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Fazioli
 10 enero 2020
Ley de vida de José Luis Pujol Reinés
Esto no es una novela



Quizás debiera figurar este epígrafe en la portada del libro, como en aquel inquietante cuadro de René Magritte en el que, bajo la imagen de una humeante pipa, se advertía al espectador, que aquello no era una pipa.

Porque resulta difícil encasillar una obra como ésta, a medio camino entre la novela y el relato breve (¿quizás una “no-rela”?), que transita entre el drama y la comedia, entre lo trascendente y lo trivial, entre lo formal y lo grotesco, lo profundo y lo banal. Una narración en primera persona, en la que los protagonistas son capaces de mirar a cámara y dirigirse directamente al espectador, o en la que el propio autor puede entrar en escena para advertir al lector de los peligros que le acechan, invitándole a abandonar la lectura, sin derecho a reembolso.

Y es que posiblemente, esta “obra” tenga más bien un formato cinematográfico o televisivo. Sí, seguro que más de uno le verá potencial para una miniserie de varios capítulos en alguna plataforma de internet o en algún canal de pago… ¿Por qué no?

Lo que está claro es que no estamos ante una novela “al uso” y en su sentido más académico: se trata más bien de relatos que comparten personajes y tiempos, un pequeño universo de historias entrelazadas que van tejiendo una estructura narrativa parecida a una novela. Y bien podría serlo, si aceptamos que las historias que se cuentan son definitorias en la vida de sus protagonistas, como aquellos episodios que rememoraba Artemio Cruz en su lecho de muerte.

El libro está estructurado en dos partes (basta para ello con mirar el corte de sus páginas): una primera parte con distintos episodios que giran en torno al destino y la muerte (capítulos 1 a 8) y una segunda parte en la que se aborda el tema del origen y la genealogía (capítulos 10 a 17), claramente separados por el ecuador del Capítulo 9 que, de manera premonitoria, se titula “El viaje”. Un capítulo distinto a todos los demás. Un auténtico libro dentro de la propia novela, que se macla con ésta y se desgrana en un clúster de pequeños relatos, que el lector deberá transitar al mismo tiempo que son leídos y comentados por el protagonista, durante un vuelo iniciático junto a la muerte. Un episodio minado de auténticas perlas literarias, aunque alguna sea negra. Una verdadera fábrica de esencias, donde la magia calma el ansia . Un capítulo en el que el autor deviene accidentalmente en un crítico literario de su propia obra, y el lector en un personaje más de esta novela.

Es cierto que hay momentos en el texto más intranscendentes y gamberros, pero todo cobra sentido en su conjunto, todo sirve para reflexionar sobre los distintos temas que se abordan de manera recurrente a lo largo de la novela: las redes sociales y las nuevas tecnologías, la vida y la muerte, la herencia genética, el origen y el destino, la amistad y el amor, la traición y la culpa, y por supuesto… el castigo.

¿Quizás nos encontremos ante la primera temporada de esta novela? Es posible, porque si bien la obra se “cierra” sobre la historia de sus tres protagonistas, también es cierto que podría continuar en una segunda entrega con todo ese elenco de personajes secundarios femeninos, cuyas vidas continúan de manera real o virtual: Marta, Irene, Luisa, Martina Penalva, la Sra. Mildred, Poderosa Afrodita, Cleo, Laura, Celeste, Margot, Camila…Todo ello suponiendo que aceptemos la estructura rizomática que predica su autor en los títulos de crédito .

En este sentido, llama poderosamente la atención, el absoluto protagonismo de los hombres en las distintas historias, que están narradas mayoritariamente en primera persona del masculino singular. ¿Nos encontramos pues ante una narrativa misógina? Yo diría más bien, que estamos ante una ópera prima “políticamente incorrecta” en los tiempos que corren, ante unos protagonistas varados en una pubertad permanente y ante una novela que, sin lugar a dudas, desconoce el concepto de “paridad”.

“¿Qué me cabe esperar?”, se preguntaría E. Kant ante esta novela.

Pues nos espera un estilo narrativo ágil y resuelto, que permite leer el drama con una sonrisa en la boca y que sabe encontrar siempre el contrapunto entre las distintas voces melódicas que suenan, a través de unas secuencias argumentales engranadas con la precisión de un relojero suizo y con la lógica de un matemático…o quizás de un abogado.



Y ya para concluir estos simples apuntes sobre Ley de vida, y sin ánimo de hacer spoiler…tan sólo recomendaros que no abandoneis la lectura hasta la última página, pues hasta el rabo…todo es toro.

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