los personajes masculinos y se dirigen con muy poca caballerosidad hacia las mujeres a las que ellos mismos les dijeron “sí, acepto”. Ellas, en cambio, son las arrastradas, las que mendigan un poco de atención y de amor. El personaje de Big Mamma es uno de los más patéticos que he cruzado en los libros y lo peor de todo es saber que existen personas así en la vida real. Big Daddy y Brick se comportan como dos misóginos que sostienen un incómodo y extraño diálogo entre padre e hijo en el acto II, sobre todo porque no se me hizo natural que el hombre mayor de la casa hablara con su hijo de asuntos que pertenecen al ámbito de la pareja, por más que el interlocutor fuera un adulto. Para ilustrar un poco a qué me refiero, en un momento le dice (y esto es lo más “suave” que encontré):



¡Uf! En cuanto mamá sale de mi vista, olvido su cara, pero cuando vuelvo a verla, muchacho, entonces la miro y desearía estar en otro sitio.





No es mi intención hacer un análisis moral de la obra porque no soy quién para eso pero, sinceramente, la forma en que se tratan temas delicados (el hastío, la mentira, la codicia) me pareció poco profunda, arquetípica y con comentarios como el que cité Williams no hizo más que demostrarme que tenía (o parecía tener) una visión particular de los conflictos familiares que tal vez no está planteada de la mejor manera. Puede que me equivoque, porque si Williams eligió mostrar los problemas con brusquedad y una pizca de absurdo, por algo habrá sido. A medida que la obra avanza, empiezan a aparecer las reflexiones más "filosóficas" y “poéticas", si se quiere, y no terminan de mezclarse con el tono anterior de los personajes. Lo más grave es que ninguno de los giros de la trama me sorprendió, ya que los había adivinado anteriormente. Los instantes en que los personajes se quitan las máscaras, por ende, no me dejaron anonadada.



Puedo decir que me resultaron llamativas las acotaciones en los diálogos, que son mucho más extensas que las normales y expresan las emociones de los personajes. Una de las acotaciones detalla la intención del autor en la escena más importante y más tensa de la obra y eso me pareció curioso, aunque poco efectivo. Creo que lo que más me gustó de La gata… fueron las líneas de Margaret (que no es tan protagonista como se la presenta) y que se notaran ciertas alusiones a la propia experiencia de Tennessee Williams (a esto le pongo un límite, porque no me gustan las lecturas biográficas de la ficción). También rescato la escena que mencioné anteriormente, ya que resultó ser la más innovadora y trata un tema interesante.



En resumen, La gata… me pareció una obra poco pulida y con demasiado ruido alrededor. Se reduce a una puesta en escena de parejas satisfechas e insatisfechas, fértiles e infértiles, en varios sentidos. Cada personaje tiene una historia detrás que determina su accionar en el presente, pero la forma en que se le da esa información al lector/ espectador es confusa y predecible. Si ese es el estilo de Williams, entonces no puedo elogiarlo porque no me gusta y punto. Me encantaría leer otras obras de este autor para determinar si ese es mi problema. Ya estuve averiguando un poco sobre Un tranvía llamado deseo y ni siquiera me atrae el argumento como para iniciar su lectura inmediatamente, así que tendrá que esperar.
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