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Inquilinas_Netherfield
 17 diciembre 2017
Nueve semanas (justas-justitas) de Salvador Pérez López (P.L. Salvador)
Nueve semanas (justas-justitas) es lo que dura esta historia. Nueve. Ni un día más ni un día menos. Más semanas que esas hace que lo leí, pero es un libro especial. De las reseñas que más me ha costado escribir al sentarme ante el ordenador en mi silloncito en Netherfield. Encima me siento una plagiadora (confío en el perdón del autor [o eso espero]). Y aun así no creo que sepa transmitiros el carácter de esta novela (estoy espesa-espesita-espesota). Ni el del escritor. Mea culpa-culpita-culpota. Pero tenéis que entender lo que os vais a encontrar. Y por intentarlo que no sea, oiga. Porque esta obra se merece en realidad una reseña sesuda-señorona. Pero de esas ya tiene muchas (Google es nuestro amigo), yo no sería capaz de hacerla y además voy por libre. Así que se hará lo que se pueda, y lo que no se pueda no se hará. Filosofía de la barata-baratita-baratota... Al toro. Por los cuernos.



Ahora que está de moda eso de los aspirantes a chef. De sobra es conocido el concepto de cocina minimalista (en realidad tiene muchos). A mí solo me interesa uno. Ese de servir todos los alimentos separados por piezas para que el comensal una los sabores. Ese. Pues eso es Nueve semanas (obvio el justas-justitas, que se sobreentiende). La deconstrucción de una novela en muchas partes. Tantas como sus protagonistas. Todas presentadas ante el lector en sus pequeñas cucharas-cucharitas-cucharotas. Y es el lector quien debe masticar esas partes juntas para dar forma a la historia. O eso nos hace creer el autor. Pero no es así. Él es quien ha dado forma primero a ese plato estrella. Todo el plato. Con todos sus ingredientes, con su sabor final. Y una vez lo ha cocinado, solo entonces, es cuando lo ha dividido en numerosas partes para presentarlo al refinado paladar del lector. A ver si sabe unirlas y comprenderlas en la boca. Y diréis: así son todas las novelas. Pues no. Porque en este caso es literal. La división es literal ante nuestros ojos. En piezas-piecitas-piezotas. Arquitectura literaria. Entre otras cosas. Metaliteratura. Entre otras cosas. Vigor ideográfico. Entre otras cosas.



Así comienza todo. El nacimiento como personaje del golferas de Bloss (Blossín-Blossy-Cerdibloss). Que no es un personaje. Lo es, pero no lo es. Se presenta como si lo fuera. Y luego está Dedé. Dedé está escribiendo su primera novela. Bloss es su personaje. Pero Bloss es real y se pone también a escribir. Dedé lee lo que escribe Bloss (no dice que lo lee... lo lee delante de ti). Le gusta. Lo implementa en su novela. Ahora escriben los dos la novela de Dedé. Bloss y Dedé. Bloss es también el tío con el que Dedé se acuesta. Y Dedé se convierte en la musa-musota de Bloss. ¡Se enamora de ella! Y lo que era una novela deja de serlo, porque comienza a ser algo demasido íntimo, demasiado personal. Hay que sacar a Dedé y Bloss de las entrañas de su propia novela. Que se pongan a escribir otra cosa. Algo menos... intrínseco.



Entonces aparece el padre de Dedé (editor). No quiere al golfo de Bloss como yerno. Se hace con el libro. Se lo endosa a uno de sus negros literarios para que lo termine y lo meta en un cajón. Y además le pide que le busque un nuevo novio a Dedé. Pero el negro nos ha salido romántico. Está a favor del amor bladi-bladi-bla. Y quiere su ración de protagonismo. Él también se enamora. Pero no de Dedé. Ni de Bloss. Ni del editor, claro (lo odia). Se enamora de Nené, madre de Dedé, ex-mujer del editor. Y p'alante como los de Alicante. Porque puede parecer que os he contado mucho, pero no os he contado nada. Lo de menos es la historia. Bueno, tampoco es eso. Sí, pero no. Qué difícil es esto.



Tantos narradores en primera persona como personajes. Escriben. Se leen unos a otros. Se van pasando la historia. Comentan lo que otro personaje ha dicho. Lo corroboran. Lo desmienten. Se ofenden con lo que se dice de ellos. Descubren cosas que no sabían. Corrigen cuando algo creen que no es cierto. Se releen a sí mismos. Se corrigen también a sí mismos. Democracia interpersonajística (yo también me invento palabras). Cotejan datos. Si se les alude, contestan. Cada cual es narrador de su capítulo y hace que la historia avance como quiera. Ya vendrán los demás a leer su parte y actuar en consecuencia. Y ya al final, casi al final, cuando no lo ves venir, viene. La puntilla. Puntilla-puntillita-puntillota. La que solo sabe dar un escritor que ha sido rechazado antes. Puntilla a las editoriales. Puntilla a las mafias editoriales. Puntilla a los premios editoriales. Puntilla a los lectores que nos tragamos todo eso entero-enterito-enterote. Sin agua. Tapándonos la nariz con los dedos-deditos-dedotes. Sin atragantarnos.



Estilo personal-personalísimo. Frases cortas-cortísimas-cortas. Puntos suspensivos. Paréntesis. Corchetes dentro de paréntesis. Llaves dentro de los corchetes dentro de los paréntesis. Diminutivos. Repeticiones. Caústica pura-purita-purota. Sarcasmo prístino-pristinote. Y no os perdáis los nombres. Fluxy, Ekly, Dedé, Nené, Kladd, Yokla, Poklé, Églex...



A veces llegan a tus manos libros de la manera más inesperada. Y tienen un no-sé-qué que te sorprende. Y ya no los olvidas. Se quedan en la cabeza-cabezota. Puede ser por su trama, o gracias a sus personajes. En ocasiones es la narración o, si tienes mucha suerte, un estilo, un carácter. Una personalidad que bombea atronadora desde las páginas. No olvidas el libro ni la voz de su autor. No os engaño si os digo que en este caso es todo eso. Junto. Todo-todito-todo. Todote. Da igual como yo os lo describa. Lo he intentado pero da igual. Porque casi con toda seguridad no habéis leído nada parecido. Y deberíais. Para colmo nombra a Pacino. El de los 70. El que me tiene enamoriscá. Suspirín.
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